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SEGUIR A JESUCRISTO LO ES TODO, LO DEMÁS ES NADA
Comentario a Marcos 10,17-30.
Evangelio del domingo 28º ordinario
14 de octubre de 2012
Carlos Pérez Barrera, Pbro.
 
 
     La segunda lectura, tomada de la carta a los Hebreos, nos dispone para la palabra fuerte que hoy nos ofrece Jesucristo en el evangelio. Precisamente ponernos a la escucha de la Palabra ha sido uno de los frutos que nos ha dejado el concilio, de esa palabra viva que no ha quedado en el pasado.

     El libro de la Sabiduría por su parte, en la primera lectura, nos narra cómo Salomón (aunque el libro es varios siglos posterior a este gran rey) pidió ese don de la sabiduría por encima del poder, de riquezas, belleza, o salud. Convendría repasar este pasaje para ponernos en sintonía con Dios que nos invita a buscar lo que realmente vale la pena. A veces, por no decir casi siempre, andamos los seres humanos detrás de las cosas que no valen, como el dinero, la moda, la vanidad, el placer.

     Y qué mejor que dejar todo por un don que realmente es lo más grande: Jesucristo que es la sabiduría de Dios, la vida, el camino, la verdad, nuestra felicidad plena.

     Este hombre que se le acercó a Jesús preguntaba por la vida eterna. No debemos perder de vista la pregunta porque luego pensamos, para nuestra conveniencia, que le estaba preguntando por los requisitos para el celibato o el ministerio sacerdotal, para ser religioso o misionero en tierras lejanas. No. Preguntaba por lo que nos interesa a todos: la vida eterna. De manera que la respuesta vale para todos.

     Primeramente Jesús le contesta enumerando algunos mandamientos de la ley de Moisés, algo en lo que los judíos eran especialistas, en el cumplimiento de mandamientos. Esto en principio es bueno. A Jesús le pareció bien, como a nosotros igualmente nos parece muy bien encontrarnos, en este ambiente de tanta maldad, a personas que son muy buenas gentes. El evangelista anota que Jesucristo fijó su mirada en él y lo amó. Esta mirada de amor es el origen de la vocación, de la vocación de cada uno de nosotros. Jesucristo nos dice con amor que lo sigamos.

     Esta invitación no es un rechazo, ni un requisito excluyente, todo lo contrario, es una invitación que nos lleva a colocar las cosas y las personas en su justo lugar: a Jesucristo en el primer lugar y en el centro de todo, y lo demás, pues completamente relativo a él.

     Conocer, amar y seguir a Jesucristo es todo, lo demás es nada, dicen los santos. Aunque Jesucristo nos amplía el tema de la renuncia a las riquezas, de todas maneras el centro de su llamada es seguirlo a él, a su persona. Y nosotros entendemos que seguir a Cristo es asumir todo lo que es él como nuestro: su obra, su proyecto del Reino, su mensaje, su estilo de vida, la propuesta de Dios en él. Esta es la vida cristiana, no la vida sacerdotal y religiosa, sino la vida de todo cristiano, seguirle los pasos a Jesús.

     Cuando uno pone a Jesucristo en ese lugar central, entonces todo lo demás viene por sí mismo. No es lo primero la renuncia. Si lo hacemos así, nuestro cristianismo estaría viciado de origen, sería la nuestra una religiosidad masoquista, espartana, estoicista, de desprecio a las cosas del mundo, sería una religión como la entendíamos antes del concilio: todo lo del mundo es malo. Pero no es así, nuestra religión consiste en seguir Jesús. Hay que repetirnos esto frecuentemente para no desviarnos. No pensemos que sólo los súper ricos se van a quedar fuera del Reino. Vean cómo los discípulos, que eran unos pobres galileos, se quedaron sorprendidos por las palabras de Jesús. El problema no son las riquezas, sino preferirlas a Jesucristo.  Y vaya que ejercen en nosotros un atractivo muy fuerte. Incluso los seres queridos entran en la lista de las renuncias como consecuencia del seguimiento de Jesús.

     Si estamos aferrados aún a muchas cosas, es que todavía no nos ha caído bien el veinte de la riqueza tan inmensa que es Jesucristo, que su persona vale más que toda la creación.

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