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PERDONAR COMO DIOS PERDONA
Domingo 11 de septiembre del 2011, 24º ordinario
Comentario a Mateo 18,21-35.
Carlos Pérez Barrera, Pbro.
 
     El domingo pasado nos instruía nuestro Maestro sobre el itinerario que debemos seguir para la corrección fraterna. La corrección fraterna no es una práctica optativa en la vida de la comunidad, ya sea la pequeña comunidad cristiana o la gran comunidad que es la Iglesia. Hemos escuchado el tono de las palabras del Señor: "si tu hermano peca…”. Se trata de rescatarlo, como el pastor a la oveja perdida. No seremos verdaderos discípulos de Cristo ni verdadera comunidad cristiana si dejamos que el hermano, sea yo o sea otro, se pierda en su situación de pecado. Hacerlo sería una grave responsabilidad de la que Dios nos pedirá cuentas, lo escuchábamos el domingo pasado en la primera lectura tomada del profeta Ezequiel.
     Pues bien, en este proceso de la corrección al hermano, nos quedamos el domingo pasado en el cuarto paso, el drástico: "Si tu hermano no les hace caso, entonces habrán de considerarlo un pagano o un publicano”. Esto equivale a excluirlo de la comunidad y de la comunión. ¿Se quedarán así las cosas? Desde luego que no, porque el Hijo de Dios vino a salvar, no a condenar. Por eso sigue el quinto paso.
     Yo les decía que esta sentencia de excluir de la comunión a un hermano que ha caído en pecado es siempre provisional, nunca definitiva, siempre hay que dejar abierta la puerta de la comunidad y de la Iglesia. Y nuestro Señor nos lo dice con sus palabras: "No sólo hasta siete, sino hasta setenta veces siete” habrás de perdonar a tu hermano.
     Los números nos resultan exagerados, pero no se trata de una cuestión matemática, sino de una actitud del corazón, es la actitud de Dios, nos lo dice su Hijo Jesucristo por medio de la parábola que hemos escuchado. Yo lo digo con estas palabras, que se aplican a cualquier situación, ya sea familiar, vecinal, laboral, eclesial, social, etc. Cuando tengamos que tomar una decisión drástica con un hermano que, después de dialogar insistentemente con él, se niegue a recapacitar, a aceptar que le está haciendo daño a las demás personas, a sí mismo, a la comunidad, a la sociedad, no tomemos esa decisión de una manera definitiva. Pensemos no sólo en la exclusión de la vida de la comunidad eclesial, sino también en la exclusión de la vida de la comunidad social, como es la cárcel, la pena de muerte, el rencor, la venganza, etc. Podemos repasar, como una fuerte motivación, la primera lectura tomada del libro del Eclesiástico: "Cosas abominables son el rencor y la cólera… Perdona la ofensa a tu prójimo, y así, cuando pidas perdón se te perdonarán tus pecados”.
     No se trata de suprimir todas estas cosas, no, de lo que se trata es de que nuestro corazón siempre esté abierto a las personas, especialmente a los pecadores, como es el corazón de Dios. No suprimimos ingenuamente los castigos, las exclusiones temporales o los encierros, porque deseamos, al igual que Dios, una convivencia sana, una vida fraterna, un ambiente de respeto y de amor entre todos los seres humanos, ya sea en el hogar, en la ciudad, en el mundo. La cárcel puede ser una prevención para la sociedad, de quienes le hacen un daño más grave. Pienso especialmente en los niños y las mujeres, que son la parte más débil. Hay que protegerlos al máximo. Pero dejemos abierto nuestro corazón a aquellas pobres personas atrapadas en la violencia y demás delitos: hoy no tenemos los medios de hacerlos entrar en un verdadero proceso de rehabilitación (son mentirosos esos nombres que les han puesto a las cárceles hoy día), pero al menos no cerremos las puertas de nuestro corazón a ellos. Cuando uno de ellos se ha rehabilitado, hay que acogerlo con amor, como el pastor que encuentra a la oveja perdida y la retorna al rebaño. De esta parábola partió el itinerario de la corrección fraterna.
     Recordemos: si nosotros no perdonamos de corazón al hermano (aún cuando continúe en su castigo preventivo), no tendremos cara para esperar que Dios nos perdone a nosotros.

 


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