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ADORAR A JESÚS IMPLICA ACEPTAR SU GOBIERNO
Domingo 8 de enero del 2012
Comentario a Mateo 2,1-12.
Carlos Pérez Barrera, Pbro.
 
     "Unos magos que venían del oriente se presentaron en Jerusalén”, nos cuenta san Mateo, con bastante ingenuidad y desconocimiento tanto cultural como astronómico. Sin embargo, éste es el testimonio de una comunidad cristiana primitiva. ¿Qué significaba el oriente en la mentalidad de aquellos primeros cristianos? Era un mundo mágico, desconocido, atrayente, misterioso, un mundo de gente que buscaba la sabiduría, tanto en sí mismos como en los astros del cielo. Para ese entonces ya existían las religiosidades hinduistas, el islamismo aún no. Mientras que en los tiempos de Jesucristo el occidente era poder, ejércitos, conquista, el oriente era espiritualidad, búsqueda de la verdad, búsqueda de Dios. Esto es lo que encarnan estos personajes misteriosos de los que nos habla la comunidad evangélica de san Mateo. Estos magos personifican a todos los que buscan a Dios con sincero corazón, aún sin pertenecer al pueblo judío.
     Primeramente reconozcamos que nuestra sociedad occidental, nuestra cultura moderna se ha vuelto muy materialista, consumista, tecnicista. Programamos nuestra vida a partir del dinero: ¿qué quieres ser en la vida? Alguien que gane buen sueldo. Nuestras escuelas conducen a eso, a conseguir un mejor nivel económico. La felicidad la entendemos en función de los bienes de consumo a los que tengamos acceso: comida, servicios, bienestar, automóvil, diversiones, comodidades. Aunque estamos al día con los nuevos productos de la tecnología, sin embargo, no conocemos los astros de los que somos parte en este infinito universo, ni tan siquiera hemos hurgado en nuestro interior, para buscar la sabiduría, para encontrar el sentido profundo de nuestras vidas, para encontrarnos con el Creador y sus designios.
     Las gentes de las que nos está hablando san Mateo pertenecen a una cultura completamente distinta. Para ellos lo más importante es la búsqueda de la verdad, la búsqueda del absoluto. Y esto es lo que nos dice el evangelista: ellos, que estudian las estrellas, lo han encontrado en un niño recién nacido, en un pueblito pequeño, no en la capital del pueblo judío, ni en la capital del imperio romano, sino en Belén.
     Ellos venían buscando al rey de los judíos que había nacido, al verdadero rey, sería la lectura de los acontecimientos que hace aquella comunidad cristiana. Una pregunta y una confesión de fe demasiado comprometedora en aquellos tiempos y lugares. ¿Apoco no se iba a poner de nervios el rey que les había impuesto el imperio romano a los judíos? Este pasaje contiene fuertes implicaciones políticas, esto es algo que los discípulos de la Palabra tenemos que aceptar y entender para nuestros y para todos los tiempos. Adorar a Jesucristo como a un Rey es acoger su reinado y todas sus consecuencias sociales, políticas, religiosas. Herodes representa a todos los que aman y se aferran al poder, en definitiva a sí mismos, y para defenderse son capaces de pasar por encima de la vida, de los derechos de los demás, y aún por encima de la voluntad de Dios mismo. Muchos cristianos aún tenemos fuertes resistencias para abrir los ojos al mensaje del Evangelio: Jesucristo ha venido a reinar, a gobernar a este pueblo, a conducir a esta humanidad por otros caminos. Este reinado de Jesús se ha espiritualizado tanto que quisiera verse como que nada tiene que ver con los reinados humanos. Pero claro que sí tiene que ver, y Herodes se encarga de hacérnoslo palpable. Jesucristo no rivaliza en su ámbito de poder, pero sí en la conducción de las personas. Somos las mismas personas las que pertenecemos a ambos reinos. Y sus caminos  se entrecruzan, se interfieren, se oponen o se ponen en la misma dirección. Los reyes o gobernantes humanos conducen a todo un numeroso pueblo generalmente en torno a sus propios intereses personales. Los que no son tan malos gobernantes lo conducen por caminos de consumo, su papel es sólo proporcionar bienestar material. Los que son más malos engañan, despojan, matan; lo vemos ahora, por ejemplo, en los países árabes y países del primer mundo que reprimen a sus gobernados que exigen un cambio en este sistema político y económico.
     En cambio, Jesucristo nuestro rey no viene a gobernar con la fuerza, con la mentira, con las armas, ni siquiera con el dinero. Él viene a conducir al pueblo de Dios a la salvación, a hacernos verdaderamente felices, a que nos realicemos según los planes de Dios, a que lleguemos a la plenitud de seres humanos.
     Para comprender un poco más el reinado de Jesús, la Iglesia nos ha ofrecido el salmo 72 (71): "Comunica, Señor, al rey tu juicio y tu justicia al que es hijo de reyes; así tu siervo saldrá en defensa de tus pobres y regirá a tu pueblo justamente… Florecerá en sus días la justicia y reinará la paz, era tras era. De mar a mar se extenderá su reino y de un extremo al otro de la tierra… Al débil librará del poderoso y ayudará al que se encuentra sin amparo; se apiadará del desvalido y pobre y salvará la vida al desdichado”.

 

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