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DISCÍPULOS MISIONEROS DE JESUCRISTO
Comentario a Marcos 6,7-13.
Domingo 15º ordinario
15 de julio del 2012
Carlos Pérez Barrera, Pbro.

     Jesucristo recorría los pueblos de Galilea enseñando, nos dice el evangelista san Marcos, después que termina su más o menos fracasada visita a su propia tierra de Nazaret. Enseguida va a llamar a sus discípulos para enviarlos. Este acto de llamarlos debemos de verlo como una acción solemne de parte de Jesús. Redaccionalmente se dice muy breve: "llamó a los doce”. No se trata de solamente hablarles para que vengan junto a él; nosotros tomamos este llamado como una verdadera vocación: los llamó para hacerlos apóstoles, enviados.

     Desde un principio, desde que los encontró en el lago de Galilea pescando peces, desde entonces ya les había anunciado que los haría pescadores de hombres. Y no se espera hasta el final de su vida en este mundo para cumplirles ese ofrecimiento. Esta primera misión es parte de su discipulado. Ya lo habían seguido un buen trecho, ya había sido testigos de algunos de sus milagros, ya habían escuchado varias de sus parábolas y otras enseñanzas, ya habían conocido su estilo de vida. Ahora es el momento de enviarlos.

     Toda esta pedagogía debemos conservarla en práctica en nuestra Iglesia, para todos los ministerios, para todo cristiano, desde el momento del bautismo. Nosotros recibimos a una persona, en el sacramento del bautismo, y lo hacemos un miembro pasivo de la Iglesia, un discípulo de Jesús que nunca llegará a ser su enviado.

     Fijémonos cómo hace Jesucristo las cosas. Él llama a cada una de las personas, las educa, las educa en la práctica, en la misión, se reúne con ellas (vean Marcos 6,30) para recoger su experiencia misionera. Y debemos suponer que esta misión es sólo un botón de muestra de lo que seguramente se dio en varias ocasiones, hasta llegar a la misión definitiva que Jesucristo les encomienda después de morir en la cruz y resucitar para subir al Padre y quedarse con ellos de otra forma.

     ¿Cómo los envía? A nosotros nos pueden producir escalofríos o cierta resistencia las instrucciones que les da para esta primera misión: "no lleven nada para el camino: ni pan, ni mochila, ni dinero en el cinto, sino únicamente un bastón, sandalias y una sola túnica”. Esto habla de un total despojo de sí mismo y de las cosas materiales, despojo de toda ambición monetaria a la hora de convertirse en un obrero de Jesús. Quienes pretendan lucrar con la misión, es mejor que se anoten con alguna empresa comercial, política o financiera. Con Jesús no hay provecho económico. Esto debemos recordárnoslo constantemente en los seminarios, en las parroquias, en las curias de la Iglesia. El discípulo misionero de Jesús es un despojado de sí mismo, en total disposición a una misión tan sagrada, en plena confianza en Dios.

     Si confrontamos esta primera misión en san Marcos con las versiones que nos ofrecen Lucas 9 y 10 y Mateo 10, o incluso la misión del final de los evangelios, podemos sacar la conclusión de que las primeras comunidades cristianas, las que escribieron los evangelios, no se tomaron las cosas de manera literalista o al pie de la letra, sino que con creatividad se pusieron en marcha para la misión. Así lo debemos hacer nosotros a dos mil años de distancia. No es el bastón, las sandalias, la mochila o el dinero lo importante, sino la total disposición para la obra de Jesús.

     La sencillez, la pobreza del discípulo misionero es una condición que favorece la portación de la buena nueva de Jesús. El mismo Jesucristo no apareció, lo acabamos de ver en el pasaje evangélico del domingo pasado, como un hombre rico y humanamente poderoso, sino como un artesano de un pueblito insignificante como lo era Nazaret, un hijo de vecina. Y, sin embargo, de ese artesano surgió la dinámica salvadora de Dios para esta pobre humanidad.

     Como Jesús acababa de experimentar la cerrazón de su gente, y como sabe que su final será el rechazo de los líderes del pueblo que se van a deshacer de él, por eso les advierte a sus discípulos, porque sobre aviso no hay engaño, que se encontrarán con oídos sordos a sus propuestas. Bellamente en este pasaje Jesucristo habla de no-recibimiento y de no-escucha. Es lo mínimo que un ser humano que se jacte de ser tal, es lo que debe hacer: recibir y escuchar. También nosotros debemos ir preparados para escuchar las propuestas de los demás, de otras culturas, de otras religiosidades. Escuchar y discernir será un trabajo de todos. Conviene echarle un vistazo a la primera lectura, del profeta Amós, que se topa con el rechazo del sacerdote Amasías, sirviente religioso del reinado de Jeroboam. Jesucristo mismo se tuvo que enfrentar ácidamente con los sumos sacerdotes del pueblo. Esto nos ayuda a no pretender hacer de nuestra misión un platillo de peritas en dulce.

     Jesucristo les da poder sobre los espíritus inmundos. Ni en esta primera misión ni en la última y definitiva, la pretensión de Jesucristo es darles poder a los suyos sobre cosas y personas, para que como jerarquía suprema hagan y deshagan a su antojo. Esto último está completamente fuera de la intención de nuestro Maestro. No. El objetivo de la misión es quitar aquellos espíritus que aquejan a los seres humanos, tal como lo contemplamos en la misma praxis de Jesús, liberar a las personas de esas fuerzas que los aprisionan. El Reino de Jesús no es una copia de los regímenes autoritarios que distinguen a los gobiernos humanos. El Reino de Jesús es el Reino de la salud, de la paz espiritual, y también social, la ausencia de cualquier poder que oprime.


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