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LA PALABRA DE VIDA ANTE EL DOLOR HUMANO
Comentario del domingo 10º ordinario
9 de junio del 2013
 
Carlos Pérez Barrera, Pbro.
 
     Cuántos rostros, cuántas historias, cuántos casos de madres sufrientes nos vienen a la mente y al corazón con este pasaje de la vida de nuestro Señor, especialmente en estos años recientes que se nos vino la violencia encima. Por la Palabra de Dios en la primera lectura, recordamos también a madres y padres que perdieron a sus pequeños en la tragedia de la guardería de Hermosillo, cuyo 4º aniversario se cumplió el miércoles de esta semana: Elías, el profeta, vibró también con el dolor de una madre. El evangelio asume sensiblemente nuestra realidad. Los sacerdotes lo vivimos de manera especial porque nos toca celebrar el funeral de tantos de ellos, pero también porque nos toca consolar de cerca a las y los sufrientes. Yo quiero hacer presente a todas esas madres y familias, y lo que mejor les puedo desear es que vivan el encuentro con Jesucristo, quien es la vida, la salud, la salvación, la alegría para todo este mundo. Y no sólo las madres, quisiera que también tuvieran ese encuentro con Jesucristo las personas que han dejado a tantas familias sin sus hijos. No es el caso del evangelio, pero también los tenemos presentes a ellos.
     
San Lucas nos presenta este caso con todos sus agravantes: se trata de una madre que ha perdido a su hijo, cosa dolorosa de por sí. Todas las muertes nos duelen, lo digo hablando humanamente, pero la verdad es que duelen más cuando se vienen a tierna edad. Pero esta madre es además una viuda, y este hijo era único. Así es que, aparte de que ha perdido a su ser más querido, a su único, esta mujer ha quedado completamente en el desamparo. Una mujer no podía valerse por sí misma en aquella sociedad machista en extremo, no podía salir a trabajar, seguramente ya ni podía casarse de nuevo. Estaba condenada a vivir de la limosna, y por lo mismo en la pobreza. Mencionemos todos estos detalles, tal como lo hace el evangelista, para que resplandezca más claramente la buena noticia que es la persona de Jesucristo para todas aquellas gentes.

    En la gran muchedumbre que la acompañaba, veamos la solidaridad que por naturaleza tienen las gentes de nuestros pueblos. El Señor de la vida, la Buena nueva de la alegría en Persona se topa aquí con un cortejo de tristeza y de llanto. ¿Qué puede sentir el Maestro si no es compasión en lo más hondo de sus entrañas de misericordia? Contemplemos en el fondo de su corazón la compasión por todos los que sufren, a quienes había declarado bienaventurados en su sermón del capítulo 6º de este evangelio: "Bienaventurados los que lloran ahora, porque reirán” (Lc 6,21). Es el llanto ajeno lo que espontáneamente nos mueve a compasión a todos.

      En el milagro anterior, la curación in extremis del siervo del centurión, Jesucristo no había pronunciado palabra alguna, aquí en cambio, con autoridad, expresa: "Joven, yo te lo mando: Levántate”. Así se había hecho la creación del mundo, con la palabra autorizada del Creador: hágase la luz, y la luz se hizo; sean fecundos y multiplíquense. 
    Con este milagro, el evangelista san Lucas prepara la declaración que dará ante los enviados de Juan Bautista y que es una síntesis muy atinada de la obra que viene realizando: "En aquel momento curó a muchos de sus enfermedades y dolencias, y de malos espíritus, y dio vista a muchos ciegos. Y les respondió: « Vayan y cuenten a Juan lo que han visto y oído: Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan, se anuncia a los pobres la Buena Nueva” (7,21-22).
   En esta praxis de vida que viene realizando nuestro señor Jesucristo, miremos a los discípulos y a la Iglesia que él quiere: ¿Cómo estamos saliendo al encuentro de los pobres y de los que sufren? El pueblo se ha convertido en una marcha fúnebre por el tiempo y por la historia. A nuestro Señor le interesaba menos el culto y más la compasión efectiva (vean Mt 9,13). En aquel tiempo el pueblo reconoció la visita de Dios en Jesucristo. Más adelante se verá en el evangelio que los dirigentes no tenían su corazón abierto a la obra de Dios. Hoy día hay una parte de nuestra Iglesia, aunque aún pequeña, que está saliendo de sí misma para ir al encuentro de las personas en sus necesidades y problemas. Nos falta aún mucho, muchísimo para tener la eficacia salvadora de Jesús, ya no digamos para levantar a un muerto, pero al menos sí para cambiar a este mundo que vive sumido en el dolor.
 
Nota.- Este comentario lo pueden escuchar el domingo a las 9:30 a.m. en el 106.1 de FM.               

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