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DIOS MÍO, APIÁDATE DE MÍ
Comentario al evangelio del domingo 30º ordinario, 27 de octubre del 2013
Lucas 18,9-14.
Carlos Pérez Barrera, Pbro.
     Esta realidad que se da en las personas, en todas las culturas y en todas las religiones, le preocupaba hondamente a Jesucristo. Su enseñanza es universal. Y nos enseña en su clásica manera de enseñar, mediante una parábola. Tan sencilla, tan honda, tan fiel retrato del corazón y de la mentalidad de los seres humanos.

     Jesucristo conocía bien a los fariseos. Más de alguna vez los habrá oído rezar en voz alta, como acostumbraban. Los conocía bien por dentro, conocía su conducta, sus juicios y prejuicios, su manera de considerar a los demás, especialmente a los publicanos, a las mujeres de mala vida. Consideraban pecadores a los pobres, a los enfermos, a los extranjeros. Su religiosidad no los empujaba a acercarse a ellos para hacerles llegar la Palabra de Dios como una Palabra cargada de misericordia, como en cambio sí lo hacía Jesús. A estas gentes tan religiosas Jesucristo les está poniendo como modelo de oración la oración de un publicano, alguien que supuestamente no sabía hacer oración, que sin embargo, para Jesús, es la oración verdadera.

     El fariseo puede ser hoy día un católico muy practicante, un hermano no católico, de esos que ven a los católicos muy por encima del hombro, incluso el fariseo puede ser hasta una de esas personas que no gustan de asistir a misa, pero que se atreven a pensar: "yo no me la paso en la iglesia porque no soy hipócrita, no soy chismoso, no me la paso criticando a todos los que entran, no soy de esos que se mantienen dándose golpes de pecho”.

     Yo sí me atrevo a pensar que en este mundo hay personas buenas, porque las he conocido en mis andanzas ministeriales, y las recuerdo siempre con mucho gusto; como también hay personas que son de mal corazón, de mala leche, negativas, desobligadas, irresponsables, egoístas. No pienso sólo en los que casi no se acercan a la iglesia, o los que no son creyentes. Pero lo importante está en no constituirse en juez de los demás. Juez sólo Dios. Versículos más adelante Jesucristo le va a decir a un hombre rico que bueno es sólo Dios (vean el versículo 19). ¿Qué utilidad nos puede traer el considerarnos mejor que los demás? Ninguna, todo lo contrario, esa clase de juicios y de consideraciones son perjudiciales para nuestra vida de fe.

     Jesucristo nos educa en la espiritualidad cristiana, nos enseña a ser humildes, a reconocer que somos como somos, pecadores, con muchas debilidades y fragilidades. Qué mejor que presentarnos ante Dios así como somos, no para presumirle nuestros pecados, sino para implorar su misericordia. Este no es un pasaje aislado, es una constante en evangelio de Jesús. Recordemos a aquella mujer que lloró sus pecados a los pies de Jesús (Lucas 7). Ella volvió a su casa perdonada, mientras que Simón el fariseo no. No nos suceda a nosotros lo mismo que a los fariseos.

     Cuando tengamos que practicar la corrección fraterna y la denuncia profética, ambas tan evangélicamente necesarias, hagámoslo desde una postura humilde. No somos los buenos de la película. En calidad de pecadores, pero servidores de Dios y de la sociedad levantamos la voz. No lo hacemos en calidad de jueces, sino porque estamos al servicio de la salvación de Dios.

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