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TE SEGUIRÉ A DONDEQUIERA QUE VAYAS
Comentario al evangelio del domingo 13º ordinario
30 de junio del 2013

Carlos Pérez Barrera, Pbro.

     Dice el versículo 51: "como se iban cumpliendo los días de su asunción, él se afirmó en su voluntad de ir a Jerusalén” (traducción de la Biblia de Jerusalén). Este versículo, como bien se nota, marca un cambio en el ministerio de Jesús. ¿Por qué se tiene Jesús que afirmar en esa determinación? Porque no se trataba de una viaje cualquiera a esa ciudad. Ir a Jerusalén significaba cosas muy determinantes para Jesucristo: la confrontación con los líderes del pueblo, los tribunales, la sentencia a muerte, la ejecución a cargo de los poderes extranjeros. A partir de este versículo, san Lucas nos mostrará a Jesús caminando hacia Jerusalén.

     En Galilea las cosas le habían salido muy bien a Jesús: los milagros, las multitudes, las enseñanzas, la proclamación y vivencia del reino de Dios. ¿Por qué ir a Jerusalén? Era necesaria, por lo que vemos, esta confrontación. Sin esta confrontación, la obra de Jesucristo habría quedado trunca, se habría perdido en el tiempo como un mero movimiento marginal de un galileo iluminado. Era necesario que esta obra quedara sellada como voluntad del Padre Dios. Primero sube Jesús al monte donde se transfigura y escucha la voz del Padre que lo confirma en ese destino, su entrega de la vida.

     Hasta este momento, Jesús ya les había anunciado a sus discípulos la suerte que correría en Jerusalén (vean Lc 9,22). En este camino decidido a Jerusalén, Jesucristo sufre el primer tropiezo: los samaritanos se niegan a darle posada por sus intenciones de ir a Jerusalén. Los judíos no acostumbraban buscarse posada en pueblos samaritanos, no se toleraban mutuamente. Pero ya sabemos que Jesús no se dejaba atrapar por tabúes culturales y religiosos, por esas actitudes discriminatorias, él era abierto y plenamente libre. Sus discípulos reaccionan al estilo de los "creyentes más fanáticos que tienen todas las religiones: "quieres que digamos que baje fuego del cielo y los consuma”. Ésa no es la manera de proceder del Maestro, por ello los reprende. Jesucristo no pedirá fuego del cielo para los sumos sacerdotes ni para los gobernantes romanos.

     En el camino le salen al encuentro varias personas, que más que ser solamente tres, son representativas de las muchas personas a las que se encuentra Jesús y las llama en su seguimiento. Fijémonos en cada una. A la primera Jesús le responde que él no tiene donde reclinar la cabeza. ¿Qué significa esta respuesta? Que Jesucristo no tiene un puesto o unas prestaciones que ofrecerles a sus seguidores, sólo los llama a entregarse a la obra de Dios. La de Jesús no es una obra de este mundo, no es política, no es empresa económica. ¿Qué busca un cristiano con Jesús? Es triste constatar que muchos clérigos buscan un puesto, dinero, comodidades, la vida resuelta en el ministerio. Y lo más triste es que la jerarquía lo tolera y hasta lo promueve. Aún a los católicos de la base hay que repasarles estas palabras de Jesús, para que no busquen beneficios inmediatos en Jesucristo, el milagrito, el favor, tantas cosas muy legítimas que esperamos de Dios, pero que no por eso andamos detrás de Jesús. Seguimos sus pasos porque nos hemos entusiasmado con su persona, nos ha convencido su obra del Reino de Dios para todos, y eso supera todos los beneficios juntos que quisiéramos obtener.

     El segundo le pide que primero lo deje enterrar a su padre. No quiere decir que su padre estuviera tendido en la funeraria. Se puede pensar que al padre de este seguidor le faltara bastante para partir de este mundo. Quedarse a darle fin al padre podría significar varios años de demora en el seguimiento de Jesús. La respuesta de Jesús nos podría parecer muy golpeante: "Deja que los muertos entierren a sus muertos. Tú, ve y anuncia el Reino de Dios”. La prioridad del Reino de Dios en el ministerio de Jesús lo había sido todo, así es que lo tiene que ser también para el discípulo. ¿Lo es para nosotros los católicos de hoy? No pongamos otros afanes o preocupaciones por encima de ese.

     También el tercero le pide a Jesús despedirse de su familia. La Iglesia nos ofreció como primera lectura la vocación de Eliseo. Este profeta le pide a Elías que le permita darles a sus padres el beso de despedida, cosa que Elías sí le permite. Pero en vez de hacer eso, Eliseo se va a sacrificar a sus bueyes con los que andaba arando y quemó su arado, esto para no tener vuelta atrás, como dice el dicho, quemó las naves. Así es el verdadero cristiano, el que pone la mano en el arado y no vuelve la vista atrás, el que dice y vive con la vista al frente, decididamente hacia delante, sin añorar lo que va quedando atrás, o las cosas que va "perdiendo” en su seguimiento de Jesús. Por ello nos dice san Lucas que Jesucristo se afirmó en su decisión de ir a Jerusalén. Lo necesitaba por el momento tan trágico que estaba llamado a vivir.

     Nosotros ¿qué tan decididos estamos a entregarnos de cuerpo entero a la obra de Jesús? ¿No difiere radicalmente este seguimiento de Jesús de la religión tan cómoda que se han fabricado tantos católicos? Repasemos una y otra vez este texto evangélico. Habría que convencer a nuestros católicos a que asuman alguna actividad o algún apostolado en nuestra parroquia, para que a partir de ahí vayamos creciendo en nuestro compromiso con Jesús.

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