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ESCUCHEMOS AL HIJO
Comentario al evangelio del domingo 16 de marzo del 2014
2º de cuaresma
 
Carlos Pérez Barrera, Pbro.
 
     El segundo domingo de cuaresma cada año proclamamos este pasaje de la transfiguración del Señor. Un año lo leemos en Marcos, al siguiente en Lucas, y este año en Mateo.

     La transfiguración es todo un mensaje de Dios que nosotros debemos acoger con obediencia. La palabra del Padre eterno respalda esta revelación. Para entenderla mejor, habría que ir unos versículos antes, en el capítulo anterior. Jesucristo cuestiona a sus discípulos acerca de su identidad: ¿quién dice la gente que soy yo?, ¿quién dicen ustedes que soy yo? Simón Pedro le había respondido: "tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo”. Jesucristo confirma esa respuesta diciéndole que eso no se lo había revelado a Pedro ni la carne ni la sangre, sino el Padre que está en los cielos.

     Verbalmente la respuesta de Simón Pedro era correcta, no así su contenido. Cuando Jesucristo les anuncia por anticipado la suerte que le espera en Jerusalén, es decir, el rechazo, el fracaso, la pasión, la muerte y finalmente la resurrección, los discípulos, por boca de Pedro, manifiestan su desacuerdo con esa suerte y con ese camino para el Hijo de Dios. Por ello Jesucristo reprende severamente a su discípulo Pedro poniéndolo en su lugar, detrás de Jesús.

     Es por eso que se hacía necesaria la palabra del Padre de los cielos. Y la reciben en un monte elevado. El monte es un lugar de preferencia en la Biblia para las revelaciones divinas. Recordemos las subidas y bajadas de Moisés para traerle al pueblo la palabra de Dios. Así Jesús, sube al monte elevado con tres de sus discípulos para recibir como comunidad el designio de Dios. ¿Estaba el Padre de acuerdo con la suerte que le esperaba a su Hijo en Jerusalén o sus caminos eran otros?

     La palabra del Padre no es solamente verbal, está también cargada de signos: primero es la persona de Jesucristo: su rostro y sus vestiduras se vuelven resplandecientes como el sol. Luego aparecen Moisés y Elías. Y finalmente se escucha esa voz desde el cielo.

     La persona de Jesucristo es resplandeciente en ese momento. Con esto el Padre nos ayuda a ver a su Hijo más allá del exterior. Toda la vida y la persona de Jesucristo es resplandeciente: sus enseñanzas tan sabias, aunque aparentemente provengan de un pobre galileo; sus milagros, tan llenos de la misericordia de Dios; sus conflictos con las autoridades del pueblo, aunque él aparezca carente de toda autoridad humana; su entrega de la vida cada día y su entrega de la vida en la cruz, todo por la conversión y la salvación de esta humanidad. Jesucristo resucitará porque todo en él es resplandeciente. Así lo ve el Padre, y nos enseña a mirar a su Hijo de esa manera, aún ya bajando del monte.

     Pero el Padre no nos invita a contemplar solamente a su Hijo, nos pide finalmente que lo escuchemos. Moisés y los profetas, es decir, la palabra de Dios en el antiguo testamento, han sido colocados al servicio del Hijo. No debemos quedarnos en esa palabra que tenía necesariamente sus límites. La palabra definitiva del Padre es Jesucristo. Los cristianos sólo podemos comprender la Sagrada Escritura correctamente si remitimos todo a Jesucristo. Sólo si Jesucristo, en toda su persona, nos ayuda a comprenderla.

     Este es el paso que nos falta dar a los católicos, tanto individualmente como juntos como Iglesia. Escuchar atentamente al Hijo. Nuestra vida cristiana y nuestra vida de Iglesia aún no se dejan conducir de manera efectiva por la palabra y la Persona de Jesucristo. Todavía estamos muy frenados por la estructura eclesiástica que nos hemos ido creando nosotros mismos con los tiempos. El Padre nos dice que no, que no nos escuchemos a nosotros mismos, que escuchemos a su Hijo.
 

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