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QUÉ PARADOJA: LA MUERTE PUEDE SER GLORIOSA
Domingo 25 de marzo del 2012, 5º de cuaresma
Comentario a Juan 12,20-33.
Carlos Pérez Barrera, Pbro.
 

     Unos griegos, nos dice el evangelista san Juan, llegan con Felipe, uno de los discípulos, y le piden: "queremos ver a Jesús”. Qué bonito deseo. Expresa el anhelo del verdadero creyente, el que se ha dejado mover por el impulso del Espíritu: ver a Jesús, conocer a Jesús, conocerlo personalmente. ¿Tenemos nosotros ese grande deseo en nuestro corazón por conocer a Jesucristo personalmente? Cómo quisiéramos que nuestros católicos tuvieran ese sentimiento, fuerte y profundo. Entonces no tendríamos que decirles que estudien los santos evangelios, que se den sus espacios de oración, que vengan a Misa a encontrarse con él, que lo busquen en sus prójimos más necesitados.

     Estos que quieren ver a Jesús no son judíos, ¿qué es lo que los atrae hacia Jesús? No nos los dice el evangelista, lo que le interesa al evangelista es proponernos que la apertura a la fe de los extranjeros o paganos es la señal de que ha llegado la Hora de Jesús. Cuando las naciones quieren conocer a Jesucristo es entonces que ha llegado su Hora. Esta expresión es de mucha importancia en este evangelio: la Hora de Jesús. Por eso nos preguntamos, ¿cuál es esa Hora? ¿A qué se refiere Jesús con esa palabra?

     Lo dice Jesús enseguida: "Ha llegado la hora de que el Hijo del hombre sea glorificado”. Se trata pues del momento culminante de su misión en este mundo. Todo su ministerio estaba dirigido a este preciso momento; sus enseñanzas, sus señales milagrosas, hasta sus conflictos tenían este objetivo, llegar a su Hora.

     Pero, cosa curiosa, Jesús habla de la hora en que va a ser glorificado, así con esta palabra, gloria, y sin embargo, nos damos cuenta que no se trata de una gloria humana. Nosotros entendemos por la palabra gloria o glorificación el recibir honores, alabanzas, donaciones, etc. Jesucristo no está hablando de eso. En este pasaje evangélico se nota claramente que la Hora de la glorificación de Jesús es su subida a la cruz. El domingo pasado, en el cap. 3º de este mismo evangelio, Jesús nos hablaba de que el Hijo del hombre sería levantado, ¿recuerdan? Se lo decía a Nicodemo, un magistrado judío. Pues ahora Jesucristo aborda nuevamente este tema como ya inminente. Lo dice con estas palabras: "Cuando yo sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí”.

     Jesucristo no está hablando de su resurrección, de su ascensión a los cielos, de su subida al trono de Dios. No. Jesús está refiriéndose a su subida a la cruz como su momento más glorioso, Jesucristo está hablando de su muerte, como su victoria más grande. ¿Estamos de acuerdo con Jesús de que su crucifixión como un delincuente condenado a la muerte es un momento de gloria? Es preciso entrar en las entrañas del Hijo de Dios para entender las cosas como él.

     Su muerte es una muerte que no le deseamos a ningún ser humano. Es más, ni siquiera deseamos una humanidad que es capaz de condenar a muerte a alguien, así sea el peor de los criminales. La muerte es horrible. La muerte es nuestro gran dolor de cabeza, la muerte es nuestra gran batalla, y finalmente nos vence, después de la enfermedad, de los años, de las desgracias y catástrofes, y lo más terrible son las veces que la muerte es producto de la injusticia, del poder humano.

     Pero la muerte tiene otra manera de ser leída, sobre todo la muerte de Jesús. La muerte del Hijo de Dios hecho carne es una entrega generosa, es una donación por entero y sin medida, es la entrega de la vida, es entregar la propia vida para que los demás tengan vida. Jesucristo mismo, con su característica gran sencillez, nos enseña a leer así su muerte poniéndonos como ejemplo un grano de trigo. Una semilla se auto inmola para dar lugar a otra vida, a la planta, y posteriormente a la cosecha. Jesucristo es ese grano de trigo que se revienta en la humedad de la tierra para producir una abundante cosecha. Seamos contemplativos como Jesús de la naturaleza creada. Es el milagro de la vida ante el que estamos a cada momento. Y ahora la naturaleza nos habla de la vida de Jesús, el que da su vida, el que vitaliza a esta humanidad.

     Miradas así las cosas, no podemos decir nada más que qué gloriosa es esa cruz. Esa horrenda cruz, esa horrenda muerte, qué fantástica aparece. El mundo le da muerte a Jesús, pero él nos da la vida en su vida y en su muerte.

     Y no nos quedemos ahí, en la sola contemplación del Verbo crucificado. Jesús nos convoca en su seguimiento. Seguir los pasos de Jesús no solamente consiste en apropiarnos de su evangelio, de su proclamación a todo mundo, ahora él nos dice que si somos servidores suyos, debemos tomar su mismo camino. No somos espectadores en la obra de Jesús, ni siquiera somos meramente celebradores, somos seguidores suyos en su entrega de la vida: "el que quiera servirme que me siga". Con alegría constatamos que muchas personas entre nosotros han seguido el camino de Jesús: la Iglesia está llena de mártires, muchos que han perdido su vida en el apostolado de Jesús, otros se han desgastado en el apostolado, en vez de aferrarse a su propia vida y a sus cosas. Ayer celebrábamos un aniversario más del asesinato de Mons. Romero, que fuera arzobispo de San Salvador. Deberíamos conocer su vida, cómo se fue transformando en un verdadero pastor de un sufrido y violentado pueblo. También el día 21 recordamos la muerte del p. Rodolfo Aguilar, que fuera párroco de san Juan Bautista, en Nombre de Dios.
 
     Dispongámonos a celebrar con intensidad los misterios de la pascua de nuestro Señor en esta Semana Santa.


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