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UN ARTESANO POBRE
Comentario a Marcos 6,1-6.
Domingo 14º ordinario
8 de julio del 2012
Carlos Pérez Barrera, Pbro.
 
     En la primera lectura de este domingo se proclama el llamado o vocación que Dios le hace al profeta Ezequiel. En este llamado, Dios mediante su Espíritu, describe la clase de pueblo que son los hijos de Israel, para que el profeta sepa que sobre aviso no hay engaño. Es dura la descripción que hace Dios de este pueblo suyo, y que tiene cierta semejanza con el pueblo que encontró Jesucristo a su regreso a su patria; y que desde luego tiene mucha más semejanza con el mundo de hoy y con la Iglesia de hoy. ¿Cómo ve Dios a su pueblo? "Hijo de hombre, yo te envío a los israelitas, a un pueblo rebelde, que se ha sublevado contra mí. Ellos y sus padres me han traicionado hasta el día de hoy. También sus hijos son testarudos y obstinados. A ellos te envío para que les comuniques mis palabras. Y ellos, te escuchen o no, porque son una raza rebelde, sabrán que hay un profeta en medio de ellos”. Quienes somos estudiosos de la Biblia ya estamos acostumbrados a estas palabras duras y fuertes de los profetas que hablan de parte de Dios. No esperemos de Dios solamente palabras dulces y blanditas, porque no siempre nuestro oído es dulce y blandito, cuántas veces somos duros para escuchar, entender y obedecer.

     En la segunda lectura, san Pablo nos ofrece su testimonio personal. Así lee él su propia enfermedad. No piensa que Dios se ha olvidado de él. Para el apóstol, sus males son un acicate y una oportunidad de gracia para proclamar el evangelio. Pablo afirma con categoría: "Para que yo no me llene de soberbia por la sublimidad de las revelaciones que he tenido, llevo una espina clavada en mi carne, un enviado de Satanás, que me abofetea para humillarme.  Tres veces le he pedido al Señor que me libre de esto, pero él me ha respondido: "Te basta mi gracia, porque mi poder se manifiesta en la debilidad”. Así pues, de buena gana prefiero gloriarme de mis debilidades, para que se manifieste en mí el poder de Cristo. Por eso me alegro de las debilidades, los insultos, las necesidades, las persecuciones y las dificultades que sufro por Cristo, porque cuando soy más débil, soy más fuerte”. Sería muy útil meditar este pasaje del capítulo 12 de la segunda carta a los corintios para cuando a nosotros nos toque pasar por alguna enfermedad o desgracia. ¿Nos atreveríamos a decir las cosas con la misma fuerza del apóstol?

     En el evangelio nos cuenta san Marcos que Jesucristo llega a su patria. Aquí el evangelista no menciona a Nazaret por su nombre. Es al comienzo de su evangelio que san Marcos menciona que Jesús se fue de Nazaret al Jordán. Y varias veces se le nombra "Jesús de Nazaret” (1,24: 10,47; 14,67; 16,6). Recordemos que había enseñado y realizado sus milagros en Cafarnaúm y sus alrededores. ¿Cuánto tiempo tendría fuera de Nazaret? Al parecer ya tenía tiempo, porque sus conocidos como que lo reconocen con interrogantes o dudas de si sería o no.

     Jesús se topa con la incredulidad de su gente, sus familiares, sus paisanos. La fuerza de la costumbre es muy traicionera. Nosotros nos acostumbramos a las personas, las encasillamos y después es muy difícil que las saquemos de la casilla en la que las hemos metido. Por ejemplo, si nos hacemos la idea de que una persona es tan ignorante como nosotros, después ya no le creemos que pueda decir o pensar algo con sabiduría. Sucede en las familias, sucede en los barrios, en el ambiente laboral, escolar, en el círculo de amigos, en la sociedad y en la Iglesia.

     Algo así le pudo pasar a Jesús. San Marcos no tiene una visión muy positiva de las gentes cercanas a Jesús. Recordemos lo que leíamos en el capítulo 3, que sus parientes habían ido a recogerlo porque pensaban que estaba fuera de sí. Para ellos Jesús era simplemente el carpintero o artesano del pueblo. La palabra tekton que utiliza el evangelista en griego, indica a una persona que se dedica a la obra de la construcción, algo así como albañil, artesano de la madera o de la piedra.

     A los nazaretanos les parecía muy poca cosa que uno de ellos, que eran simples trabajadores, jornaleros, que no sabían leer y escribir, que no tenían escuela ni formación religiosa, que no eran gentes de importancia en el país, etc., pudiera brillar por sus enseñanzas y realizar semejantes milagros. La poca consideración que tenían hacia sí mismos la reflejaban hacia cualquiera de ellos.

     Pero Dios escogió ese camino, el camino de la humildad, del abajamiento, de la condición del pobre para redimir al mismo pueblo pobre. No quiso presentarse con la dignidad de los grandes del poder humano, con la elegancia de las gentes del dinero, ni con el prestigio de los magistrados judíos, como un escriba o un sumo sacerdote. San Pablo nos ayuda a entender este camino de Dios, lo dice tantas veces en sus cartas, como el pasaje que proclamamos como segunda lectura: "mi poder se manifiesta en la debilidad”.

     Este debe ser el camino de la Iglesia. ¿Cuántas veces hemos optado por la elegancia exterior, por la vestimenta, por el poder y prestigio humanos, por el dinero, los títulos, etc.? Hemos pensado que todas esas cosas son una ayuda al evangelio de Jesucristo. Pero no, es al contrario. Se necesita mucho trabajo espiritual, mucho estudio de evangelio, mucho estudio de la persona de Jesucristo para convencernos de que el camino que él tomó es el camino adecuado para salvar a este mundo. Pensar y hacer lo contrario es colocarnos en la incredulidad y la terquedad del pueblo de los tiempos del profeta Ezequiel o de los tiempos de Jesús.

     En otra de sus cartas, san Pablo lo expresa así: "Ha escogido Dios más bien lo necio del mundo para confundir a los sabios. Y ha escogido Dios lo débil del mundo, para confundir lo fuerte. Lo plebeyo y despreciable del mundo ha escogido Dios; lo que no es, para reducir a la nada lo que es. Para que ningún mortal se gloríe en la presencia de Dios” (1 Cor 1,27-29).

 

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