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LA PASTORAL FAMILIAR DE JESUCRISTO
Comentario a Lucas 2,41-52.
Evangelio del domingo de la Sagrada Familia - ciclo C
30 de diciembre de 2012
Carlos Pérez Barrera, Pbro.
 
 
     ¿Qué les parece a ustedes: el niño Jesús hizo bien con esta desobediencia a sus padres o fue su primera travesura? ¿Es esto un evangelio o buena noticia para nosotros, para nuestras familias y para nuestra sociedad en general?

     Nunca podremos saber con exactitud cómo se dieron las cosas cuando Jesús cumplió los doce años. Con lo que podemos quedarnos es que el evangelista san Lucas se vale de este tipo de narración para dejarnos en claro que la obediencia del ser humano, sobre todo cuando ha dejado la infancia, se la debemos por encima de todo a nuestro verdadero Padre, a Dios nuestro creador. En el ambiente y cultura judíos de aquellos tiempos, se dejaba de ser niño precisamente a los doce años.

     Es de entenderse sobradamente que el niño necesita ponerse por entero en las manos de sus padres: un niño no tiene capacidad para alimentarse a sí mismo, para cuidarse, para conducirse. El ser humano depende enteramente de sus progenitores. Y así sucede entre los mamíferos de la creación, en unos más que en otros.

     Los padres no sólo tienen el deber, y los niños el derecho, de alimentarlos, vestirlos y cuidarlos, sino también y principalmente,  de educarlos, formarlos para la madurez, para el ejercicio de la libertad, para la responsabilidad, tanto humana como cristiana, que es el caso de nosotros; formarlos en la primera etapa de su vida para el amor y la justicia, formarlos para la obediencia divina. Y una vez que se llega a la edad de dejar en las manos de los hijos su propia vida, aunque no sea de manera absoluta, sino con todas las relatividades propias de los seres humanos, pues entonces verdaderamente que hay que tomar las debidas distancias. Ese fue, aunque de manera algo estrujante, el paso que dio Jesucristo a sus doce años. El acento no está en la manera como lo hizo, sino en el desenlace: "¿No sabían que debo ocuparme en las cosas de mi Padre?”

     Tememos que la inmensa mayoría de los padres y madres católicos no se toman el cuidado de ir introduciendo a los hijos en la obediencia a Dios, en el conocimiento de su Palabra, sobre todo de los evangelios. Los hijos aprenden a someterse a los humanos, sea porque reconocen en ellos verdadera autoridad o porque las gentes del poder se la hacen sentir obligadamente. La familia cristiana debe ser una escuela donde se aprende a poner la voluntad de Dios por encima de todo. Uno siente con frecuencia que la pastoral familiar en nuestra iglesia actual tiene mucho tono dulzón o romanticón. Como si el ideal cristiano de la familia fuera la obediencia ciento por ciento a los padres. Y si se dice de la familia, también se afirma de las comunidades cristianas, llámense diócesis o iglesia universal. La verdadera obediencia estaría en someterse enteramente a las autoridades humanas en turno.

     No es éste el dinamismo de nuestra fe. La obediencia absoluta se la debemos a Dios nuestro Padre. Jesucristo fue obediente al Padre, y sumamente desobediente, no sólo a las autoridades religiosas de su tiempo, sino incluso a la misma ley de Moisés.

     Hace unos días, el día de san Esteban, proclamábamos estos versículos escalofriantes en el evangelio de san Mateo que también deben ser parte de nuestra más romántica pastoral familiar: "El hermano entregará a su hermano a la muerte, y el padre, a su hijo; los hijos se levantarán contra sus padres y los matarán; todos los odiarán a ustedes por mi causa…”

     Bueno, no es mi pretensión ser aguafiestas en este día de la sagrada familia, sino invitarlos a acoger integralmente la Palabra del Maestro.

 

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