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JUAN ES SU NOMBRE
Comentario a Lucas 1,57-66.80.
La natividad de san Juan Bautista
Domingo 24 de junio del 2012
 
Carlos Pérez Barrera, Pbro.

     La Iglesia tiene en muy grande estima a san Juan bautista,  por eso su fiesta es solemnidad, y tiene precedencia sobre el domingo ordinario. De san Juan celebramos su nacimiento y su martirio, el 24 de junio y el 29 de agosto, respectivamente. Su nacimiento lo celebramos exactamente seis meses antes de la navidad, porque esas fueron las cuentas del ángel Gabriel cuando anunció a la virgen María la concepción excepcional en su seno del Salvador del mundo: "también Isabel, tu pariente, ha concebido un hijo en su vejez, y este es ya el sexto mes de aquella que llamaban estéril” (Lc 1,36).

     ¿Por qué le damos tanta importancia a este santo? Fue Jesucristo, en primer lugar, el que nos dejó estas palabras tan positivas sobre Juan: "¿Qué salieron a ver en el desierto?… ¿A ver un profeta? Sí, les digo, y más que un profeta. Este es de quien está escrito: He aquí que yo envío mi mensajero delante de ti, que preparará por delante tu camino. En verdad les digo que no ha surgido entre los nacidos de mujer uno mayor que Juan el Bautista; sin embargo, el más pequeño en el Reino de los Cielos es mayor que él. Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora, el Reino de los Cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan. Pues todos los profetas, lo mismo que la Ley, hasta Juan profetizaron. Y, si queréis admitirlo, él es Elías, el que iba a venir” (Mt 11,7-14).

     Los cuatro evangelistas le dedican algunos párrafos a esta grande figura, el precursor del Mesías, todos se expresan en muy buen tono de él. Por eso lo más conveniente es que vayamos a los evangelios para que nos dejemos motivar por este santo que vivió toda su vida entera en relación con aquel al que vino a anunciar, a Jesucristo.

     Su concepción fue anunciada por el ángel del Señor, quien le reveló a Zacarías: "estará lleno de Espíritu Santo ya desde el seno de su madre” (Lc 1,14). Se trata de una verdadera vocación, como debe ser entendida esta palabra, como un llamado de Dios a una persona. Así debemos vivir nuestra vida cristiana cada uno de los que nos decimos cristianos. No tomamos un camino por gusto personal, sino porque sentimos y discernimos el llamado de Dios, el destino, la misión que él quiere encomendarnos a cada uno de nosotros y a todos en conjunto. Y no dejarnos llevar por nuestro propio yo, sino por el Espíritu de Dios.

     San Lucas es el que asocia el nacimiento de Juan al nacimiento del Salvador. Su nacimiento fue todo un acontecimiento que llenó de alegría a ese pueblito de la sierra de Judea donde vivían Zacarías e Isabel. Hasta la virgen María se hace presente con el hijo que lleva en sus entrañas. El centro de la escena será Jesucristo que aún no nace, y esto marcará el resto de la vida de Juan: su centro será Jesús, como lo debe ser también de nosotros. Toda la persona de Juan hasta su muerte, estará centrada en el Mesías. ¿Es así en cada uno de nosotros?

     Juan fue un hombre del desierto. Se curtió duramente. Un hombre de oración, un contemplativo, entrenado en la renuncia a sí mismo. No sería Juan pregonero de la buena noticia desde la comodidad, como se da tanto ahora. Se alimentaba de langosta y miel del campo, y se vestía con un cuero de camello. ¿No es el testimonio de Juan en toda su persona una fuerte sacudida para esta sociedad altamente consumista?

     Juan fue un verdadero profeta, más que un profeta, lo acabamos de comprobar en boca de Jesús. El pueblo judío estaba familiarizado con los falsos profetas, los que anunciaban presagios desde sí mismos, no desde Dios, los que le decían al pueblo lo que el mismo pueblo quería escuchar, para ganarse el favor del pueblo o de sus autoridades. Juan pertenecía a la corriente de los verdaderos profetas, los que hablaban desde Dios. Nunca pretendió ganarse el favor de nadie, ni del pueblo ni de las gentes del poder. Su palabra era fuerte y clara, sin rodeos. Verdaderos profetas son los que hacen tanta falta en el mundo y la iglesia de hoy. Repasemos constantemente estos pasajes de los evangelios para que nos dejemos ser atraídos por Dios a tomar este camino de los verdaderos profetas, los que saben decir la verdad sin miedos, o con miedos pero sin detenerse. Juan pagó su vocación profética con cárcel y con la muerte, como es el camino de los verdaderos discípulos de Jesús.

     En fin, Juan fue un verdadero testigo de Jesucristo en el que nos debemos mirar a nosotros mismos, como él se puso en relación y al servicio del Mesías, con toda su persona.

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