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JESÚS FUE LLEVADO POR EL ESPÍRITU AL DESIERTO
Domingo 13 de marzo del 2011, 1º de cuaresma
Comentario a Mateo 4,1-11.
Carlos Pérez Barrera, Pbro.
 
     En estos cuarenta días de la cuaresma nos queremos preparar, disponer nuestro espíritu y toda nuestra persona, para celebrar vitalmente, no sólo exteriormente, el misterio de la pascua de nuestro señor Jesucristo, su entrega de la vida en obediencia a los planes del Padre de los cielos por la salvación de esta humanidad. Nos preparamos para la Semana Santa.
     Escuchamos en el evangelio de san Mateo que Jesucristo fue llevado por el Espíritu al desierto. Los tres evangelistas que nos cuentan este pasaje coinciden en eso. No se fue por iniciativa propia, no fue el diablo el que lo llamó, fue el Espíritu el que lo llevó al desierto. Estos cuarenta días de desierto encierran un gran simbolismo. Son los cuarenta años de desierto del pueblo de Dios al salir de Egipto. Tiempo de prueba, tiempo para forjar al creyente, al enviado de Dios, al ministro de Dios. Cuarenta días fue el ayuno de Moisés en el monte Sinaí, como del profeta Elías camino del monte Horeb. San Mateo recalca el ayuno de cuarenta días de Jesucristo. No se trata de una hazaña propia del Hijo de Dios. El ser humano tiene capacidad para suspender la comida durante cuarenta días. San Marcos, por su parte, pone el acento en ese tiempo de desierto.
     Jesucristo había sido bautizado en el río Jordán, se había manifestado la plenitud del Espíritu en él, la complacencia del Padre. Por ello, se deja conducir al desierto. ¿No vemos aquí una imagen más que adecuada para nuestra cuaresma? Se trata de renunciar a nosotros mismos para hacer que el Espíritu de Dios nos gobierne, nos conduzca, a nosotros y a toda nuestra Iglesia, y a todo nuestro mundo. No sólo se trata de volvernos más espirituales, que ya sería ganancia, sino de hacer que el Espíritu, con mayúscula, prevalezca en nuestra vida. Las diversas tentaciones que le propuso el diablo a Jesús son sólo una muestra o una prueba para manifestar que en verdad el Espíritu actuaba en aquella humanidad de Jesucristo.
     Los panes. El diablo no le presenta a Jesús una canasta de pan calientito. Hubiera sido una tentación muy simplona. El diablo tienta la profundidad del ser de Jesús: "Si tú eres el Hijo de Dios, manda que estas piedras se conviertan en panes”. El diablo pone a prueba no sólo la identidad del Hijo de Dios sino su manera de vivirla. ¿Cómo iba Jesucristo a ejercer su condición de Hijo del Padre del cielo, haciendo magias? Desde luego que no. No se iba a desenvolver su humanidad de esa manera: hablándole a las piedras para mitigar el hambre, tocando calabazas para convertirlas en carrozas, abriéndose camino por medio de su poder divino. De ninguna manera, dice Jesús. Y dice algo más, para dejarnos una enseñanza radical a los que nos decimos cristianos, y a todo mundo: "no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”. En otro lugar del evangelio, en Juan 4, Jesús diría: "Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado”. Así se afirma Jesucristo en su manera de ejercer su mesianismo, su misión de enviado. Así nos enseña Jesús a vivir nuestra fe, nuestro cristianismo. Aprovechemos esta cuaresma para aprenderlo.
    La segunda tentación es de mucho provecho para nuestra cuaresma: tírate desde aquí, le dice el diablo, que al cabo que dice la Escritura que el Padre no dejará que sufras ningún daño. Es la tentación de los creyentes, que corremos el riesgo de pensar que si le somos fieles a Dios, nuestra vida y nuestros negocios están asegurados. Jesucristo nos enseña a renunciar a esa tentación. ¿Cómo iba a llegar hasta la cruz, pasando por el resto de los sufrimientos con esa propuesta del diablo? Y nosotros, ¿cómo podemos seguir los pasos de Jesús si pensamos que su camino es una alfombra tapizada de pétalos de rosa? También a nosotros Dios nos pide toda nuestra vida a su servicio.
     Y la tercera, ¡qué respuesta tan radical la de nuestro Maestro y Guía! Te daré toda la gloria del mundo si te postras y me adoras, le dice el diablo. Por nada del mundo, le contesta Jesús. ¡Sólo a Dios hay que adorar y servir! ¿Estamos nosotros en esa misma postura? La verdad es que este mundo está lleno de adoradores y servidores de multitud de ídolos: del dinero, del poder, del poseer, del vestir, del honor, del prestigio, etc., etc. ¿Captamos la fuerza de las palabras de Jesús que dice "sólo a Dios hay que adorar y a nadie ni a nada más hay que servir”?
     En estas tres pruebas Jesús está mostrando no solamente su divinidad, su verdadero mesianismo, sino también la verdadera condición del ser humano. Todos los hombres y mujeres nos vemos a nosotros mismos reflejados en Jesús. Vivamos esta cuaresma en el Espíritu de Jesús.

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