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NI AUNQUE RESUCITE UN MUERTO
Comentario al evangelio del domingo 26º ordinario, 29 de septiembre del 2013
Lucas 16,19-31.
Carlos Pérez Barrera, Pbro.
 
      En este mes de la Biblia y siempre, queremos hacer conciencia en todos los católicos, clérigos y laicos, del lugar que debe ocupar la Palabra de Dios en nuestra vida cristiana y nuestra vida de Iglesia. No es tarea fácil porque hemos llegado a entender y a vivir nuestra religiosidad como un conjunto de prácticas devotas, nos hemos hecho un cuadro de buenas costumbres y creemos ser así buenos católicos. Incluso nuestra Iglesia, ya la hemos estructurado muy a nuestra manera, a la manera del mundo y pensamos que así debe ser la Iglesia. Pero el cristianismo que nos dejó Jesús es otra cosa, es ponernos a la escucha de su Palabra y vivir de acuerdo a esa Palabra, tanto cada uno como la Iglesia en su conjunto. Veamos por ejemplo la Palabra que en la liturgia de hoy nos toca escuchar:

     Continúa Jesús enseñando a sus discípulos, aunque los fariseos estaban oyendo, como dice el v. 14. Esta parábola es exclusiva de Lucas. Por el lado del pobre nos parece muy llena de misericordia, y por el lado del rico, muy drástica. Así la acogemos como Palabra del Señor.

     Jesucristo presenta las cosas como de fábula: se ven tan cerca el rico que se viste elegantemente y se banquetea espléndidamente, y el pobre cubierto de llagas y ansioso de llenarse el estómago con las migajas del rico, que casi parece estar en la habitación del rico. Es pretensión del Maestro presentar así las cosas porque en realidad ricos y pobres están muy cerca los unos de los otros, lo que pasa es que los primeros no se percatan de los segundos. También nos parece curioso que Jesucristo no hable del reino de Dios o de la vida eterna sino del seno de Abraham. Esto tiene su explicación porque así la parábola es más asequible a oídos de los judíos, y también de nosotros los cristianos, porque tenemos a Abraham como nuestro padre en la fe y en la vocación. Por otra parte, nos parece exageración de Jesucristo que el rico y Abraham platiquen de tú a tú como si estuvieran el uno frente al otro, siendo que los separaba, como dice el mismo personaje de la parábola, un enorme abismo. Pero en realidad es Jesucristo el que está conversando con el rico, aunque ponga sus palabras en boca de Abraham. Quienes elaboran las fábulas, manejan los personajes a su antojo, porque lo que les interesa es el mensaje profundo que conllevan.

     La sentencia de Jesús, dictamen del Padre eterno nos produce escalofríos por un lado, aunque satisfacción por el otro: "Sucedió, pues, que murió el mendigo y los ángeles lo llevaron al seno de Abraham. Murió también el rico y lo enterraron. Estaba éste en el lugar de castigo, en medio de tormentos”. Jesucristo no menciona en la parábola que el pobre se haya ido al seno de Abraham por alguna obra buena. Lo recogió Dios por su pura misericordia. "Bien dice nuestra gente: pobre del pobre que al cielo no va”. Lázaro, como tanta gente sufriente, sufrió males en esta vida, qué bien que ahora Dios los tenga gozando bienes. Y del rico Jesucristo no dice que haya cometido otros pecados más que su egoísmo; ése solo fue suficiente para ir al lugar de tormentos. Y lo drástico es que Jesucristo presenta esta situación como irremediable, por más que el rico insista en alguna salida.

     ¿Qué pensar de esto? ¿Que Jesucristo es intransigente? Quienes lo conocemos, tomamos las cosas de esta manera: Jesucristo en primer lugar se ha dedicado a acoger a los pobres, a los excluidos, a los pequeños, a los pecadores, con su ternura y su misericordia los llama a todos a acercarse a Dios. Y por otro lado, Jesucristo a todos, a pobres y a ricos, a los líderes y al pueblo todo, los llama a la conversión, al cambio de vida, al cambio de sociedad y de economía. Esta parábola nos parece muy fuerte, pero en realidad es un llamado punzante para cambiar las cosas, cambiar a las personas, cambiar los corazones, y sobre todo, cambiar este mundo que fabrica ricos egoístas a costa de los sufrimientos de las grandes mayorías.
    
     Al final, Jesucristo nos deja un llamado muy adecuado a este mes de la Biblia. Ante la negativa de Abraham, el rico le pide que mande a Lázaro con sus hermanos para que les advierta y no vayan a parar también ellos a ese lugar de tormento. Jesucristo nos dice, poniendo sus palabras en los labios de Abraham, que no es necesario que se les aparezca un muerto, que tienen a Moisés y a los profetas. Esta es una manera de nombrar a la Sagrada Escritura. Quedémonos con eso: si no le hacen caso a la Palabra de Dios escrita, no esperen que se les aparezca un muerto o que se les haga algún prodigio para creer y convertirse, porque no lo harán. Se quedarán con la sorpresa o el espanto, pero el camino de la conversión está más claramente indicado en la Sagrada Escritura, y eso es lo que Dios quiere. Ya ven, Jesucristo vivió extraordinariamente su existencia humana, entregó la vida como ninguno, lo mataron, resucitó y muchos todavía no le creen ni se convierten.
 

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