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LA OBRA DE JESÚS ES ABRIR LOS OJOS A LAS PERSONAS
Comentario al evangelio del domingo 30 de marzo del 2014
4º de cuaresma
Carlos Pérez Barrera, Pbro.
 
     En este hombre ciego debemos mirarnos a nosotros mismos, y en general, a todos los seres humanos. Jesucristo quiere hacer una grande obra en cada uno. ¿Cuál es el trabajo que realiza en este ciego de nacimiento? Es admirable. Primero le abre los ojos. Este hombre yacía como un papel inservible tirado en un bote de basura. Así estaba a la orilla del camino pidiendo limosna, como alguien que no puede valerse por sí mismo, que no ve, que no puede hacer nada, y para colmo, que es considerado por el pueblo y sus dirigentes como un puro pecado. "¿Quién pecó para que éste naciera ciego, él o sus padres?”, le preguntan a Jesús sus discípulos. Todas las deficiencias que tenemos los seres humanos podríamos interpretarlas como consecuencias de nuestros pecados, como expresión del pecado, como pecados de la naturaleza en sí misma. Necesitamos una mirada profunda como la de Jesús para ver en estas limitaciones nuestras la obra que Dios quiere hacer en nosotros. No solamente padecemos la discapacidad de la invidencia física y espiritual, sino la sordera, la cerrazón de ojos y de mente, la cerrazón del corazón que es el egoísmo, el odio, la violencia, la corrupción, la injusticia… son nuestras más graves discapacidades y pecados.

      Jesús toma al ser humano con toda su realidad, para levantarlo, para sanarlo, para salvarlo, santificarlo. Veamos al ciego. Primeramente le unta lodo hecho con tierra de la nuestra y saliva de la suya en los ojos. Esa saliva es la gracia y el poder de Jesús para hacer una humanidad nueva. Más adelante él y los demás se darán cuenta que Jesús le concedió más bien otra mirada, otra manera de ser persona, la mirada del creyente, la dignidad y la entereza del creyente. Entre todos los dimes y diretes que se arman en torno a esta señal de Jesús, el ciego resulta ser el más capacitado para mirar la realidad tal cual es, sin cerrar los ojos ante ella, sin manipularla por ideas preconcebidas: "yo sólo sé que antes era ciego y ahora veo”. Frente a la evidencia, ¿no habría que rendirse? La realidad es también maestra y debemos abrirnos a ella. Ésta es una de las cosas que más distinguen a Jesucristo.

     Luego nos damos cuenta que con los ojos recién abiertos, el ciego se convierte en una persona pensante, que razona sanamente: "Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, pero al que lo teme y hace su voluntad, a ése sí lo escucha”. Se trata de una lógica muy simple, muy judía, pero también muy firme. El ciego ya no es aquel que estaba tirado al lado del camino.

     El ciego se torna valiente, porque es también obra de Jesucristo, y se vuelve defensor del que lo sanó: "Si éste no viniera de Dios, no tendría ningún poder”; y en consecuencia, tiene que sufrir el desprecio, la agresión y la expulsión: "Tú eres puro pecado desde que naciste, ¿cómo pretendes darnos lecciones? Y lo echaron fuera”.

     Pero la obra de Jesús no concluye ahí, falta la mirada de la fe, la mirada más profunda, sin la cual nada de lo anterior valdría la pena: "¿Crees tú en el Hijo del hombre? Él contestó: ¿Y quién es Señor, para que yo crea en él? Jesús le dijo: Ya lo has visto; el que está hablando contigo, ése es. El dijo: Creo, Señor. Y postrándose, lo adoró”. Ésta desde luego que es una confesión de fe de aquella primera comunidad creyente, discípula de Jesús hasta en tiempos de adversidades, que se ve a sí misma reflejada en el ciego de nacimiento. También nosotros debemos hacer lo mismo, especialmente en este tiempo de cuaresma.

     Hay grupos y líderes religiosos y políticos ciegos que fabrican ciegos, especialmente a los más pobres, a los más sencillos, a los más ingenuos. Eso nunca hizo el Maestro. Aunque lleven el nombre de cristianos, no son tales, porque la obra de Jesucristo no consiste en cerrarle los ojos a la gente sino todo lo contrario, hacer creyentes de ojos abiertos, críticos hasta de sus mismos líderes religiosos, de sus estructuras tanto sociales como religiosas. El verdadero creyente, el verdadero cristiano, el verdadero hombre y mujer de fe es aquel de ojos abiertos, de mirada profunda, esa mirada que sólo en Jesucristo sabemos contemplar.

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