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LA ALEGRÍA DE JESÚS POR LOS PEQUEÑOS

Comentario al evangelio del domingo 6 julio 2014

14º ordinario

Carlos Pérez Barrera, Pbro.
 
     Este capítulo 11 de san Mateo nos ofrece juntas dos miradas o dos actitudes de Jesucristo aparentemente contrapuestas: en los versículos 20-24, Jesucristo maldice a las ciudades de Corazín, Betsaida y Cafarnaúm porque no se han convertido ante los milagros obrados en ellas. (Aunque el mismo evangelista nos habla de bonitas experiencias de fe, sobre todo en Cafarnaúm. Pero la llamada de atención va dirigida a quienes les caiga el saco). Y, por el contrario, en los versículos que siguen, Jesús se pone a bendecir al Padre de los cielos porque los pequeños son los que se han abierto a su buena noticia, a los misterios de Dios revelados por y en él. Es bueno quedarnos con las dos caras de la misma moneda, para no falsear el evangelio de Jesucristo. Hoy, pues, nos ha tocado proclamar esta bendición de Jesús. Convendría echarle un vistazo al evangelio según san Lucas que añade que la alegría de Jesús era en el Espíritu Santo (Lc 10,21).

     Jesucristo bendice al Padre, es decir, lo alaba por la manera como hace las cosas. Deberíamos aprender de él, para ello es preciso alimentar nuestra espiritualidad cristiana día con día con la personalidad de Jesús. Podemos bendecir a Dios por nuestros seres queridos más cercanos (esto es más fácil), por las personas que no están tan cerca de nosotros, por las que nos encontramos en la calle, por las personas que nos atienden en la institución, en la caja, la maestra de la escuela, el que nos trae el gas, la gente que pasa por la calle. Toda persona, todo ser humano es una bendición de Dios… Practiquemos este hábito tan propio de Jesús de bendecir al Padre a todas horas, pero muy especialmente bendigamos al Padre por los pobres, los niños, los enfermos. Jesucristo bendice al Padre por la manera como está haciendo las cosas: les ha revelado sus misterios a los sencillos o pequeños, y se los ha escondido a sabios y entendidos. Seguramente Jesucristo pronuncia espontáneamente esta alabanza por la clase de gente que tenía frente a sí: no eran los escribas y fariseos (para ellos eran sus reclamaciones), sino los más pobres. En la sociedad se habla hoy mucho de los pobres (mujeres privadas de sus derechos, respeto a los migrantes, minorías marginadas, etc., pero muchas veces es sólo una moda intelectualoide. Jesucristo no se queda en la mera alabanza, su mundo eran los pobres. Lo mismo hemos de hacer como Iglesia.

     Alegrémonos nosotros y bendigamos al Padre por las mismas razones de Jesucristo, porque hacer así las cosas es su beneplácito.

     El conocimiento del Padre es un don que Jesucristo nos concede, él nos da a conocer el amor y la misericordia de Dios, el proyecto de su Reino para esta humanidad, su salvación. Y viceversa, el conocimiento de Jesucristo es un don que nos concede el Padre. ¿Sentimos nosotros la dicha de conocer a Jesús? El conocimiento de Jesucristo no es un mérito personal, es una gracia. El conocimiento de Jesucristo es el que nos hace cristianos. Estudiemos los santos evangelios para crecer en ese conocimiento, suplicando desde luego la asistencia del Espíritu Santo.

     Finalmente Jesucristo nos hace este llamado tan bello y consolador: "vengan a mí”. Este mundo está lleno de cansados y agobiados: hay que ir a ellos. Quizá nosotros no seamos los más agobiados, pero el Señor también nos invita a poner nuestro descanso en él. Quienes han conocido a Jesucristo más de cerca nos dan testimonio de que en verdad es reconfortante. Entre más lo conocemos, más nos sentimos aligerados de nuestras cargas. Jesucristo no es una mera devoción, es nuestra salvación (integral), es esa persona a la que reconocemos como a nuestro Maestro, Guía, Camino, Verdad y Vida.

     A la luz de estas palabras, decimos que si la religión nos resulta una carga, no tiene sentido llevarla. Hacer oración sin disfrutarla, como que no tiene sentido, se convierte en mero rezo, en penitencia. Estar en la presencia de Dios es un deleite, ésa es la verdadera oración que debemos practicar y gozar. Leamos la Biblia, los santos evangelios, unos quince minutos, media hora, una hora, pero hagámoslo con gusto, abramos nuestros oídos y nuestro corazón a la Palabra que es de Dios, porque él nos habla, porque nos ama, porque lo amamos. Solamente en ese clima tiene sentido leer la Biblia. No se lee como penitencia, aunque el sacerdote se los deje después de confesarse. Y lo mismo o más hay que decir del amor al prójimo, a los más pobres, del servicio, de la caridad: esta manera de vivir es nuestra felicidad. Hay gente que dice que sólo va a misa cuando le nace del corazón. Esto tiene sentido si le nace a uno cada rato ir a misa, y practicar las demás cosas que comentamos. Pero no tiene sentido cristiano si a uno le nace muy a lo retirado. Es como amar a los seres queridos, a la esposa (o), a los hijos. ¡Imagínense que una persona sienta amor por ellos sólo cada mes o cada año!

     Sólo la fe que aligera la vida, que la ilumina, que la fortalece, es una fe auténticamente de Cristo. El cristianismo ha de vivirse en la alegría de Jesús. Conocer a Jesús es de veras nuestra dicha. ¿Es así?
         

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