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VOCACIÓN DE PROFETA
Comentario a Lucas 4,21-30.
Evangelio del 4º domingo ordinario C
3 de febrero del 2013
Carlos Pérez Barrera, Pbro.
 
 
     Recordemos el pasaje evangélico que escuchamos y celebramos el domingo pasado. N. S. Jesucristo se presentó en la sinagoga de Nazaret, un sábado, como era su costumbre. Llegó en calidad de laico, como un simple vecino, como uno más de ellos. No se presenta como levita o sacerdote, o como escriba autorizado. Esto es algo muy bello que tenemos que recalcar, esta manera de identificarse con el pueblo para evangelizarlo desde su lugar de pueblo. Se levantó para leer un pasaje del libro de Isaías que ahora encontramos en el capítulo 61. ¿Lo recuerdan? Véanlo en su Biblia o Misal, es Lucas 4,18: "El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor”. Después de leer el pasaje, Jesús devolvió el rollo al encargado y se fue a sentar a su lugar. Como la gente se le quedó mirando, Jesucristo solamente comentó: "Esta Escritura, que acaban de oír, se ha cumplido hoy”. San Lucas, como lo pueden ver en su Biblia o Misal,  nos dice que la gente le daba su aprobación y se quedaban admirados de la sabiduría que salía de su boca. Cosa curiosa que de esa actitud pasen sus paisanos de manera tan abrupta al rechazo. Al parecer, Jesucristo ya tenía tiempo que había salido del pueblo, porque la gente tarda un poco para reconocerlo como el hijo de José. Y no lo afirman con seguridad, sino que se preguntan si no sería él.

     Uno piensa que es el evangelista y su comunidad quienes quieren llegar al resultado de este primer encuentro evangelizador de Jesucristo con su gente. Habría que preguntarse cuáles son las pretensiones del evangelista al presentarnos el comienzo de su ministerio de esa manera un poco fracasada, porque no se ve con claridad si fue la gente la que se desalentó de su paisano, o fue Jesús el que los hizo molestar con sus alusiones a los extranjeros, o posiblemente habría alguna rivalidad entre los nazaretanos y la gente de Cafarnaúm. El caso es que lo sacaron de la sinagoga, de la ciudad y lo quisieron despeñar desde un barranco.

     ¿Qué enseñanzas sacamos nosotros de este primer encuentro de Jesús con su gente? El rechazo es un compañero de camino de los verdaderos profetas, de los que saben hablar con claridad, sin diplomacias, sin envolver sus palabras en papel celofán. El rechazo y el conflicto fue algo muy recurrente en el ministerio de Jesús, y sería su suerte final, la cruz. En la mayoría de las ocasiones sus conflictos se darían con las autoridades, con la gente principal, sin embargo, ahora se efectúa con el pueblo, con ese pueblo pobre al que Dios le quiere hacer llegar su buena noticia, con ese pueblo oprimido, cautivo, ciego al que se refiere el profeta recién leído. El evangelista como que nos quiere decir que a Dios no le importa o no se detiene en sus intenciones misericordiosas si es el mismo pueblo el que se resiste a su buena noticia, Dios de todas maneras continúa firme ofreciendo esa buena noticia a los pobres. El pueblo es como los niños cuando ven la inyección. No piensan que significa su salud, sólo ven el dolor más inmediato. Así pasa con el pueblo, y seguramente pasa también con nosotros. Dios quiere ser buena noticia, pero como nos implica sacrificios, nos resistimos. Jesucristo nos trae la buena noticia, pero eso no quiere decir que no nos tenga que apretar algunos tornillos. También los pobres requieren de este ajuste.

     En la Iglesia, tanto entre los laicos como en la jerarquía, nos cuesta mucho aceptar o entender la dimensión profética de nuestra fe. Recordemos los años pasados en nuestra Iglesia diocesana, cómo escandalizaban las voces que se oían de vez en cuando; y también pensemos en las veces en que ahora hay que levantar la voz y hablar con claridad. No todos comprenden esta labor, ni mucho menos la asumen como propia. Ser profeta de Dios tiene sus costos. Y la verdad es que todo cristiano ha sido ungido como profeta.

     Así es que, hablemos de Jesucristo a las gentes de nuestro entorno, aprendamos a hablar de él, aunque sea poco a poco, si acaso decimos que no sabemos. Estudiemos los santos evangelios para eso. Igualmente vayamos haciéndonos profetas de la verdad de Dios, aprendamos poco a poco a ser valientes si se trata de defender la justicia, los derechos de los demás. Hagámonos amantes de la verdad. Ésa es nuestra vocación.

 

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