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ALIMENTARNOS DE JESÚS
Comentario a Juan 6,51-58.
Domingo 20º ordinario
19 de agosto del 2012
 
Carlos Pérez Barrera, Pbro.
 
    A partir de la señal de los panes, Jesucristo nos ofrece un discurso o enseñanza sobre el Pan de vida. No quiere que nos quedemos solamente con que nos dio pan a llenar. Que entendamos qué hay detrás de esta señal es a donde él nos quiere conducir. Pan es sinónimo de alimento. Nosotros usamos decir "el pan de cada día”, aunque nuestra comida diaria incluya otros ingredientes. Así como el pan sirve para darnos la vida a los seres humanos, así él se presenta como el Pan que da la vida, un Pan que baja del cielo. Jesucristo nos enseña a mirar en todo pan la mano de Dios; que como creyentes, reconozcamos que Dios es el que nos da de comer. Pero este Pan que nos da el Hijo de Dios, en su persona, nos proporciona una vida más plena que esta limitada vida.

     La gente de aquel tiempo expresaba sus dudas y sus resistencias ante esa enseñanza que se va haciendo paso tras paso más fuerte. Ahora les dice que el pan que él les quiere dar es su propia carne. Esto les provoca desde luego escándalo a los judíos, y más cuando escuchan que también se tienen que beber su sangre. Nosotros nos vemos reflejados en estas dudas y resistencias de aquella gente. Queremos entender más a fondo lo que Jesucristo nos quiere decir, por eso le lanzamos las mismas preguntas.
 
     A los católicos de hoy día, estas palabras de Jesús no nos incomodan porque ya estamos acostumbrados a la comunión que se da en la misa. Nosotros traducimos el acto de comer y de beber por tomar el pan que se consagra como su Cuerpo y el vino que se consagra como su Sangre. Acercarnos a tomar un pedazo de pan nos resulta sumamente familiar y hasta cómodo. Aunque tenemos que reconocer que la inmensa mayoría de los católicos no se acerca domingo tras domingo a tomar ese pan consagrado. Si un 10% de los católicos asiste a Misa cada domingo, el porcentaje de los que comulgan es todavía más bajo. Pero la intención de Jesucristo va mucho más allá que el acto de levantarse a comulgar. Yo me atrevo a poner en cuestión el que muchos tengamos plena conciencia de lo que implica acercarse a comulgar.

     Sería muy provechoso que volviéramos nuestros ojos y oídos a las palabras de Jesús que nos ofrece este evangelista tan sólo en este capítulo 6. Él habla súper insistentemente de comer, beber, pan, bebida, carne, sangre. Lo dice, lo repite y lo vuelve a repetir una y otra vez. Como 17 veces se menciona en este capítulo la palabra "pan”; y cómo repite Jesús la palabra carne, sangre, comer, comida. Esto nos habla de la importancia que tiene este tema en la mente y en el corazón de Jesucristo en relación con la gente. Cuando una persona repite mucho un encargo, una encomienda, es que es muy importante para esa persona.

     Comernos a Jesús como el pan que baja del cielo y que nos da la vida plena es de veras algo que le interesa en suma manera. Por eso debemos preguntarnos: ¿cómo podemos comernos a Jesús? Lo que Jesucristo quiere es que nos alimentemos de toda su persona: sus actitudes, sus sentimientos, sus ideas, su generosidad, su amor, su amor por los pequeños, su libertad, su valentía, su palabra consistente, su coherencia de vida, su pobreza, su amor al Padre, su obediencia divina, su docilidad al Espíritu, su oposición a la religiosidad estéril, sus conflictos con los líderes religiosos y con las estructuras religiosas que nos fabricamos los seres humanos. Jesucristo quiere que hagamos nuestro su proyecto de vida para este mundo, su Reino. En fin, de lo que se trata es de entrar en plena comunión con Jesús.

     En este pasaje Jesucristo nos insiste en su carnalidad, en su corporalidad. Esta es la espiritualidad cristiana, la que parte de la encarnación del Hijo de Dios. Jesucristo es de carne y hueso. No es un ser imaginario, no es el Cristo que nos hemos espiritualizado tanto nosotros, para acomodarlo a nuestros intereses y conveniencias. No. El Cristo que se ha hecho carne es el que nos presentan los santos evangelios, y ahí debemos alimentarnos de él.
 
     Y así como él, también nosotros estamos llamados para hacernos pan para los demás. Un sacerdote del siglo antepasado lo decía para los sacerdotes, y yo lo hago extensivo para todos los cristianos: "ser un buen pan", "ser un hombre (mujer) comido".


 

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