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JERUSALÉN, EL LUGAR DE LA CONFRONTACIÓN DEFINITIVA
Comentario al evangelio del domingo 13 de abril del 2014
Domingo de ramos
 
Carlos Pérez Barrera, Pbro.
 
     Jesucristo llegó a Jerusalén. Él había realizado su ministerio de enseñanza y de milagros en la región de Galilea. Ahí en Galilea las cosas iban mejor, el pueblo entusiasmado acogía su labor como una señal de que Dios estaba con ellos. Pero era necesario para todo el mundo que Jesús se fuera a la capital del pueblo judío para confrontarse directamente con sus autoridades, para confrontar su programa con el programa de los líderes judíos. O dejaba así las cosas y entonces su obra no tendría el mismo efecto, quedaría como algo meramente local, se quedaría en la memoria del pueblo como un buen personaje que quiso al pueblo, como se han dado tantas personas así en la historia de esta humanidad. No. Era necesario ir a Jerusalén para dejar bien marcado que se trataba del programa de Dios, que no era una mera propuesta, sino la única propuesta de Dios la que Jesucristo traía.

     En Jerusalén, Jesucristo celebraría la pascua de Dios. Por la palabra pascua el pueblo de la antigüedad entendía el paso de Dios por en medio de ellos. Dios pasó por la vida de su pueblo sacándolos de la esclavitud en Egipto para llevarlos a la tierra de la libertad. Dios quería para sí un pueblo libre, aunque no lo serían realmente sino hasta la llegada de Jesucristo, el Hijo de Dios, en la plenitud de los tiempos. La libertad no la traería Jesús de una manera mágica. Toda persona, para acceder a ella, tiene que entrar en su espíritu, y dejarse conducir por su Espíritu de vida.

     Nosotros los católicos decimos, generalmente sin calar a fondo, que Jesucristo murió en la cruz para salvarnos. Esta frase y esta idea debemos comprenderla para celebrar esta semana santa en sintonía con los planes de Dios.

     Jesucristo apareció en Galilea proclamando para las gentes más sencillas y pobres, y partir de ellos para todos, la cercanía y la llegada del reinado de Dios. Por aquí tenemos que empezar a comprender el misterio de la salvación en Jesucristo. El reino de Dios es y será una realidad en esta humanidad, ahora y por toda la eternidad a la que Dios nos convoca, cuando verdaderamente nos convirtamos todos los seres humanos a la voluntad de Dios, iluminados y movidos por la fuerza de su santo Espíritu.

     ¿Cuál es esa voluntad de Dios? Que todos lleguemos a ser y a vivir verdaderamente como sus hijos, en amor, en libertad, en paz, en justicia, en fraternidad. La vida y la sociedad que actualmente estamos viviendo no es la voluntad de Dios, un mundo de guerra, de violencia, de odio, de egoísmo, de consumismo materialista, donde se impone el poder de unos sobre otros. Dios no ha querido que sus hijos vivan como si fueran meramente animalitos: sólo comer y beber, sólo mirar para sí mismos.

     La salvación entendida de esta manera, es la que vino a realizar Jesucristo. La predicó con parábolas, la manera más sencilla de hablarnos del amor y de la misericordia de Dios, de sus santos designios. Proclamó la salvación y la volvió evidente por medio de sus milagros. Todas sus obras milagrosas eran señales de la llegada del Reino. Los pobres, los enfermos, los pecadores tuvieron la oportunidad de probar el reinado de Dios hecho salvación y salud, alegría y paz en ese preciso momento, un mundo nuevo, el mundo definitivo gustado por anticipado.

     Jesucristo, y esto es lo que vamos a celebrar en semana santa, dio su vida por ese reinado de Dios, por ese proyecto, por ese plan de Dios de convocar a todos los seres humanos a vivir la fraternidad de una manera fehaciente, palpable, evidente. Solamente estando en sintonía con esta pascua de Jesús es como podemos hablar de que Cristo murió para salvarnos. No podemos entender la salvación de Dios en la muerte en cruz de Jesucristo en clave de magia, sería totalmente lo contrario a los propósitos de Dios. Él no es amigo de los procesos mágicos. Por ello, al celebrar todos los oficios de la semana santa no podemos olvidarnos de las enseñanzas y de los milagros de Jesús en el resto de las páginas de los cuatro evangelios, de su evangelización de los pobres, de su misericordia mostrada a los pecadores, de su salvación operada a partir de los últimos que así son considerados por este mundo, por sus notables y autoridades. La pascua de Cristo es la victoria del Dios de la vida sobre este mundo de muerte.

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