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TUS PENSAMIENTOS NO SON LOS DE DIOS
Domingo 28 de agosto del 2011, 22º ordinario
Comentario a Mateo 16,21-27.
Carlos Pérez Barrera, Pbro.
 
     El pasaje que proclamamos hoy es continuación inmediata del pasaje del domingo pasado. Jesucristo está preocupado porque se conozca bien su identidad y su misión. ¿Quién soy yo?, le había preguntado a los discípulos. Simón Pedro había respondido "Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo”. Esta respuesta es la conclusión a la que debe llegar todo creyente, después de haber leído todo el evangelio, no antes.
     Jesucristo les revela la suerte que le espera en Jerusalén: sufrir mucho de parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser matado y resucitar al tercer día. Este anuncio de su pasión provoca que Pedro, que unos momentos antes había confesado su fe en el Hijo de Dios, ahora se resista a aceptar tan contradictorio destino de ese Cristo e Hijo de Dios.
     A nosotros, tan habituados a celebrar los oficios de la Semana Santa, ya no nos provocan escándalo semejantes revelaciones de nuestro señor Jesucristo. Ya sabemos que el Hijo de Dios se sometió a la muerte por causa del Reino de la vida. Nosotros no vivimos las cosas como las vivieron los discípulos antes de la pascua de Jesucristo. A los discípulos de aquel tiempo, judíos formados en la mentalidad judía del antiguo testamento, no les cabía en la cabeza que el Mesías pudiera ser sacrificado por los hombres. Todos los judíos esperaban que el Mesías saliera triunfador, como el ungido rey David, en todas sus empresas. Es que si Dios estaba con él, las cosas no podían ser de diferente manera. Si Jesús tenía que padecer, entonces había un quiebre muy grave ahí. De seguro eso no estaba en los planes de Dios, al menos de ese Dios tal como ellos lo conocían. Eso es lo que le dice Pedro a Jesús: "¡Lejos de ti, Señor! ¡De ningún modo te sucederá eso!” Estas palabras del discípulo las podemos tomar como una expresión de buenos sentimientos. Así reaccionamos todos espontáneamente. Cuántas veces habremos dicho nosotros a un ser querido: "ni Dios lo permita que te vaya suceder esto a ti”. Sin embargo, Jesucristo lee este "buen” consejo de Pedro como un tratar de zafarse de la voluntad de Dios. Una cosa es lo que piensen y sientan los seres humanos, y otra cosa con los planes de Dios. A nosotros lo que nos toca es calar hondo en los proyectos de Dios, y en la manera como él los quiere llevar a cabo. Jesús se lo dice a Pedro con estas palabras: "¡tu modo de pensar no es el de Dios, sino el de los hombres!”. Por eso, a quien unos versículos antes había declarado bienaventurado, ahora le llama "satanás”. Qué pronto cambia la situación del discípulo sobresaliente.
     Los seres humanos le damos prioridad a nuestras leyes e instituciones humanas muy por encima de la salvación de las personas: un sistema económico, social, político, un régimen de propiedad privada, incluso una estructura religiosa. Esas cosas no son sagradas, son inventos humanos. Lo más sagrado son los pensamientos de Dios de transformar radicalmente a esta humanidad.
     Jesucristo le dice a Pedro y a nosotros, unas palabras que no están bien traducidas en el Misal o Leccionario. Leemos: "¡Apártate de mí, Satanás!” La traducción más correcta sería ésta: "¡ponte detrás de mí, satanás!”, como lo consigna el evangelista en griego. Es que Jesús no le está pidiendo al discípulo que se aparte, sino que se coloque en el lugar que le corresponde como discípulo, detrás del Maestro, en seguimiento del Maestro. A nosotros no nos toca decirle al Maestro qué camino tome para salvar a este mundo, no, a nosotros lo que nos toca es seguirle los pasos, tratar de entrar en el entendimiento de sus planes y cómo los quiere llevar a cabo. El plan de Dios es que su Hijo entregue la vida, no tanto que lo maten, sino que él se entregue por completo y sin medida por el Reino de los cielos, por la salvación de esta humanidad. Y ese es el camino para todos sus discípulos, la entrega de uno mismo a los planes de Dios que es la salvación de nuestros hermanos.
     Más claro nos lo dice nuestro Señor: "El que quiera venir conmigo, que renuncie a sí mismo, que tome su cruz y me siga”. Ahora que lo escuchamos, no está por demás seguir insistiendo en que la vida cristiana no consiste en cumplir con ciertas prácticas devotas, al menos no es lo más importante, o con un código de leyes o morales, es necesario pero no lo más importante. Nuestra vida cristiana consiste en seguirle los pasos a nuestro Maestro, ir detrás de él, renunciar a nosotros mismos, renunciar a nuestros gustos, a nuestros intereses, para poner en su lugar los de Dios que nos enseña Jesucristo. Y entregar también nosotros nuestra vida por entero, sin poquedades para ponernos plenamente al servicio de la Obra de Dios, igualito que nuestro Maestro, en seguimiento de él.

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