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LA PUERTA ANGOSTA
Comentario al evangelio del domingo 21º ordinario, 25 de agosto del 2013
Lucas 13,22-30.
Carlos Pérez Barrera, Pbro.
 
     "Jesús iba enseñando por ciudades y pueblos, mientras se encaminaba a Jerusalén”. Esta caminata de Jesucristo nos la recuerda el evangelista porque se trataba de su destino final: en Jerusalén Jesús entregaría su vida en una cruz. Así es que en ese camino, alguien le preguntó: "¿es verdad que son pocos los que se salvan?” Jesucristo no le contestó si son muchos o pocos, ésa no es la cuestión. Lo importante es cómo podemos salvarnos. Y lo que dice Jesús es más claro que el agua: "esfuércense por entrar por la puerta angosta”. ¿Qué significa esto? Todos lo comprendemos. La puerta angosta es todo aquello que cuesta trabajo. La puerta ancha es lo fácil, lo barato, lo que no cuesta. Y esto tanto en las cosas de la fe como en las cosas de la vida.

     Conservar una buena salud cuesta trabajo, implica renuncias, disciplina. Pero muchas personas quisiera encontrar una fórmula mágica, algún medicamento para comer de todo y que no les suba el azúcar, el colesterol, el ácido úrico, etc. Lo más sano es alimentarse integralmente.

     Lo vemos en el deporte, en los espectáculos. Los deportistas y los artistas tienen que meterse a un régimen de vida, de alimentación, de ejercicio si quieren estar en forma y triunfar en su actividad.

     Entrar por la puerta angosta debe decirse sobre todo de nuestra fe. El atractivo de la magia está en que a uno no le cuesta nada más que cumplir sencillamente con el ritual: tómese esto, haga aquello, ponga los amuletos así, recite tal o cual cosa, y ya. La fe es todo lo contrario, es poner en juego toda tu existencia, todas tus energías, todo lo que tienes y todo lo que eres. Tienes que luchar.

     Un ejemplo muy claro: cuántos de nuestros católicos no andan buscando las cosas fáciles. Nos hemos encontrado en la oficina parroquial ya bastantes casos de personas que llegan con tarjetas falsas para bautizar. Pagan 100 pesos o más con tal de no pasarse un domingo sin su descanso, sus paseos o diversiones. Y eso que en las pláticas van a aprender cosas de Dios. ¿Y por qué no asisten tantos a Misa cada domingo, por qué no leen la Biblia, por qué no dan catecismo, por qué no colaboran en el grupo de Cáritas o en el Comedor Popular? Porque les gusta esa religión facilona que no les pide ningún esfuerzo. Pero lo acabamos de escuchar con toda claridad, esa religión facilona no es la religión de Jesucristo. Nos la hemos inventado nosotros, pero no es la de él.

     Nuestro señor Jesucristo lo que quiere es cristianos bien puestos, dispuestos a todo, no sólo a trabajar en un que otro apostolado o actividad de servicio a la Iglesia y a la sociedad, sino a poner todo nuestro tiempo, todas nuestras energías, toda nuestra persona al servicio del Reino de Dios. Eso fue lo que hicieron sus discípulos y apóstoles y aquellos primeros cristianos: entregaron hasta su vida derramando su sangre por el testimonio de Jesús.

     Si no lo hacemos así, entonces ¿para qué nos sirve nuestra religión? El día de la verdad nos vamos a presentar frente a nuestro Señor diciéndole: "Señor, hemos comido y bebido contigo, y tú has enseñado en nuestras plazas o templos, ¿no te acuerdas de nosotros?” Y ¿qué nos va a contestar él? "En verdad les digo que no los conozco”. Entonces sí que nos va a entrar la desesperación y la angustia al ver que muchos otros sí se van a sentar en la mesa del Reino y nosotros nos veamos echados fuera. Jesucristo nos lo advierte, desde luego que no es eso lo que él quiere. Nos lo advierte para que ya le echemos ganas de una vez por todas a las cosas de nuestra fe y no nos andemos poquiteando.

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