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EL PRIMER CIUDADANO DEL REINO
Comentario al evangelio del domingo de Cristo Rey, 24 de noviembre del 2013
Lucas 23,35-43.
Carlos Pérez Barrera, Pbro.

     La liturgia nos ofrece para este día tres imágenes de Jesucristo Rey: en el ciclo A al juez y rey de todas las naciones en el juicio final (Mt 25). En el ciclo B al rey verdadero frente a un rey falso, Pilato, tan falso como tantos gobernantes humanos (Jn 18). Y en este ciclo C a un rey crucificado en medio de dos malhechores. No son las únicas imágenes que los evangelios nos ofrecen de Cristo Rey. Una bella imagen sería la de Jesucristo buen pastor, de Juan 11, o Cristo rodeado de las muchedumbres hablando del Reino de Dios.

     Lucas es el evangelista que más nos presenta a Jesucristo tendiendo la mano a los excluidos: pobres, mujeres, enfermos, samaritanos, publicanos y pecadores, y ahora a este malhechor, quien se convierte así en el primer ciudadano del Reino. Esto es una buena noticia, un evangelio.

     Celebrar a Jesucristo como rey es un acto de fe, hay que decirlo en este día que se clausura el año de la fe. Jesucristo reina sobre nuestra humanidad, no con autoritarismo, que es lo que distingue a los reyes humanos, como ya lo había denunciado Jesús en el capítulo precedente, en la última cena (Lc 22,25), sino como servidor. Reinar es sinónimo de gobernar, de conducir. El servicio o gobierno de Jesús es conducir al pueblo a la salvación, a la plenitud de la vida, al reino del Padre. Así comprendemos cómo Jesucristo es el que gobierna con sabiduría a las gentes, con su buena noticia, con su evangelio, con su amor, colocando en el centro de atención de todos a los pobres y marginados; gobierna con su llamado a la conversión integral.

     Queremos pues que Jesucristo reine o gobierne a toda la humanidad y a todo el ser humano integral. Nada hay que escape a su ámbito: la moral, la economía, lo social, la política, las leyes humanas; para un cristiano todo está supeditado a él.

     Jesucristo, habría que decirle a infinidad de católicos, no es un accesorio de nuestra vida cristiana, una devoción de tantas. No. O le entrego toda mi persona y mi entorno a Jesús, o no soy cristiano, es decir, no soy ciudadano de su Reino.

     (Me gustaría para este día recitar, en vez del credo, el himno de las comunidades de san Pablo en Colosenses: "Cristo es la imagen de Dios invisible, el primogénito de toda la creación…” A ver cuándo nuestra liturgia se hace menos estrecha para poder hacerlo).

 

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