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COMO AHORA, EN TIEMPOS DE NOÉ LA GENTE COMÍA, BEBÍA Y SE CASABA
Comentario al evangelio del domingo 1º de adviento, 1 de diciembre del 2013
Mateo 24,37-44.

 
Carlos Pérez Barrera, Pbro.

     Hoy comenzamos el mes de diciembre y el tiempo de adviento. Hay que distinguir entre el adviento de la Iglesia y las llamadas "fiestas decembrinas”. Éstas últimas son el ambiente celebrativo de la sociedad de consumo en la que estamos inmersos los cristianos. Respecto al adviento, hay que distinguir también entre el adviento litúrgico y el adviento existencial. El adviento litúrgico, este año, va desde la víspera del domingo 1 de diciembre hasta la mañana del martes 24 de diciembre. En cambio, el adviento existencial es toda la vida del cristiano y todo el caminar de la comunidad como iglesia al encuentro definitivo con el Señor. De esto nos habla el mismo Jesucristo en el evangelio de hoy. Lo que hoy nos enseña el Maestro vale para toda nuestra vida cristiana y toda nuestra vida de Iglesia.

     Las palabras que hemos escuchado hoy se las dirigió Jesús a sus discípulos estando sentado en el monte de los olivos, frente al templo de Jerusalén, una construcción grandiosa de la que los discípulos, como buenos judíos, se sentían orgullosos.

     Jesucristo les vaticina que de todo eso que están viendo no quedará piedra sobre piedra que no sea derruida. Y no sólo les habla de la destrucción del templo y de la ciudad de Jerusalén sino también del fin del mundo, a pregunta de sus discípulos, pero sobre todo les promete su venida definitiva al final de los tiempos.

     En vez de mencionar los días de Noé, previos al diluvio, bien podría ahora hablar de las fiestas decembrinas, donde la gente sale a comprar los regalos, las bebidas y los ingredientes para las cenas de estos días. Donde la gente se deja envolver por tanto ruido y se evade en tanta superficialidad de lo que le debería de dar hondo sentido a todo este ambiente festivo.

     En adviento nos preparamos para celebrar debidamente el nacimiento de nuestro Salvador, quien fue recostado sobre las pajas en un establo de Belén, despojado de todo, y tan solo amparado por unos pobres padres que lo recibieron con todo cariño.

     ¿Cómo prepararnos a este acontecimiento tan grande que por no alcanzar a comprenderlo le llamamos misterio? En verdad, el Hijo de Dios ha venido a vivir entre nosotros. El Dios eterno se ha hecho hombre como nosotros. El Padre de los cielos no ha encontrado mejor forma de mostrarnos su amor infinito más que enviándonos a su Hijo. Las fiestas decembrinas, si de veras estuvieran dirigidas a recibir al Hijo de Dios, serían poca cosa frente a tan gran misterio. Desgraciadamente nuestro mundo no repara en ello. La navidad, para muchos, será simplemente una fiesta bonita, en el mejor de los casos, llena de sentimientos de ternura; el mundo expresará sus deseos de paz, esa paz por la que hasta ahora no hemos hecho nada por conseguirla.

     Pero no, la navidad no es una simple fiesta. Los cristianos no nos cansemos de tratar de devolverle su sentido profundo a esta fecha. La navidad es de nosotros, la navidad es de Dios, la navidad le pertenece al que nació en la más absoluta pobreza en el pueblo de Belén, ese pequeño que se dio enteramente a la humanidad desde su llegada hasta su partida en una cruz.

     ¿Cómo prepararnos para celebrar tamaño acontecimiento? El Maestro nos lo indica en el evangelio. Se refiere a su venida definitiva, al final de los tiempos, pero para un cristiano es cosa de siempre, aunque se viva con más intensidad en este adviento litúrgico.

     "Velen, pues, y estén preparados”, lo hemos escuchado. No vivamos tan despistados como aquellas gentes en tiempos de Noé, que fueron sorprendidos por el diluvio porque no estaban preparados, porque simplemente vivían el presente sin pensar en su destino. No nos dejemos llevar por la corriente de las fiestas decembrinas. No pongamos nuestra mente ni toda nuestra atención en las tantísimas cosas que hay que preparar en este mes. Pongamos nuestro corazón en Jesucristo, el que siendo rico se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza (vean 1 Cor 8,9). El que vino hace 2 mil años es la salvación cabal para esta pobre humanidad. Esta es una frase que pueda sonar completamente vacía si no se conocen los santos evangelios, si no se vive el encuentro con Jesús. Conozcamos el Evangelio para que nos convenzamos que Jesucristo es la Buena Noticia, no sólo de la Navidad, sino de todo el caminar de la familia humana, y así llevemos esta Buena Noticia a todos.

     Así pues, evadiéndonos un poco o un mucho del mayor ambiente comercial de todo el año, dediquemos tiempo y espacio para el estudio del evangelio, para la oración, para la moderación en nuestros consumos, para la Misa dominical, para la reconciliación fraterna, para la caridad. Especialmente esto último. Bien dicen algunos: Navidad es compartir. Es lo que Dios hizo con nosotros, compartirse a sí mismo por entero y sin medida.

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