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DALE A DIOS LO QUE ES DE DIOS
Domingo 16 de octubre del 2011, 29º ordinario
Comentario a Mateo 22,15-22.
Carlos Pérez Barrera, Pbro.
 
     Continuamos con Jesucristo en los atrios del templo de Jerusalén. Ahí los notables del pueblo judío entablan pleito con él y viceversa. Para tenderle una trampa, los discípulos de los fariseos le preguntan que si es lícito pagar el impuesto al césar, al emperador romano. Los fariseos eran enemigos de pagar ese impuesto a un poder extranjero. Con mucho gusto lo harían por el templo, pero no para un pueblo pagano. Los herodianos, cosa curiosa que el evangelio los junte, ellos sí son partidarios del impuesto. Quizá la comunidad evangélica de san Mateo quiso presentar simbólicamente los dos lados de la trampa: estar a favor o en contra del césar.
     La trampa consiste en que si Jesús responde que sí es lícito, pues se pone en mal con el pueblo judío porque se inclina a favor de los invasores. Y si dice que no es lícito, pues eso sería un acto de rebeldía contra el gobierno establecido y podrían acusarlo de andar incitando a la rebelión. Jesús está entre la espada y la pared. Con ingenio se zafa de la trampa, pero su mensaje va mucho más allá.
     Este pasaje ha sufrido interpretaciones muy baratas y superficiales por las personas que defienden que la Iglesia no se debe meter en la política. Personas que ni siquiera conocen la Biblia se erigen como intérpretes autorizados de la Palabra de Dios. Por eso conviene leerlo atentamente. Se trata de una perla evangélica, un destello de la agudeza de Jesús y de su sabiduría divina. Acojamos no sólo sus palabras sino contemplemos la persona de Jesús que nos fascina por su entereza y su coherencia.
     Primero le avientan a Jesús unas palabras aduladoras, como si fueran necesarias para provocar una respuesta franca de parte de Jesucristo. Más delante, comprobarán ellos, y lo vemos en el cap. 23, que de veras Jesucristo es una persona que siempre habla con toda claridad, no es político ni diplomático. Aquí mismo Jesús les dice en su cara: "hipócritas”, sin pelos en la lengua.
     La sentencia de Jesús ya es parte de nuestro patrimonio cultural, y cada quien la usa según su conveniencia: "devuelvan al césar lo que es del césar, y a Dios lo que es de Dios”. En nuestros tiempos, completamente fuera de aquel contexto, se ha querido ver aquí una idea propia de la ilustración francesa: Dios y el césar, cada quien por su lado; la religión y la política bien separadas. Nada más lejos del ambiente religioso y cultural de aquellos tiempos, y nada más lejos de las intenciones y la mentalidad de nuestro señor Jesucristo.
     Jesucristo les pide la moneda del tributo. El denario que estaba en uso en tiempos de Jesús, traía la imagen de Tiberio césar, y la leyenda decía: "Tiberio César, Hijo augusto del Divino Augusto. Pontífice Máximo”. ¿Esa moneda le pertenece al césar? Pues devuélvansela. ¿Algo más le pertenece al emperador? Regrésenselo.
     Podemos ver en esta sentencia una salida inteligente a la trampa que le tienden. Pero no, es mucho más que eso. Se trata de una cuestión que requiere de cada uno de nosotros una respuesta personal: devuélvele al césar lo que tú crees que le pertenece, no sólo ese denario hecho moneda. Y dale a Dios lo que tú creas que le pertenece a Dios. Si crees que a Dios le pertenecen los rezos y las ceremonias, nada más, no es algo que Jesús lo diga, sino tú.
     Por otra parte, dale al gobierno lo que creas que le corresponde. Págale tus impuestos al gobierno si crees que se lo merece y piensas que los está manejando bien; si ves que el gobierno te está brindando suficiente seguridad, servicios, bienestar. Si no, no le pagues.
     Pero si tú crees que a Dios le pertenece todo, como es la convicción de Jesús, dáselo todo: toda tu vida, todo tu entorno; el reino, el poder y la gloria son pertenencia de Dios, lo decimos en la Misa, y los cristianos se lo reconocemos y se lo tributamos.

 

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