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SI NO CAMBIAMOS, PERECEREMOS TODOS
Comentario a Lucas 13,1-9.
Evangelio del 3er. domingo de cuaresma - C
3 de marzo del 2013
Carlos Pérez Barrera, Pbro.
 

     A semejanza de estos galileos que fueron sacrificados por Pilato, y aquellos 18 que murieron aplastados por la torre de Siloé, hoy, cada uno de nosotros le podría comentar a Jesús los propios males que cada quien padece: que me quedé sin trabajo, que no me alcanza para sostener a los hijos, que tengo muchos problemas en la familia, que un accidente, que el fallecimiento de un ser querido, y muchos etcéteras.

     No sé qué tanto está todavía ese sentimiento en nuestro interior, y en el interior de los demás, de que cuando algo nos pasa es porque hicimos algo malo, o porque hay malas vibras, o porque nos han puesto algún mal. Esto especialmente lo sienten algunas personas cuando se nos enciman males sobre males.
    ¿Ustedes creen que a la lideresa del magisterio de nuestro país la atrapó la policía porque Dios quería castigarla por ser tan corrupta? Nosotros creemos que no, porque si Dios enviara su castigo de manera inmediata y directa, lo tendría que hacer con muchos que en ese sindicato y en otros tantos, y en muchas dependencias del gobierno están tan corrompidos como la imagen de esta mujer. De lo que sí estamos seguros es que tanto al sindicalismo como a la política en nuestro país los tenemos que cambiar, de lo contrario, todos nos encaminamos a la destrucción.

     Jesucristo nos enseña a mirar los acontecimientos para sacar una enseñanza de ellos. Las innumerables catástrofes que suceden en nuestro mundo y las desgracias que le sobrevienen a uno no son consecuencia directa de los pecados de las personas. Nuestro Señor lo dice bien claro: "ciertamente que no”, tanto en el caso de los que fueron sacrificados por Pilato como los accidentados en la torre de Siloé.

     Los creyentes tenemos que tomarnos muy en serio esta respuesta de Jesús: No, no nos vienen encima esos males por nuestros pecados, pero sí debemos aprovecharlos para convertirnos, para convertirnos todos, toda nuestra sociedad.

     Ciertamente no son consecuencia directa e inmediata de nuestros pecados, porque si así fuera, los sicarios y los narcotraficantes ya estarían sufriendo las consecuencias. Y sí las padecen, pero no inmediatamente. Hay algunos que se tardan para recibir su castigo. Y por el contrario, hay gente muy buena en nuestro mundo que está padeciendo todo este ambiente de violencia y delincuencia que se nos vino encima.

     Dios ciertamente hará un juicio muy justo, pero no ahora, sino hasta el final de los tiempos. A nosotros no nos toca ese juicio, sino sólo tomar providencias, para defender a los más débiles.

     Estos acontecimientos, los de aquel tiempo y los de nuestro tiempo, nos están invitando a la conversión. Así lo dice nuestro Señor: "si no se convierten, perecerán del mismo modo”. Ese es el destino de todo nuestro mundo si no le cambiamos el rumbo: la destrucción. Nos vamos a acabar unos a otros. Ni los que roban tendrán un mejor destino, ni los que matan, ni los que abusan del poder.

     El de ahora es un llamado muy enérgico de nuestro señor Jesucristo a la conversión, al cambio de vida, al cambio de mentalidad, al cambio de mundo y de sociedad. Animémonos a cambiar este estado de cosas para salvación nuestra, para que esta humanidad tan bella que ha creado Dios no se pierda sino que tenga vida.
       

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