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UN EVANGELIO FEMINISTA
Comentario a Marcos 5,21-43.
Domingo 13º ordinario
1 de julio del 2012
Carlos Pérez Barrera, Pbro.

     En nuestra lectura dominical continuada de san Marcos, después de las parábolas del capítulo 4, debíamos seguir con el pasaje de la tempestad calmada por Jesús, pero como el domingo pasado cayó en 24 de junio, no proclamamos ese pasaje evangélico. Al pasar ahora al capítulo 5, nos hemos salteado la curación del endemoniado de los sepulcros.

     Estamos pues ahora con un pasaje que nos presenta a dos mujeres, ambas de doce años, una con doce años enferma, la otra con doce años de edad. San Marcos entrelaza a ambas mujeres, las relaciona directamente. Se trata pues de un pasaje fuertemente feminista.

     Primero se le acerca el padre de la niña. Se trata de un personaje importante en Cafarnaúm, uno de los jefes de la sinagoga. Recordemos que ya había Jesús expulsado al espíritu de la impureza de la sinagoga, sin embargo, ahora nos lo topamos en la casa de uno de sus jefes. Con humildad este jefe se postra delante de Jesús para hacerle una súplica angustiosa. Así es como el creyente debe acercarse a Dios, con humildad y suplicante. En este padre vemos reflejada la imagen de tantos padres que angustiados se afanan por la salud de sus hijos, a veces con muchas penalidades. Es la realidad con la que se topa Jesús gracias a que sabe mezclarse entre el pueblo. Los líderes religiosos no tenían ese contacto con la realidad de la gente.

     Es en ese caminar donde se encuentra con una pobre mujer que padecía flujo de sangre desde hacía doce años. Los doce años no es la única coincidencia con la hija de Jairo, sino también su padecimiento. A los doce años las niñas ingresan en la pubertad, y según las consideraciones religiosas de aquellos tiempos, entran con eso en sus períodos de impureza. Traigamos a la mente el impacto que sufren nuestras niñas cuando llegan a ese momento, lo que viven en su interior, a veces con vergüenza, sobre todo cuando no se les prepara con anticipación, cuando no se les enseña a mirar el milagro de la vida que se gesta en su organismo, y que es indudablemente una gracia de Dios.

     Ambas mujeres padecen pues el estigma de la impureza que las segregaba drásticamente. Podríamos echarle un vistazo al capítulo 15 del libro del Levítico para darnos una probadita de las innumerables cuestiones que tenían estas gentes para marginar a sus miembros. Véanlo en su Biblia.

     En ambos casos Jesucristo es la salud integral de las personas, de los segregados, en especial de las mujeres. Quién no ve en su actuar y en su Persona la integración cabal de todos y todas a la comunidad, a la familia de Dios. Ante los ojos de los líderes religiosos, Jesucristo se ha hecho a sí mismo un contaminado. Él no podía tocar a una persona impura porque se hacía partícipe de su impureza. La mujer por eso se le acerca temblando y con miedo. Pero Jesús no la busca para reclamarle que le haya tocado sus vestidos, sino para hacer una declaratoria enfática: esta mujer es una verdadera creyente; "tu fe te ha salvado”. Las mujeres no eran consideradas capaces de fe, sin embargo, Jesús reconoce que esta mujer sí lo es, y con eso supera con mucho a sus escribas y fariseos. Fe es también lo que le pide al padre de la niña.

     En casa de Jairo nos topamos con una doble realidad que lastima a su hija: por un lado ha empezado la edad de los períodos, pero también por otro, se topa con el infantilismo a que se reduce a los hijos, especialmente a las hijas, y aún mucho después, cuando ya son mujeres adultas. Parece que siempre serán consideradas menores de edad, que son los hombres los que tienen que tomar decisiones por ellas.

     Examinemos bien el texto. A mí se hace sumamente revelador. Sigo la traducción de la Biblia de Jerusalén, que es la más fiel al texto griego de san Marcos: "Entra y les dice: ¿Por qué alborotan y lloran? La niña no ha muerto; está dormida. Y se burlaban de él. Pero él después de echar fuera a todos, toma consigo al padre de la niña, a la madre y a los suyos, y entra donde estaba la niña. Y tomando la mano de la niña, le dice: « Talitá kum », que quiere decir: « Muchacha, a ti te digo, levántate. La muchacha se levantó al instante y se puso a andar, pues tenía doce años. Quedaron fuera de sí, llenos de estupor. Y les insistió mucho en que nadie lo supiera; y les dijo que le dieran a ella de comer”. San Marcos la menciona cuatro veces con la palabra niña, así se le consideraba en esa casa y en esa sociedad. Jesucristo se dirige a ella con el trato de muchacha. Ésta es la salud y la vida de las mujeres, que no se les dé trato de niñas, sino de personas mayores. Es sorprendente encontrarnos un texto así en aquella cultura de hace dos mil años. Ahora entendemos más lo que quiere decir que una persona ha alcanzado la mayoría de edad. Probablemente en aquellos años lo entenderían de manera distinta. Ahora hablamos de libertad, de derechos, de capacidad de decisiones propias, de respeto a todo eso.

     Nuestras consideraciones sobre las mujeres deben cambiar: en el hogar, en el trabajo, en la sociedad, en la Iglesia. Yo veo aquí no solamente que las cosas deben cambiar en torno a las mujeres, sino también en torno a los laicos en nuestra Iglesia, los clérigos de la base. Esta Iglesia nos considera y nos trata como menores de edad: no podemos elegir a nuestros obispos, ni tenemos la más mínima participación en eso, no contamos en la dirección y el rumbo de nuestra Iglesia, el cura lo decide todo, qué grupos y movimientos entran o no en la parroquia, aunque estén aceptados en la Iglesia universal, etc., etc.

     Y desde luego que también en nuestra sociedad. Los ciudadanos somos considerados como menores de edad, y eso es como la muerte, nos dice el Evangelio de Jesucristo. Las gentes del poder y del dinero son los que deciden qué rumbo se le da a nuestro país, qué destino se le dan a nuestras riquezas naturales; nosotros sólo somos votantes pasivos, a fin de cuentas como niños. En el trabajo los obreros y empleados no tienen que ver en el rumbo de la empresa que les da de comer y en la que se juega el futuro de sus familias.

     Todas estas cosas tienen que cambiar, nos dice Jesús, si queremos volver a la vida.


 

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