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LA PROFUNDIDAD DE LA ORACIÓN DE JESÚS
Comentario a Lucas 9,28-36.
Evangelio del 2º domingo de cuaresma - C
24 de febrero del 2013
Carlos Pérez Barrera, Pbro.
 
 
     Un versículo antes de esta escena, san Lucas nos dice que Jesucristo les hizo un anuncio muy desconcertante a sus discípulos: "Hay algunos entre los aquí presentes que no gustarán la muerte hasta que vean el Reino de Dios". ¿Se refería a su transfiguración? Posiblemente sí. De hecho el evangelista relaciona este anuncio con la escena que le sigue al decirnos: "ocho días después de estas palabras".

     Jesucristo subió pues a un monte con tres de sus discípulos para orar. Este acento es propio de san Lucas. Dos veces hace mención de la oración de Jesús. Ahí en el monte, en esa oración tan intensa, su rostro cambió de apariencia así como sus vestiduras. Nuestra atención no debe quedarse fijada en los signos externos de esta escena extraordinaria, no es lo que interesa, sino su contenido: la profundidad de la oración de Jesucristo.

     En algunos ambientes católicos y no católicos a veces eso es lo que se busca: que se hable en lenguas, que el rezador suba la voz cada vez más, que afloren las emociones, que brinquen o griten los asistentes. Esto no es lo más importante de la oración. Lo que realmente interesa es el discernimiento de la voluntad de Dios. En la oración disfrutamos anticipadamente del Reino de Dios. En nuestra oración siempre debemos preguntarnos: ¿qué es lo que Dios quiere?

     Veamos la oración de Jesús. Hay que decir en primer lugar, que en este caso la oración de Jesús no son palabras; en esta escena Jesucristo no pronuncia una sola palabra. La oración de Jesús es escucha: hablan Moisés y Elías, habla Pedro, habla también el Padre eterno. Moisés y Elías representan o personifican a la Ley y los profetas, es decir, la sagrada Escritura, la revelación escrita dada al pueblo. En nuestra oración es necesario, para que sea auténtica, que se haga presente la Palabra de Dios, que abramos los oídos a esa Palabra, que sea Dios el que nos hable. Si se trata de la Biblia, entonces hay menos lugar a que nos engañemos en nuestra subjetividad. Moisés y Elías dan muestras de que no se detienen en algún versículo aislado del Antiguo Testamento. Lucas es el evangelista que menciona de qué hablaban Moisés y Elías. Hablaban de la partida de Jesucristo que tenía que suceder en Jerusalén. Ésta es una convicción del evangelista: la Biblia habla de Jesús, pero sobre todo habla de su partida, de su pascua, de la entrega plena de su Persona a la causa de Dios Padre. Jesucristo ya resucitado les reclamará a dos de sus discípulos, los que iban a la aldea de Emaús, el que no hayan comprendido este mensaje central de toda la Biblia. No es suficiente saberlo sino comprenderlo a profundidad. Lo que Jesucristo va a vivir en Jerusalén, su espantoso martirio, su crucifixión, ¿es algo glorioso? Esto es lo que nos quiere decir Jesús con su transfiguración, es más, es el Padre eterno el que quiere que lo entendamos así, haciendo oír su voz desde lo alto. Matar a un hombre no es una gloria, sin embargo, dar la vida por una causa tan elevada como es el Reino del Padre, sí lo es. Eso es el Reino de Dios: entregarse por completo, darse sin medida, entregar toda la persona como lo hizo Jesús. Así como transfigurado contemplamos a Jesucristo, así también vemos a cada cristiano, no tanto porque utilice vestiduras muy llamativas, o porque arregla su apariencia externa, no, sino porque vemos su entrega a la causa de Dios, la obra de la salvación, su preferencia por los pobres, señales palpables de que su Reino ya está en medio de nosotros (ver Lucas 17,21). Y esto es algo que queremos estar celebrando paso a paso en esta cuaresma hasta llegar a la pascua.

     Pedro es el ingrediente humano de esta oración. No sabe lo que dice, como tantas veces nosotros, aunque de todas maneras somos el centro de la atención de Dios. Se le ocurre a Pedro tomar la iniciativa, presentar su propuesta, como es su costumbre. No era una sugerencia en la línea del Reino, por eso no se le toma en cuenta. Por muy a gusto que estuvieran ahí en el monte era preciso bajar. La pascua de Jesús no iba a tener lugar en ese monte, sino en Jerusalén, se lo habían dicho Moisés y los profetas a Pedro, no sólo en ese momento, sino en todas aquellas ocasiones en que como buen judío había escuchado y le habían comentado los escribas la sagrada Escritura en la sinagoga.

     El Padre, en cambio, nos pide escuchar a su Hijo. Y su Hijo no sólo habla verbalmente sino con toda su persona, con sus milagros, con sus actitudes, con sus preferencias, con sus conflictos. Ahora nosotros sabemos que a Moisés y a Elías los tenemos que escuchar a la luz de las enseñanzas de Jesucristo. Es al Hijo al que tenemos que escuchar. No nos cansemos de insistirles a todos los católicos que nos pongamos a estudiar los santos evangelios. Esa debe ser nuestra misión permanente.

     Subamos al monte con Jesús, vivamos en ese monte nuestra cuaresma, y ahí en la oración meditemos pausadamente este misterio, acojámoslo con toda obediencia siguiendo los pasos de Jesús.

 

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