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¿EN QUÉ DIOS CREEMOS?
Domingo 19 de junio del 2011, Dios Trinidad de personas
Comentario a Juan 3,16-18.
Carlos Pérez Barrera, Pbro.
 
     Dios es el fundamento de nuestra fe. En la pascua, en las primeras comuniones, en las confirmaciones hemos tenido la oportunidad de renovar nuestra confesión de fe. ¿En qué fe fuimos bautizados?
     ¿Creen ustedes en Dios, creador de este maravilloso universo, de este hermoso pequeño planeta tan lleno de vida, creen que Dios es un Padre que nos ama?, pregunta a la que todos respondemos: Sí, creo. ¿Creen en su Hijo Jesucristo, que asumió nuestra naturaleza carnal, que entregó su vida por la salvación de este mundo y murió ejecutado en una cruz pero que resucitó al tercer día? Sí, creo. ¿Creen en el Santo Espíritu de Dios, que nos ilumina, que nos fortalece, que nos introduce en los planes de salvación de Dios? Sí, creo.
     El ser humano desde tiempos inmemoriales ha tendido siempre a conocer a Dios, a relacionarse con él, incluso hasta en ocasiones ha querido apoderarse de él para manejarlo a su antojo.
     La pequeñez de nuestra condición de criaturas nos ha llevado a darnos cuenta de que hay algo superior a nuestras fuerzas y a las fuerzas de la naturaleza, una inteligencia que todo lo conduce. Esto es obra de Dios mismo, que ha colocado en la mente y en el corazón de los seres humanos el sentido de la divinidad.
     Sin embargo, no hemos tenido acceso al Dios verdadero con tanta fidelidad a su ser que en estos últimos tiempos a partir de la enseñanza y de la vida de Jesucristo. Es el Hijo el que conoce la intimidad de Dios (vean Mateo 11,27) y nos la ha revelado, hasta donde nuestra pobre mente y nuestro pobre espíritu alcanzan a comprender de misterios tan inmensos.
     Desde la antigüedad, en los tiempos de nuestros padres en la fe, ya Dios se había manifestado como lo escuchamos en la primera lectura: "Yo soy el Señor, el Señor Dios, compasivo y clemente, paciente, misericordioso y fiel". Todo lo contrario a la imagen de un Dios lejano, impersonal, a una inteligencia creadora que no entabla relación directa y permanente con sus criaturas, como es el caso de las religiones greco-romanas. Tampoco es la imagen de un dios o conjunto de dioses manipulables a través de ritos mágicos como es el caso de las religiones que se dieron hace siglos en algunas culturasque según nos cuentan los libros de historia.
     Nuestro Dios, el Dios que nos vino a revelar Jesucristo, ni siquiera es el Dios vengador y justiciero que pregonaban los líderes de su tiempo en la religión judía.
     Qué revelación tan escalofriante nos ofrece hoy en el evangelio: "tanto amó Dios al mundo". Sí, Dios ama a este mundo. Qué bella imagen de Dios nos ofrece Jesucristo en sus parábolas, en toda su enseñanza, en su comportamiento, en toda su persona. Dios es un Padre tan impactante como el padre compasivo que tenía dos hijos, y que se comportó como padre de ambos. Dios es un Padre que ama a los pecadores, aunque no su pecado, que los atrae, que los acoge en su misericordia. Dios es un padre que lejos de rechazar a los enfermos, a los pequeños, a los ignorantes, a los excluidos, los ama, los salva y los acoge como a sus predilectos. Dios es un Padre que se revela en su Hijo amado, el de sus complacencias; en ese galileo, en ese que fue crucificado como un delincuente.
     Jesucristo nos reveló en sí mismo que Dios es un Dios que se hermana con nosotros, que, a diferencia de los otros dioses, asume nuestra carnalidad, y por ello la santifica, la salva y la hace sagrada. Es Dios Hijo que se hace modelo para todo ser humano, de modo que ya no debemos proponernos "ser como dioses" (Génesis 3,5), la tentación de nuestros primeros padres, sino ser como Jesús. Jesucristo nos ha revelado en sí mismo que nuestra verdadera condición humana, el verdadero hombre-mujer es el que asume su pequeñez, en la humildad, en la pobreza, en la filiación, en la obediencia divina, tal como Jesús las vivió. El hombre-mujer perfecto es el que se entrega, se comparte, se da gratuitamente, como él, día tras día hasta llegar a la cruz.
     Jesucristo nos reveló que Dios es Espíritu que hace de la humanidad su morada. Sin suplantar pero sí pidiendo docilidad y obediencia, Dios Espíritu Santo es el que conduce nuestras vidas mejor que nosotros mismos; por los senderos de Dios mejor que nuestro pobre espíritu y nuestro apocado corazón. Es el Espíritu el motor de este movimiento de salvación en el que él nos ha involucrado.

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