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YO SÓLO SÉ QUE ERA CIEGO Y AHORA VEO
Domingo 3 de abril del 2011, 4º de cuaresma
Comentario a Juan 9,1-41.
Carlos Pérez Barrera, Pbro.
 
     Camino de la pascua, la Iglesia nos ofrece esta obra admirable de Jesucristo: la transformación de un hombre que yacía postrado a la orilla del camino, un ciego y limosnero. No se trata meramente de la curación de un enfermo. Jesucristo no se muestra aquí como un cirujano oculista de los mejores, como los encontramos hoy día. No. La vista no es lo único que recuperó este hombre. Veamos.
     Jesucristo tiene los ojos de Dios para mirar a este pobre hombre. Con esa mirada él ve lo que otros no alcanzan a ver, Jesús ve la obra de Dios en él, mientras que los demás sólo ven el pecado encarnado en una persona privada de la vista. Si los demás no alcanzan a ver a Dios en él, es que también están ciegos.
     Es sábado, el séptimo día de la creación. Los judíos pensaban que Dios se tomaba el sábado de descanso. Jesucristo, en cambio, estaba convencido que para prodigar gracia y salvación Dios no descansaba ningún día (vean Juan 5,17). Es más, Dios había decretado el día de descanso como un derecho de los seres humanos, especialmente de los más pobres. Era un derecho, no una obligación, era un día para re-crear el cuerpo, el espíritu, todo el ser humano. Y esto es precisamente lo que hace Jesús, re-crear a este hombre. Lo toma en sus manos para hacerlo nuevo. Y eso quiere hacer con todos nosotros, a eso ha venido. Con su saliva hace lodo para untárselo en los ojos. Se parece cuando el Creador, con sus manos, formó a Adán del barro de la tierra.
     Jesucristo no sólo le abre los ojos, le abre también la mente. En sus discusiones este hombre resulta más pensante que los mismos fariseos, razona mucho mejor. Un pensador religioso se rinde ante la evidencia, y eso hace el que era ciego. Vean el v. 25: "sólo sé que era ciego y ahora veo”. Y su lógica religiosa es mejor que la de ellos: "Sabemos que Dios no escucha a los pecadores… Si este no viniera de Dios, no podría hacer nada”. Más todavía, este hombre, acostumbrado a ser visto como nada, como un ser despreciable, adquiere un valor y una valentía para enfrentarse a ellos, se arriesga a ser expulsado de la sinagoga, que para un judío equivalía a ser excluido de la gracia de Dios.
     El último paso en la transformación de este hombre es la apertura de su espíritu, lo que nosotros llamamos fe. "¿Tú crees en el hijo del hombre?”, le pregunta Jesús. "Creo, Señor”, responde él, y se postra ante él. Ha sido transformado por Jesús en un creyente.
     Esta obra maravillosa de transformación del ser humano no está exenta de conflictos. Así funciona el mundo. Lo que podría realizarse con el gozo de todo mundo, se topa con resistencias. Lo vemos cuando los indígenas, las mujeres, los obreros, los laicos, los extranjeros, los excluidos por cualquier causa o motivo, se liberan, no faltan mentes cerradas que se opongan a ello. Jesucristo pronuncia sentencia en el capítulo siguiente contra esas mentes cerradas que se oponen a la recreación del ser humano. Les pido que vayan al capítulo 10. Jesús nos habla del buen pastor, del lobo, de ladrones, de asalariados.
     Todos debemos tomar conciencia de lo que subraya el evangelista al final de este capítulo: "¿Entonces también nosotros estamos ciegos?” Sí, en este mundo todos debemos ser conscientes de nuestras cegueras. Tenemos una mirada muy corta, y necesitamos que el Hijo del hombre nos abra los ojos, nos unte lodo con sus dedos para que podamos ver lo que él mismo alcanza a ver, las maravillas de la vida de Dios en cada uno de los seres humanos, las cosas más profundas de nuestra existencia. El verdadero creyente no es un fanático religioso, todo lo contrario, es una persona con los ojos, la mente y el corazón bien abiertos.

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