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EL DOMINGO CELEBRAMOS AL RESUCITADO
Domingo 1 de mayo del 2011, 2º de pascua
Comentario a Juan 20,19-31.
Carlos Pérez Barrera, Pbro.
 
     Los cristianos tenemos la tradición de reunirnos los domingos para conmemorar el día de la resurrección de nuestro Señor. Éste es el primer día de la semana, según la cuenta de los judíos: el séptimo es el sábado. Este primer día de la semana tomó el nombre de "domínicus” que en latín significa "del Señor”. Los judíos no le llaman así, ni muchas naciones y culturas. Para los países de lengua inglesa el primer día de la semana es el día del sol. Hay algunos calendarios que ya no ponen el domingo como el primer día de la semana, sino como el séptimo. Son los calendarios de los bancos y demás negocios.
     Traigo esto a la mente porque, según el evangelio de san Juan, los discípulos hicieron esa costumbre de reunirse el primer día de la semana. Así los vemos el día de la resurrección, y a los ocho días, y así sucesivamente. Si somos fieles a la enseñanza y vivencia de Jesucristo en relación con el sábado, el número del día es algo meramente convencional, lo importante es reunirnos para vivir la presencia resucitada de esa Persona que nos robó el corazón, el Salvador del mundo.
     Vaya usted al capítulo 20 de san Juan. Ese primer día de la semana, fue María Magdalena muy temprano al sepulcro. Véase a usted mismo plasmado en esa discípula privilegiada, prototipo del discípulo de Jesús. Amaba al Señor Jesús más allá de la muerte. Si alguien había tomado su cuerpo ella quería conservarlo, porque Jesucristo la había cautivado profundamente. Desde luego que ni ella ni nosotros hemos conocido a una Persona tan fascinante como Jesús. Posteriormente hemos venido comprendiendo poco a poco las Escrituras que nos hablan del Hijo de Dios.
     Mientras que Pedro y el discípulo amado se retiran del sepulcro sin ver al Maestro, María, la de Magdala, aldea de la ribera del mar de Galilea, quien es nombrada por primera vez junto a la cruz, persiste en su terquedad de encontrar su cuerpo. Eso le reportará el privilegio de ser la primera testigo de su resurrección. "¡María!”, le dice Jesús. Eso basta para que se abran sus ojos y lo contemple completamente transformado, lleno de vida, de una vida superior a la que estamos viviendo.
     Los discípulos son testigos del Resucitado hasta la tarde de ese primer día. Es incorrecta la traducción del Leccionario litúrgico y del Misal anual que dicen "al anochecer”. Si fuera la noche ya no sería el primer día sino el segundo. Y Tomás, el incrédulo, en quien también nos vemos plasmados cada uno de nosotros, lo contempló hasta el siguiente domingo para dejarnos su confesión de fe.
     Nosotros continuamos celebrando domingo tras domingo al Señor de la vida. Qué lástima que nuestras celebraciones sean en ocasiones tan aburridas, tan poco participadas, porque nos reunimos en la alegría de encontrarnos con el Señor, para traer al presente, no sólo el domingo sino toda la semana, la memoria de sus enseñanzas, de sus señales milagrosas, y también sus conflictos con el mundo del poder, de su Persona que nos llena tanto de vida, de su vida que es para todo el mundo.
     Con Tomás también nosotros exclamamos: "¡Señor mío y Dios mío!”.

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