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LA SEMILLA DEL REINO

Comentario al evangelio del domingo 13 julio 2014

15º ordinario

Carlos Pérez Barrera, Pbro.


     En estos tres domingos vamos a repasar el capítulo 13 de san Mateo donde el evangelista reúne siete parábolas de Jesucristo: el sembrador, el trigo y la cizaña, la semilla de mostaza, la levadura, el tesoro, la perla y la red. Dos de las siete las explica el mismo Jesucristo, explicación de la que deben partir todas nuestras reflexiones. Cuatro parábolas están dirigidas a toda la multitud, y tres a sus discípulos en privado.


Jesucristo sale de casa, seguramente en Cafarnaúm, la casa de Simón Pedro, y se sienta a la orilla del mar de Galilea. En él tenemos que ver al sembrador que sale a sembrar. Tiene frente a sí a una multitud que se ve obligado a subir a una barca para tomar distancia de la gente y poder así hablarles a todos. ¿Por qué la gente lo seguía y lo escuchaba? Ese lugar se lo fue ganando a pulso, la gente veía algo distinto en él, no como sus escribas, lo dice el evangelista al terminar el sermón de la montaña. En esta ocasión Jesús no realizaría ningún milagro, pero su sola palabra les infundía ánimos, ilusiones; les presentaba a un Dios distinto, abría sus mentes a una humanidad diferente; Jesucristo sembraba en los corazones y en las vidas de todas esas pobres gentes la buena noticia de Dios, la palabra del Reino, la semilla de la esperanza. Nosotros, ¿no quedamos extasiados cada vez que repasamos estas parábolas?


¡Con cuánta pedagogía expone Jesús sus enseñanzas! Las parábolas no son propias de los académicos. Este maestro es un maestro del  pueblo: comunica un misterio tan grande como es el Reino de Dios con comparaciones tan aparentemente triviales, tomadas del mundo de la gente. ¿Todo mundo le entiende y todo mundo se entusiasma con ese reino explicado tan sencillamente? Desde luego que no. En su discurso está este paréntesis tan curioso que Jesús introduce en los versículos 10 al 17. Ya lo habíamos escuchado el domingo pasado en el capítulo 11: el Padre revela sus misterios a los pequeños y se los esconde a los sabios y entendidos. El reino de Dios es la convocatoria que nos hace el Padre eterno. A veces le llamamos cielo, paraíso, casa del Padre, vida eterna. Pero si pensamos sólo en la otra vida, no le estamos entendiendo a Jesús. El reino está cerca, el reino ya está entre nosotros. Estas también son palabras de Cristo. Es un misterio que no acabamos de comprender pero intuimos que se trata de lo mejor que el Padre le puede ofrecer a esta pobre humanidad. Esta es la semilla que el sembrador Jesucristo sale a sembrar.

     Con su parábola del sembrador Jesucristo se descubre como un gran psicólogo, más que eso, como un gran conocedor de los corazones, capacidades y alcances de las personas. Esta parábola, como las otras, es una parábola universal, retrata fielmente a todos los seres humanos, no sólo a los que nos decimos cristianos.

     ¿Cómo explica Jesucristo la semilla que cae en el camino? Dice: "A todo hombre que oye la palabra del Reino y no la entiende, le llega el diablo y le arrebata lo sembrado en su corazón”. Y nosotros lo explicamos así: hay gentes, o habemos, que son tan duros como el camino: duros de cabeza, de corazón, no les entran razones, soberbios, encerrados en sí mismos, no necesitan de nadie, ni siquiera de Dios, no aceptan consejos porque ya lo saben todo y creen que lo pueden todo. De todas maneras Dios los invita a entrar en su proyecto del reino.

     De la gente que es como terreno pedregoso, dice: "significa al que oye la palabra y la acepta inmediatamente con alegría; pero, como es inconstante, no la deja echar raíces, y apenas le viene una tribulación o una persecución por causa de la palabra, sucumbe”. La palabra del reino no echa raíces en la persona. ¿Utilizamos nosotros la palabra "radical”? Viene del latín "radice” que se traduce como raíz. Los radicales no son extremistas o fanáticos, son personas que echan raíz, que generan hondas convicciones. Los cristianos debemos llegar a ser radicales, es la invitación que nos hace el Maestro, es la gente que echa raíces en Jesucristo y en su proyecto del reino de Dios. Lo contrario son los inconstantes, los que flaquean y se echan para atrás, los que no son fieles a un proyecto; ¿cómo pueden ser parte del proyecto del reino?

     Con brevedad también Jesucristo explica a las personas representadas en el terreno lleno de espinos: "representa a aquel que oye la palabra, pero las preocupaciones de la vida y la seducción de las riquezas la sofocan y queda sin fruto”. La semilla del reino no da fruto porque hay muchas cosas que la ahogan: pensemos en las malas amistades, las malas influencias por las que nos dejamos llevar, el trabajo o los negocios que nos absorben y no nos dejan tiempo para lo más importante, y no se diga el afán de hacer dinero. Por eso tantos católicos, incluso muy devotos, no sirven para el reino, porque tienen otros intereses.

     Afortunadamente, como lo constata el mismo Jesús, hay personas en este mundo que son tierra fértil. Son los que acogen la propuesta de Dios de un mundo nuevo según sus criterios, de una sociedad incluyente como la realizaba Cristo con sus milagros, y luchan con él por esos ideales, son los servidores del mundo, los que se sacrifican a sí mismos como su Maestro. Estos son sus verdaderos discípulos. Y entre los no creyentes hay muchos que son buena tierra.

                       

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