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PEDRO, JUANA, ¿ME AMAS?
Comentario a Juan 21,1-19, evangelio del 3er. domingo de pascua
14 de abril del 2013
 
Carlos Pérez Barrera, Pbro.
 

     Estamos en el capítulo 21 de san Juan. A quienes estudiamos los evangelios, nos pareció que el evangelista había dado por concluido su evangelio en el capítulo anterior. Y dicen los biblistas que así es: este evangelio se había terminado originalmente en el capítulo 20. Pero alguna comunidad, tiempo después del día de la resurrección, tuvo esta experiencia de la presencia de Jesucristo resucitado, y la puso por escrito para que llegara a nosotros como una buena noticia, y nosotros viéramos nuestra propia experiencia del Resucitado reflejada en la vivencia de ellos.

     La escena que acabamos de escuchar, tal como está narrada en el evangelio, sucede bastante tiempo después. Ya no están en Jerusalén, como los presentaba san Juan en el capítulo 20, ahora están en Galilea a orillas del mar de Tiberíades. ¿No habían salido de misión evangelizadora? Jesucristo había soplado el Espíritu Santo sobre ellos, ¿por qué ahora los vemos tan desanimados, tan grises, tan aburridos, es más, tan ineficaces en su labor? Podemos pensar que no se trata de una pesca material sino de la pesca pastoral. Es por eso que vemos aquí a la Iglesia posterior a los apóstoles, esa Iglesia que ha caído en la rutina, en el desánimo, en el patinar sobre lo mismo sin llegar a resultados. ¿Por qué nos pasa eso? Es que se nos ha perdido de vista Jesús, nuestro Maestro, Hemos perdido contacto con su Palabra. ¿A poco no es cierto? Esta escena evangélica es de la Iglesia de hoy, y hablamos de clérigos y laicos, jerarquía e iglesia de la base. Ya no escuchamos la Palabra del Maestro con atención, con obediencia, con cariño. Se nos ha desvanecido la Palabra y la presencia de Jesús entre los escondrijos de esta superestructura eclesiástica que nos hemos construido, muchas veces al margen de la palabra evangélica… ¡y nuestros laicos conocen y estudian tan poco la Palabra de Jesús! No sólo su Palabra sino al mismo Maestro. Al menos ya no podemos estar tan seguros que Jesucristo sigue ocupando el centro de nuestra vida cristiana y de nuestra vida de Iglesia.

     Por eso es aquí cuando nuestro Maestro resucitado aparece, cuando las cosas no nos salen bien, cuando no vemos resultados aunque seamos o nos creamos pescadores experimentados porque tenemos muchos años en esto. Nos damos cuenta que la mera rutina o seguirle el paso a nuestras cosas no es la buena noticia del Señor resucitado. Y de repente escuchamos su voz: "muchachos, ¿han pescado algo?” Entonces uno de nosotros, el que realmente ama a Jesús, no ayuda a tomar conciencia: "Es el Señor”. ¡Era lo que nos hacía falta! En realidad lo único que nos hacía falta, el Señor. No estaba en nosotros, en nuestras actividades, por muchas y ganosas que fueran, la eficacia de la labor apostólica… solamente el Señor era lo nuestro, el éxito de nuestra pesca.

     Y como en aquellos tiempos, el Señor es el que nos tiene que indicar hacia dónde echar las redes, y él como Maestro y nosotros como auténticos discípulos estar pendientes siempre, permanentemente, de su Palabra. En este pasaje no se le llama apóstoles sino sólo discípulos. Porque cuando vuelven a tomar su lugar de discípulos del Maestro es cuando pueden llegar a ser pastores, que esa es la encomienda que el Resucitado le da a Simón Pedro.

     Si el amor es el que capacita para reconocer al Maestro en esta nebulosa social y eclesiástica, es por eso que el Resucitado nos interroga sobre esta relación indispensable con él, no hay de otra: "¿me amas?” Es preciso que cada quien, cada católico, cada clérigo se repita cuantas veces sean necesarias esta pregunta fundamental. No lo supongamos, porque caeríamos indefinidamente en nuestra rutina catolicista, sino respondamos con honestidad y tratando de tomar conciencia plena de nuestra relación con el Maestro.

 

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