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LA VIDA RESPLANDECIENTE DE JESUCRISTO
Domingo 20 de marzo del 2011, 2º de cuaresma
Comentario a Mateo 17,1-9.
Carlos Pérez Barrera, Pbro.
 
     El segundo domingo de cuaresma siempre se proclama este pasaje de la transfiguración del Señor, un año en Mateo, otro en Marcos y el otro en Lucas. La razón es que este suceso se da en el camino a Jerusalén, y se da precisamente porque es una explicitación de la pascua de Cristo.
     Unos versículos antes de este pasaje vemos que Jesucristo había anunciado a sus discípulos la suerte trágica que le espera en la ciudad de Jerusalén, a donde se encaminan todos decididos. Este anuncio no fue del agrado de ellos, y Pedro expresa su desacuerdo reprendiendo al Maestro. Acto seguido, Jesucristo lleva consigo a tres de esos discípulos a un monte para hacerles una revelación muy especial, la que hemos proclamado: su rostro se volvió resplandeciente como el sol, sus vestiduras se volvieron blancas como la nieve, y aparecieron Moisés y Elías conversando con él.
     Moisés y Elías representan al Antiguo Testamento, la revelación de Dios de la antigüedad, una revelación limitada, incompleta. La plenitud de la revelación divina vendría con Jesucristo. El Padre de los cielos habla para señalar a quién se debe poner atención: a su Hijo amado. Ésta es la pauta para nosotros en nuestra lectura de la Biblia. Nosotros estudiamos toda la sagrada Escritura, antiguo y nuevo testamento, pero sólo en la medida que nos ayuden, cada uno de esos libros sagrados, a entender a Jesucristo. La Biblia solamente es ley para nosotros en esa medida. No consultamos la Biblia como hacen los testigos de Jehová, u otros hermanos cristianos, que sólo entresacan versículos diciendo que ésa es Palabra de Dios. Eso no se puede hacer sin más ni más porque se podrían hacer hasta barbaridades, como se dice de los musulmanes más extremistas. No, nosotros referimos todos los versículos de la Biblia a Jesucristo, los confrontamos con sus enseñanzas, con su Persona toda.
     La transfiguración es una experiencia única en el Evangelio. A Jesucristo nos lo presentan los cuatro evangelistas enseñando de manera muy ordinaria, no en éxtasis. En varias ocasiones nos hablan los evangelistas de que Jesús se iba al monte a orar a solas pero no sucede exteriormente nada anormal. Lo de la transfiguración no le sucede a Jesucristo cada lunes y miércoles. Ésta es única y paradigmática. El Padre de los cielos está en plena comunión con su Hijo, con el que va a Jerusalén a dar cumplimiento a su mensaje y su obra del Reino, a costa de su propia vida.
     ¿Qué nos revela este pasaje evangélico? Jesucristo resplandece luminoso en toda su vida. Nos puede provocar escándalo que nos haya revelado que va a padecer y a ser matado por parte de las autoridades. Pero tanto Jesucristo como el Padre eterno nos enseñan a leer esos trágicos acontecimientos. Nos enseñan a ver lo luminoso que es la vida de Hijo. Qué vida tan luminosa, con esos milagros, con esas enseñanzas, qué luminosa aparece hasta en sus conflictos, qué resplandeciente como el sol y qué blanca como la nieve se ve su vida desde la pasión y la cruz. Esa entrega de la vida puede ser muy espantosa desde el lado de los hombres, pero desde el lado de Dios resplandece por su generosidad, por su entrega completa, por su amor hacia la humanidad, por su entera gratuidad. Todo es luminoso en Jesús nos está diciendo en su transfiguración.
     Pedro, como de costumbre, desvaría, hace sus propias propuestas, como también es propio de nosotros, hacerle nuestros planes a Dios. Pero, ¿cómo va Jesucristo a hacerle caso a Pedro? ¿Cómo van a quedarse ahí en el monte habiendo toda una salvación por realizar? Por muy bella experiencia espiritual que estén viviendo, hay que bajar, hay que seguir el camino hacia Jerusalén, hay que cumplir cabalmente con la obra del Padre que es dar la vida por esta humanidad en ese trabajo por el Reino de Dios, sin claudicar en los juicios que se le siguieron.
     ¿Qué nos pide el Padre de los cielos? Que escuchemos a su Hijo amado. No hay otra manera de vivir nuestra religión, no hay cristianismo más que éste de escuchar a Jesucristo. Estudiémoslo en los evangelios, dejémonos hacer por su enseñanza, por su vida luminosa, tan blanca y limpia como la de ninguno. Y sigamos sus pasos muy de cerca. Si lo hacemos, tendrá sentido que celebremos su pascua esta semana santa.

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