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EL ENCUENTRO PERSONAL CON EL RESUCITADO
Domingo 24 de abril del 2011, de Resurrección
Comentario a Juan 20,1-18.
Carlos Pérez Barrera, Pbro.
 
     A diferencia de lo que hacen los cuatro evangelistas con el relato de la pasión y la muerte de nuestro Señor, con la resurrección no nos dan muchos detalles. Sabemos que Jesucristo murió alrededor de las tres de la tarde, y sin embargo, no sabemos a qué hora de la noche anterior al domingo resucitó, si fue antes de la media noche o antes del amanecer, eso no nos lo dicen. Cada uno de los cuatro menciona que el primer día de la semana, día que todavía no recibía el nombre de domingo, fue cuando los discípulos y las mujeres se dieron cuenta que ya no estaba el cuerpo de Jesús en el sepulcro.
     San Juan, con sus propios acentos, nos platica lo que pasó esa mañana de la resurrección. Es probable que en este domingo en las misas se proclame alguna de las varias opciones que ofrece el Leccionario litúrgico. Para mi comentario, he escogido lo que sucedió en la mañana de aquel primer domingo del cristianismo, según la versión del evangelista san Juan.
     San Juan nos dice que al sepulcro fue solamente una mujer, no varias, como nos transmiten los demás evangelistas. Esta mujer era María Magdalena. Hay que distinguir a esta María de las demás que aparecen en este evangelio: la madre de Jesús, que no aparece con el nombre de María en este evangelio, sino solamente como su madre; la hermana de su madre sí recibe el nombre de María, la de Cleofás; María la de Betania, del capítulo 11. María la de Magdala, una aldea de las orillas del mar de Galilea, aparece hasta el capítulo 19, junto a la cruz, y desde luego aquí en el relato de la resurrección. Nos encontramos pues con un personaje hasta cierto punto misterioso y lleno de simbolismo que no había sido nombrado antes en este evangelio. Esto nos invita a reconocernos a nosotros mismos en esta discípula privilegiada del Maestro.
     El evangelista san Juan trata de comunicarnos que el encuentro con el Resucitado es una experiencia hondamente personal. La resurrección de Jesús no es una nota periodística o un acontecimiento meramente social o para los libros de historia. De ninguna manera. La resurrección es la experiencia del creyente. En María Magdalena se tiene que mirar cada quien como el verdadero discípulo de Jesús, el que es testigo de su resurrección, el que se ha encontrado personalmente con él, resucitado. Quizá por eso Jesucristo escogió a una mujer como la primera testigo de su resurrección, para que apareciera con más intensidad la fuerza de ese encuentro, que es un encuentro de amor y de fe, porque si ha sido un varón, esta experiencia hubiera aparecido un tanto fría o reseca. Es más emotivo el encuentro con esta mujer enamorada del Maestro.
     María Magdalena, después de que el Maestro ha muerto, le sigue fiel hasta después de la muerte. Ella quiere seguir descargando su amor aunque sea sobre ese cuerpo al que considera ya muerto. No lo encuentra y corre a buscar a los discípulos. Pedro y Juan llegan al sepulcro pero no se encuentran con el Resucitado. La persistencia de María, su amor hasta la muerte, es la que le acarreará el privilegio de ser la primera en encontrarse con él.
     No lo reconoce porque Jesús ha resucitado plenamente transformado. Lo reconoce hasta que, como lo vemos en el v. 16, el Señor le habla por su nombre. Qué impacto produce en una persona escuchar su nombre de labios de aquella otra a la que ama y de la que se siente amada. Yo he tenido muchas veces esa experiencia, en el encuentro con personas que conocí en parroquias donde estuve hace años.
     Mientras el católico no viva esa experiencia personal del encuentro con Jesucristo resucitado, no puede considerarse verdaderamente cristiano.
     Una vez que María se ha encontrado con Jesucristo vivo, gozosa sale a llevar la Noticia a los apóstoles, convirtiéndose al mismo tiempo en apóstol de la Resurrección, apóstol del proyecto de vida de Dios.

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