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JESUCRISTO ES LA PUERTA POR DONDE SE ENTRA Y SE SALE LIBREMENTE
Domingo 15 de mayo del 2011, 4º de pascua, domingo del buen Pastor
Comentario a Juan 10,1-10.
Carlos Pérez Barrera, Pbro.
 
     Cuando mencionamos la parábola del Buen Pastor, pensamos en la Persona suave y dulce de nuestro señor Jesucristo, el amigo de los pobres, el sanador de los enfermos, el salvador de los pecadores, el consolador de los afligidos. Es cierto, en una lectura completa de este capítulo 10 de san Juan podemos constatar los atributos que plenamente lo describen: la puerta por donde entran y salen libremente las ovejas, el apacible pastor que camina delante de ellas, el que las llama por su nombre, el buen pastor que da la vida por sus ovejas, el que las aglutina en un solo rebaño.
     Sin embargo, esta dulzura que traspiran por todos lados sus parábolas, vienen acompañadas de palabras muy duras que denuncian a todos aquellos y todas aquellas cosas que lastiman al rebaño. También son palabras de Jesús.
     En el capítulo anterior, el evangelista nos había relatado que Jesús había levantado a un ciego de nacimiento. Este evangelio lo leímos y proclamamos en las misas del domingo 3 de abril, 4º de cuaresma. Decimos que lo levantó porque no solamente lo curó de los ojos del cuerpo, sino que lo levantó de donde estaba postrado, pidiendo limosna, lo levantó en su dignidad de ser humano, porque, dentro de su desgracia, todos lo despreciaban como la encarnación del mismo pecado.
     La obra de Jesús es evidente, palpable. Hasta el mismo ciego, recién abiertos los ojos, la mente y el corazón, se dio cuenta de qué lado estaba Dios: ¿del lado de ese galileo que lo había transformado o del lado de los líderes del pueblo judío?; ¿de qué lado estaba la gracia, de él, considerado un pecador, o de los fariseos que se creían justos y lo condenaban a él?
     Jesucristo denuncia no solamente la cerrazón de mente y de corazón de esos líderes, sino la situación en la que mantienen al pueblo de Dios. ¿Cómo les llama? "Todos los que han venido antes que yo son ladrones y bandidos”.
     El que no entra por la puerta del redil de las ovejas, ése es un ladrón, un bandido. Sólo el pastor entra por la puerta. Ésta es desgraciadamente la experiencia que estamos viviendo en estos tiempos de inseguridad y de alta delincuencia callejera. Los ladrones rompen ventanas, rejas, cerraduras, cajones, etc., sólo para robarse unas cuantas cosas. El destrozo que dejan viene saliendo más caro que lo que se llevan. Sin embargo, hay una delincuencia, la de cuello blanco, la de los empresarios, políticos y eclesiásticos corruptos, expoliadores del pueblo, ésa no la notamos tanto pero bien que se les aplican las palabras de Jesús.
     ¿Quiénes, en la sociedad y en la Iglesia, son pastores del rebaño, y quiénes son ladrones y bandidos? Los creyentes tenemos que acoger esta denuncia para nosotros mismos, en la medida que nos quede, y lanzarla a este mundo, a sus instituciones y sus encargados. Porque, ¿qué estamos viviendo? Se antoja decir a las autoridades de los diversos niveles, a los funcionarios, policías, ejército, legisladores: Ustedes no están cumpliendo con su cometido de brindarle seguridad y tranquilidad al pueblo. Si no están cumpliendo, entonces sus altísimos sueldos son crasamente un robo, un despojo a los más pobres.
     Fuimos testigos por los medios de comunicación de la marcha por la paz en varias ciudades del país, y nos unimos a ella de corazón. La ciudadanía se vuelca a las calles para echarles en cara, a los que tienen la autoridad y los recursos, de que no están cumpliendo. Incluso se menciona la exigencia de renuncias.
     Decía en estos días el padre Alejandro Solalinde que el Instituto Nacional de Migración no tenía remedio, que lo mejor era que desapareciera. ¡Cuánto estará viviendo y padeciendo su movimiento de defensa de los derechos de la migrantes como para decir eso!
     No hay que decir sin más ni más que los buenos pastores del pueblo se han refugiado en la Iglesia. Desgraciadamente no es así. Nos resistimos a aceptar que en la jerarquía de la Iglesia nos hemos apoltronado también ladrones y bandidos. Hace mucho tiempo, desde que san Juan escribió las palabras de Jesús, que la Iglesia debió haberse dado a la tarea de efectuar una buena depuración de su personal. Los malos pastores, los ladrones, los bandidos que se aprovechan del pueblo, esos no tienen ningún lugar en el pastoreo de la Iglesia.
     Sí es cierto que hay muy buenos pastores, pero no todos. Ha habido sacerdotes que se han desgastado completamente por el pueblo sin dedicar tiempo ni recursos para sí mismos. Pero lo que debiera ser generalizado, en la Iglesia de hoy no lo es. Ahí están no sólo los escándalos de la pederastia, sino la manera como nuestra alta jerarquía salió en defensa, no de las ovejas, sino de los malos pastores. Ahí están también numerosos casos de malos manejos de los dineros del pueblo católico. No le llamo escándalos porque ni siquiera se dan a conocer.
     Yo siento que necesitamos sacudirnos de nuestra modorra para volver a tomar el camino del evangelio, para descalificar a los malos pastores, aunque estén muy encumbrados, aunque sean cardenales, y tomar todas las providencias para darle buenos pastores al pueblo, no que le sigan la corriente a la gente en su exigencias inmediatistas, sino que los evangelicen, que los catequicen, que los hagan crecer como seres humanos y como cristianos, que tal es la Obra de Jesús.
     Para que no se quede usted con el comentario vuelvan a leer el evangelio y quédense con las palabras de nuestro señor Jesucristo.

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