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VIVIR LAS ENSEÑANZAS DE JESÚS, HE AHÍ LA SALVACIÓN
Domingo 6 de marzo del 2011, 9º ordinario
Comentario a Mateo 7,21-27.
Carlos Pérez Barrera, Pbro.
 
     Hoy concluimos nuestro repaso del sermón de la montaña. Por la cuaresma, que comienza este miércoles que viene, vamos a interrumpir la lectura continuada de san Mateo, misma que retomaremos al terminar el tiempo de pascua.
     Es preciso que pongamos una mirada atenta a las palabras textuales del Maestro, a su contenido especialmente; es el acento que el propio Jesucristo le pone a todo su discurso de la montaña. Así es que, más que en el presente comentario, fíjense ustedes en el texto evangélico.
     Dice Jesucristo: "No todo el que me diga: ‘¡Señor, Señor!’ ” ¿Qué quiere decir con eso? ¿A qué se refiere eso de predicar en su nombre, de las prácticas exorcistas y de los milagros también en su nombre? Entendemos que se refiere a nuestra religiosidad, a los rezos, a las devociones, incluso a la jerarquía de algunos. Nuestro Señor, hay que aceptarlo, se tira contra un tipo de religión, incluso contra un modelo de iglesia. Sí, contra la religión que se queda en el exterior, en lo estrictamente religioso y que carece de lo fundamental, de la obediencia a la Palabra de Dios.
     Nos está diciendo Jesucristo que no basta con todo eso para entrar en el Reino de los cielos. ¿Nos damos cuenta? Es Jesucristo el que lo dice, es Jesucristo el que está cerrando la puerta a cierto tipo de gente, o lanzando la advertencia para que nadie se quede fuera y todos se sientan llamados a cambiar su religiosidad. La sola religiosidad o las prácticas religiosas no son las que nos abren la puerta del Reino. ¿Qué es lo que nos da acceso al Reino? Escuchar y cumplir la Palabra de Jesucristo. En este caso se refiere a toda su enseñanza que nos brindó en el sermón de la montaña, pero sabemos que debemos acoger toda su enseñanza en los evangelios, y en toda la Sagrada Escritura pasada por el filtro de los evangelios. Hagamos un breve repaso de lo que hemos venido proclamando en estos domingos:
     Las bienaventuranzas: entrarán al Reino los que buscan y fincan su felicidad en la pobreza de espíritu, como él, en la mansedumbre, en la limpieza o transparencia del corazón, en el hambre y sed de justicia, en el trabajo por la paz, etc. Los que aman efectiva y evangélicamente a los enemigos, los que se abandonan de par en par en las manos del Padre providente. Hay que insistir: no los que repiten todo esto, como hago yo, sino los que efectivamente lo viven.
     Jesucristo es tan radical que llama malhechores a las personas muy religiosas, incluso yo diría que hasta a los miembros de la jerarquía; llegarán a las puertas del Reino y serán rechazadas. No por su pintura externa de religiosidad serán admitidas, así lleguen con vestiduras litúrgicas o eclesiásticas muy ostentosas.
     La parábola sobre el hombre que construye sobre roca o el que construye sobre arena nos ilustra de manera muy sencilla pero contundente de lo que se trata en el cristianismo, hay que repetirlo tan insistentemente como sea necesario: no nos debemos de quedar en la cáscara de la liturgia, de nuestros rezos, devociones; la sola religiosidad no es lo que quiere el Maestro. Él quiere obediencia a sus enseñanzas. ¿De qué sirve toda esa pompa con que adornamos nuestra fe, la liturgia esplendorosa, la estructura eclesiástica que nos pesa tanto, las abundantes normas disciplinares, etc., que tenemos? Cómo es necesario que los cristianos en lo individual y comunitario, como toda nuestra Iglesia en su conjunto, volvamos al evangelio. Nos hemos alejado del espíritu del evangelio, y por ello, nos vamos a quedar fuera del Reino, con un portazo en las narices. ¿No es suficiente con que Jesucristo nos lo diga?
    Para cumplir la voluntad del Maestro es necesario conocerla, nadie puede llevar a la práctica lo que no conoce. Por eso, vuelvo a insistir en mi repetida insistencia: es indispensable que nos pongamos a estudiar esa Palabra del Maestro. Es necesario llegar a conocer toda la Sagrada Escritura, entenderla a partir del Evangelio de Jesucristo. Nuestra primera tarea es leer, releer y requeteleer los santos evangelios. No se trata de ver una película repetidamente hasta el aburrimiento. La relectura de los santos evangelios, el estudio de nuestro Señor Jesucristo, es como una espiral que va dando pasos adelante. Poco a poco el estudio constante nos va haciendo entrar en el entendimiento de la Obra del Hijo de Dios.
     Todos los sacerdotes, los obispos, los apóstoles laicos, todos, nos tenemos que poner ya de una vez por todas las pilas y darnos a la tarea de ponernos a estudiar el Evangelio de Jesús, y darlo a estudiar a todos nuestros católicos, como nuestra tarea prioritaria, si no es que la única. En esto, repitamos, como lo escuchamos hoy, se juega nuestra salvación.
    No seamos católicos por costumbre, por seguir la corriente de la mayoría. Finquemos nuestra fe en la escucha de la Palabra del Maestro, seamos cristianos que viven como Jesús.

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