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EL HOMBRE DEL ESPÍRITU
Comentario a las lecturas del domingo 19 de enero del 2014
2º ordinario

Carlos Pérez Barrera, Pbro.

     Al empezar el tiempo litúrgico ordinario, la Iglesia nos ofrece un pasaje del evangelio según san Juan, para luego seguir a Jesucristo en alguno de los tres evangelios sinópticos, que son Mateo, Marcos y Lucas. Este año estaremos siguiendo, los domingos del tiempo ordinario, al evangelista san Mateo. San Juan el evangelista se encarga de presentarnos a Jesús para que nos quedemos con él.

     La centralidad de Jesucristo es la primera nota que hay que subrayar en esta presentación que hace Juan Bautista. Es algo que tenemos que estarnos recordando constantemente: Jesús está  o debe estar en el centro y en la base de nuestra fe, de nuestra vida cristiana, de nuestra vida de Iglesia, de todo el mundo del creyente. Parece una verdad obvia, pero no lo es. La realidad de tantísimos católicos, incluso clérigos, es que Jesucristo no está en el centro, sino nuestra estructura religiosa. Estamos acostumbrados a cumplir con ciertas cosas religiosas: unos cuantos rezos, unas cuantas devociones, o simplemente tener algunas cuantas creencias meramente mentales. En algunos círculos más reducidos esas cuantas cosas se pueden convertir en muchas, pero no en una identificación de cada uno con la persona de Jesucristo. Y si él dice que los árboles se conocen por sus frutos, pues sólo mirémonos para ver si Jesucristo se manifiesta en nuestras personas, porque lo que más se nos nota es nuestra vida religiosa, no el Jesucristo tal como lo tenemos en los santos evangelios.

     Juan Bautista, en cambio, no se entendía a sí mismo más que en relación con Jesucristo. Le preguntaban, ¿quién eres tú? Y él, en vez de contestar quién era, sacaba su relación con Jesús: "yo no soy el Cristo”. Y le insistían, "dinos pues quién eres”. Pero Juan Bautista ni siquiera les dice cómo se llama, como un niño que no sabe su nombre, sino sólo su relación con sus papás. "Soy una voz que clama en el desierto”… "En medio de ustedes está uno a quien no conocen, que viene detrás de mí, a quien yo no soy digno de desatarle la correa de su sandalia”.

     Y al día siguiente, que ve venir a Jesús hacia él, con gozo y con convicción exclama: "¡he ahí al Cordero de Dios que quita el pecado del mundo!” Tanto en aquel tiempo como en este tiempo nuestro la gran necesidad, el gran deseo de todas las gentes, es quitar el pecado del mundo que a todos nos hace infelices, tanto a los que se consideran buenos como a los que tienen conciencia de ser malos. El pecado es el que nos está quebrando nuestra existencia. Qué bueno que Jesús viene a eso, a quitar no a los pecadores, sino el pecado.

     Para esta tarea tan grande, Jesucristo tiene el gran recurso que es el Espíritu Santo. Esta es la segunda nota que hay que subrayar de la presentación que hace Juan bautista. Jesucristo es el que bautiza con el Espíritu Santo. La palabra bautizar no la tomemos aquí como una acción de un solo momento, que es lo que en realidad hemos hecho tantos católicos. Que nos bauticen una vez en la vida y ya con eso tenemos. No. Jesucristo viene a bautizarnos con el Espíritu Santo, viene a dárnoslo constantemente a lo largo de toda nuestra vida, a cada momento, porque este mundo es lo que necesita para hacer al pecado a un lado, tener el Espíritu de Dios siempre, no como un acto que se puede quedar en el pasado.

      Imaginémonos a Jesús dándonos así el Espíritu, el que es capaz de transformarnos en criaturas nuevas, en seres espirituales, en otros cristos que impregnen a este mundo con el Espíritu de Dios. Este tema del Espíritu lo sigue retomando el evangelista más adelante: en el encuentro de Jesús con Nicodemo, en su encuentro con la samaritana, en el discurso del Pan de vida, en la fiesta judía de las tiendas, en la última cena.

     Los católicos quizá identifiquemos nuestra religión con un conjunto de prácticas "espirituales”, pero la vida cristiana es más que una vida espiritual, es una vida en el Espíritu.

 


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