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LOS INVITADOS A LA FIESTA DE JESÚS

Comentario al evangelio del domingo 22º ordinario, 1 de septiembre del 2013

Lucas 14,1.7-14.



Carlos Pérez Barrera, Pbro.



Qué bello pasaje evangélico nos toca proclamar hoy, y qué extraño para nuestras costumbres sociales.

Jesucristo, nos dice el evangelista, fue a comer a casa de uno de los jefes de los fariseos. Unos y otro se estaban observando entre sí, los fariseos a él y él a los fariseos. ¿Es bueno o malo observar a las personas? Hay quienes piensan que lo más educado es no hacerlo, aunque todos practicamos la observancia y la crítica. Pero hay de críticas a críticas. Hay críticas muy malas porque son superficiales y malintencionadas, y las hay que son muy profundas y evangelizadoras, como la de Jesús, que sacaba provecho de su observación de las personas para devolverles una enseñanza… y bien que les hacía falta, y bien que nos evangeliza poniéndonos un espejo de nosotros mismos.

Jesús notó que los invitados elegían los primeros lugares. Esto lo vemos no sólo en los banquetes y las fiestas, sino en varios aspectos de nuestra vida: en la política, en lo sindical, laboral, en la sociedad, tristemente hasta en nuestra Iglesia. Nos afanamos, abierta o soterradamente, por alcanzar los mejores puestos, no tanto el progresar en la vida, sino en ocupar puestos superiores a los demás. En la Iglesia se le llama carrerismo, y a quienes se afanan tanto por ello, "trepas”, porque les gusta trepar puestos, así sea por la vía de la lambisconería o hasta de la corrupción. Es una tendencia de los seres humanos a la que hay que evangelizar, y Jesucristo lo hace magistralmente.

Empieza nuestro Señor apelando al sentido común: si te gusta trepar, pues te sugiero que te pongas en el último lugar, para que así, delante de los demás, el dueño de la casa te conceda honor al hacerte subir, porque de lo contrario sentirás vergüenza si te hacen bajar de lugar.

El libro del Eclesiástico o Sirácide, del que tomamos la primera lectura, abunda precisamente en esto: "Hazte tanto más pequeño cuanto más grande seas y hallarás gracia ante el Señor, porque sólo él es poderoso y sólo los humildes le dan gloria. No hay remedio para el hombre orgulloso, porque ya está arraigado en la maldad.”

En esto tenemos un ejemplo sorprendente en la persona del mismo Jesucristo, "el cual siendo rico, se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza” (2 Cor 8,9), como lo comenta san Pablo; o también: "Jesucristo no se aferró a su condición divina sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo haciéndose semejante a los hombres” (Fil 2,6-7).

La enseñanza de Jesús se torna más radical al meterse con la clase de invitados a nuestras fiestas y banquetes. Nuestras costumbres "normales” son a invitar a nuestros amigos, parientes y vecinos ricos. Jesucristo nos sorprende cuando nos dice así categóricamente: "Cuando des un banquete, llama a los pobres, a los lisiados, a los cojos, a los ciegos; y serás dichoso, porque no te pueden corresponder, pues se te recompensará en la resurrección de los justos”. Nosotros podemos pensar que esto sólo es propio de los santos, como la madre Teresa de Calcuta, que salía a las calles a recoger enfermos terminales, niños abandonados, hambrientos. O que esto estaría bien para nuestros comedores populares, donde se le brinda un plato a los que viven en situación de calle, a los migrantes, a las personas mayores solas. Pero como que nos suena muy extraño que lo tengamos que hacer hasta para nuestras fiestas. ¿Los católicos estaríamos dispuestos a hacer las cosas como nos las manda nuestro Señor y Maestro? Si lo hiciéramos, sería nuestra la recompensa de la que habla.

Pero no se trata sólo de eso. Tomemos la enseñanza de Jesús en sentido más amplio, como una invitación a la conversión de nuestra Iglesia y de nuestra sociedad toda. La fiesta del mundo la están disfrutando sólo unos cuantos, la inmensa mayoría de la población está al margen de la alimentación suficiente, vivienda digna, educación, trabajo, remuneración, descanso, etc.

Pongamos por ejemplo el petróleo que ahora se quiere veladamente privatizar. ¿Quiénes están lucrando con esa riqueza que pertenece a todos los mexicanos? ¿Estos 53 millones que viven debajo del nivel de pobreza? Ellos no han sido, por décadas y décadas, invitados a la fiesta de todos.

En esta fiesta Jesucristo nos está proponiendo un proyecto de sociedad, no solamente un modelo para nuestras fiestas y banquetes. Tenemos que salir, como nos lo ha dicho el Papa Francisco, a invitar a los pobres, a los ignorantes, a los indígenas, a la gente del campo. A este proyecto de mundo nuevo Jesucristo le llama Reino de Dios. Y de este proyecto los pioneros tenemos que ser los cristianos.

 

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