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LA OBEDIENCIA DEL HIJO AL CAMINO DEL PADRE
Domingo 4 de marzo del 2012
Comentario a Marcos 9,2-10.
Carlos Pérez Barrera, Pbro.


     El segundo domingo de cuaresma, cada año, proclamamos el pasaje de la transfiguración del Señor. El año pasado lo hicimos en san Mateo, este año en san Marcos y el próximo, Dios mediante, en san Lucas, y así sucesivamente.

     Este año o ciclo B la Iglesia acompaña este evangelio con la lectura de Génesis 22, la prueba a la que Dios sometió a su siervo Abraham. Así dice el Génesis, puntualizando la petición de Dios para que cale más hondo en la sensibilidad del padre de los creyentes: "Abraham, Abraham… toma a tu hijo, a tu único, al que amas, a Isaac… y ofrécele allí en holocausto”. Ya otros años les he preguntado si estarían dispuestos a entregar a un hijo de sus entrañas si Dios se lo pidiera; esto para hacernos entrar en los zapatos de Abraham, para que no sintamos esa prueba como muy distante de nosotros.

     ¿Cuál fue la respuesta de Abraham a la petición que Dios le hacía? Dice el Génesis: "Abraham se levantó de madrugada, aparejó su asno y tomó consigo a dos mozos y a su hijo Isaac”. Es escalofriante la obediencia de este modelo de creyentes. Llegó a la región de Moriá, cargó la leña sobre Isaac, levantó el altar, hizo todo lo necesario para cumplir con el mandato de Dios. No obstante, el ángel del Señor detuvo la mano de Abraham justo antes de sacrificar a su hijo. En el salmo 116 proclamamos por eso la extrema confianza que ponemos o debemos poner en Dios.

     En el evangelio nos encontramos con una visión del Padre celestial que vive Jesucristo y que comparte con tres de sus discípulos. En un monte elevado se transfigura en presencia de ellos. Se trata de una experiencia mística. Quizá los datos físicos no hayan sido exactamente como nos los platica el evangelista pero sí el contenido. El Padre se manifiesta a su Hijo en su camino a su pascua. Jesucristo, en el capítulo anterior, ya les había revelado a sus discípulos lo que le esperaba en la ciudad de Jerusalén: el rechazo, la muerte, y finalmente la resurrección. Es frente a este destino, y para darle su sentido exacto, por lo que vive Jesucristo esta experiencia.

     Primero su persona se vuelve resplandeciente, luminosa. Luego aparecen Moisés y Elías, personajes claves en el antiguo testamento, uno es representante de la ley de Dios, y el otro, el representante de los profetas, los enviados de Dios. Ambos conversan con Jesús. Y finalmente, la nube y la voz del Padre que dice: "Éste es mi Hijo amado, escúchenlo”. Nosotros estamos representados por el discípulo Pedro que atemorizado no sabe lo que dice, ni entiende la visión, la comprenderá más tarde, cuando Jesucristo resucite de entre los muertos, cuando el Espíritu de Dios, tanto a él como a nosotros, no conduzca a la comprensión paulatina de esta revelación.

     ¿Qué nos indica esta visión? Que la suerte que le espera a Jesucristo en Jerusalén es en verdad el camino del Padre, la obediencia cabal a su voluntad. Este camino es el diseñado por los hombres, los que aman la muerte, pero al mismo tiempo quiere ser la respuesta del Padre, el que ama la vida, a las decisiones de los hombres. Que nadie se vaya a confundir, que entiendan bien el primer anuncio de su pasión que les había hecho Jesús, que ese camino es un camino glorioso. Si en el antiguo testamento hubo una voz que detuvo la mano de Abraham para salvar a Isaac de la muerte, ahora en la cruz no se hará presente el ángel del Señor para librar el Hijo de Dios, él morirá sin ninguna defensa, abandonado de todos, desamparado aparentemente hasta de Dios mismo. Pero de esa manera Dios revela su gloria en su Hijo, entregando la vida por una causa suprema que es el Reino de Dios. No es solamente que le vayan a quitar la vida los enemigos de todo, como son las autoridades judías, sino al mismo tiempo es el amor de Dios que se entrega hasta el final.

     San Pablo en la segunda lectura nos motiva a la confianza precisamente por ese acto supremo de Jesucristo: "Si Dios está a nuestro favor, ¿quién estará en contra nuestra? El que no nos escatimó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no va a estar dispuesto a dárnoslo todo, junto con su Hijo? ¿Quién acusará a los elegidos de Dios? Si Dios mismo es quien los perdona, ¿quién será el que los condene? ¿Acaso Jesucristo, que murió, resucitó y está a la derecha de Dios para interceder por nosotros?” Y así queremos celebrar esta visión en la Eucaristía.

     Esa voz autorizada de la montaña es la que nos sigue insistiendo en que escuchemos a su Hijo. Escuchar a Jesús equivale a estudiar detenidamente los santos evangelios, conocer su vida, su obra, la manera como lleva a cabo la obra del Padre.

 

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