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JESUCRISTO NOS LLAMA A LA CONVERSIÓN
Domingo 25 de septiembre del 2011, 26º ordinario
Comentario a Mateo 21,28-32.
Carlos Pérez Barrera, Pbro.
 
 
     En el capítulo 21 nos cuenta el evangelista san Mateo que Jesucristo llegó a la ciudad de Jerusalén acompañado de la algarabía de sus seguidores, nos dice que entró en el templo y se confrontó de manera un poco violenta con esa estructura expulsando a sus vendedores. Los mercaderes del templo no eran los vendedores ambulantes sino los sacerdotes que lo administraban. A partir de este encuentro o encontronazo nada amigable, Jesús empieza a recibir los cuestionamientos de la clase sacerdotal: ¿con qué autoridad haces esto? Una de las varias respuestas que nuestro Señor les da, es ésta de la parábola de los dos hijos.
     En la parábola, ¿a quién representa el hijo que le respondió a su padre que sí iba pero a fin de cuentas no fue a trabajar en la viña? Los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo fueron plasmados por Jesucristo en este hijo. Su Sí a Dios consistía en el cumplimiento de la ley, en el culto y en la administración del templo, en sus oraciones, en su manera de dirigir la vida del pueblo. Sin embargo, les faltaba algo muy importante, ponerse al servicio de la voluntad salvadora de Dios. Ellos, junto con toda esa estructura cultual, eran la higuera que no daba fruto porque en realidad ya estaban secos, como lo hace ver Jesucristo unos versículos antes.
     ¿Y a quiénes representa Jesucristo en el segundo hijo que le respondió a su padre que no iba a trabajar a la viña pero que a fin de cuentas sí fue? Para sorpresa de aquellas gentes y de nosotros, cristianos del siglo XXI, las gentes más alejadas del templo y de la vida religiosa de aquellos tiempos. Así lo dice textualmente nuestro Maestro: "Yo les aseguro que los publicanos y las prostitutas se les han adelantado en el camino del Reino de Dios. Porque vino a ustedes Juan, predicó el camino de la justicia y no le creyeron; en cambio, los publicanos y las prostitutas, sí le creyeron”.
     Yo espero que siempre que repasemos este pasaje, nos dejemos caer de espaldas, como seguramente les sucedió a aquellos sumos sacerdotes y ancianos; algo que no esperaban escuchar, que seguramente nadie jamás se había atrevido a decírselo en su propia cara y, que desde luego, no estaban dispuestos a aceptar. ¿Cómo es posible que esas gentes excluidas de la religión les lleven a ellos la delantera en el camino del Reino siendo ellos tan piadosos?
     Es necesario que nunca nos acostumbremos a estos cuestionamientos tan tumbativos y sacudidores de nuestro Señor, porque las religiones y las religiosidades llevan siempre el riesgo de convertirse en una estructura que nos arrastra en su corriente. Después de practicar durante años, si no es que toda la vida, nuestros actos de piedad, nuestras ceremonias, oraciones, cumplimiento de nuestras normas morales, nuestra pertenencia a la iglesia, etc., podemos llegar a pensar que ya no tenemos necesidad de convertirnos, de cambiar de vida, de cambiar de manera de pensar, de cambiar nuestras costumbres, de cambiar nuestros sistemas sociales y económicos. Cuando, por el contrario, Dios es lo que está haciendo, llamándonos constantemente a la conversión. Aquellos sumos sacerdotes y ancianos no se convirtieron por la predicación de Juan. Tampoco lo harían con la predicación y toda la obra de Jesucristo que tenían frente a sus ojos. ¿Qué necesitamos nosotros, cada uno en lo personal y todos juntos como Iglesia, obispos, sacerdotes y laicos, para ponernos en situación de conversión?

 

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