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¿CÓMO HA AMADO JESÚS A SUS DISCÍPULOS?
Comentario a Juan 13,31-35, evangelio del 5º domingo de pascua
28 de abril del 2013
 

Carlos Pérez Barrera, Pbro.

     En la misa celebramos el memorial de la pascua de Jesús. Recordamos aquella ocasión en que nos sentamos con él a su mesa para compartir en fraternidad su misma vida, su cuerpo, su sangre. Recordamos como si fuera hoy, es más, para eso nos volvemos a sentar a su mesa, para re vivir esta enseñanza tan fundamental que nos ha dejado en esta cena, para recordar que cumplir esa enseñanza es lo que nos identifica como sus discípulos.

     Una vez que Judas abandonó la sala donde cenaban, comenzó Jesús, lleno de ternura a enseñarles: "Hijitos, todavía estaré un poco con ustedes. Les doy un mandamiento nuevo: que se amen los unos a los otros, como yo los he amado; y por este amor reconocerán todos que ustedes son mis discípulos”.

     Este mandamiento es distinto, aunque complementario, del mandamiento del amor al prójimo del que nos hablan los otros evangelios; pueden verlo ustedes en Marcos 12, Mateo 22 y Lucas 10. Éste último, podríamos decir, es el amor hacia fuera, hacia los demás, hacia todos los seres humanos, en especial a los más necesitados. Está también el mandato del amor a los enemigos, que leemos en Mateo 5,44 y Lucas 6,27, que también es una novedad de Jesucristo. El de Juan 13 es el amor al interior de la comunidad de discípulos, sin que debamos encerrarnos o reducirnos a él.

     No nos manda Jesús aquí que solamente nos amemos. Si en el amor al prójimo Jesucristo nos ponía una medida muy sabia: "como a nosotros mismos”, en el amor de unos a otros nos pone también una medida muy radical: "como yo los he amado”. Si sólo nos mandara Jesús que nos amáramos, nosotros tenemos siempre varias medidas, una cómoda y fácil hacia afuera, y otra exigente del amor hacia nosotros. Hacia los demás tendríamos una sonrisa, un buen saludo, un trato educado y amable, cuando mucho. Pero debemos preguntarnos: ¿cómo nos ha amado Jesús? ¿Cómo amó él a sus discípulos?, y eso por no mencionar aquí al pueblo, a los más pobres y a sus enemigos.

     Hay que verlo en los santos evangelios. Es una tarea que les encargo, que la hagan por ustedes mismos en su casa, con toda paciencia, con una mente y corazón abiertos.

     "Jesucristo, siendo rico, por nosotros se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza”, nos dice san Pablo en 2 Cor 8,9. Por el amor del Padre eterno vino al mundo para salvarlo, se lo dice Jesucristo a Nicodemo en Juan 3,16: "tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna”. Llamó gratuitamente a cada uno de sus discípulos, a pesar de las limitaciones, fragilidades y pecados de ellos: "Aléjate de mí, Señor, que soy un hombre pecador”, le decía Simón Pedro cuando Jesucristo lo llamó para ser pescador de hombres (Lucas 5,8). Vivió con ellos, los hizo su familia, los educó con paciencia, con amor. Les habló con ternura pero también con firmeza. No temía corregir fuertemente sus fragilidades: "¡Oh generación incrédula! ¿Hasta cuándo estaré con vosotros? ¿Hasta cuándo habré de soportaros?” (Mc 9,19); "una vez en casa, les preguntaba: ¿De qué discutían por el camino? … Entonces se sentó, llamó a los Doce, y les dijo” (Mc 9,33); a Simón Pedro llegó a decirle "satanás” (Mt 16,23). Cuando fue necesario los defendió, como cuando iban cortando espigas y desgranándolas (Mc 2,18-28); se identificó con ellos: "Todo aquel que os dé de beber un vaso de agua por el hecho de que sois de Cristo, os aseguro que no perderá su recompensa” (Mc 9,41). Los llamó amigos, ya no siervos, Juan 15, 14; los llamó "mis hermanos” Juan 20,17. En fin, dio la vida por ellos, como por  toda la humanidad.

     Esta es la radicalidad del amor de Jesucristo por los suyos (sin excluir sus otros amores). Ahora nosotros tenemos que ver cómo ponemos en práctica este mandamiento nuevo de Jesús, qué tanto nos lo tomamos en serio. En general, como que nuestra Iglesia, que la formamos todos, está o estamos más preocupados por los rezos, por las ceremonias, por el culto, por los adornos del templo, por nuestras devociones. Nos esmeramos bastante en todo eso, y nos sentimos más o menos satisfechos con eso. Esto quiere decir que no hemos colocado el mandamiento nuevo de Jesús como la prioridad de nuestras prioridades, como lo más importante de nuestra vida cristiana y de nuestra vida de Iglesia.

     ¿Qué hacer? Pensamos que hay varias cosas que nos pueden ayudar en esto.

     Primero tenemos que formarnos en el Espíritu de Jesús. ¿Cómo? Leyendo, estudiando los santos evangelios, estudiando la Persona de nuestro señor Jesucristo, contemplando sus actitudes, su comportamiento, su amor por las personas, su amor por los suyos.

     Segundo, pidiendo en la oración al Santo Espíritu que nos nutra del amor de Dios por las personas, por nuestros hermanos de comunidad. Que sea el Espíritu el que nos vaya educando, formando en el amor de Dios.

     Tercero, entre otras cosas, integrándonos en pequeñas comunidades de vida. Nuestra Iglesia ya desde hace tiempo que ha hecho esta opción pero no nos la hemos tomado muy en serio en nuestros planes pastorales: llegar a ser una comunidad de comunidades. Porque ahí, en ese ambiente de pequeña comunidad, es donde podemos concretizar el amor de discípulos.

 

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