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LA GRATUIDAD DE DIOS EXPRESADA EN EL PAN
Comentario al evangelio del domingo 3 agosto 2014
18º ordinario
Carlos Pérez Barrera, Pbro.
     ¡Qué bellas palabras escuchamos hoy en la Palabra de Dios! "Todos ustedes, los que tienen sed, vengan por agua; y los que no tienen dinero, vengan, tomen trigo y coman; tomen vino y leche sin pagar”. Es la convocatoria de Dios para todos los seres humanos, es la invitación de Dios para todos los seres vivos. ¿Ya hemos tomado conciencia de que la creación entera es un don gratuito de Dios? No debemos nunca dejar de sorprendernos ante el milagro de la vida: Dios alimenta a sus criaturas por siglos y milenios y millones de años. Entonces, ¿por qué los seres humanos hemos inventado y nos hemos sumergido en una economía tan calculadora, tan poquitera, tan egoísta? Estamos desentonando con Dios.

     En la segunda lectura san Pablo nos habla del amor de Dios manifestado en Cristo. No podemos ver otra cosa en la maravilla de la creación. Y hoy lo contemplamos en el santo evangelio dándole de comer a multitudes. El milagro de los panes es el milagro de Dios de todos los días. Tres veces al día, si no es que más, Dios nos alimenta. Quizá no tengamos conciencia de su gratuidad, quizá en nuestro ensimismamiento pensemos que el pan de cada día nos lo ganamos con el trabajo de nuestras manos. Pero las cosas no son así, lo decimos y lo vivimos desde nuestra calidad de seres creyentes. Dios es el que nos alimenta, gratuitamente, nos portemos bien o nos portemos mal, como lo dice Jesús en otro lugar del evangelio (Mateo 5,45). Antes de que el ser humano supiera cultivar la tierra, antes de que inventara las bodegas y el dinero y los bancos, desde mucho antes Dios ya nos alimentaba.

     Hoy Jesucristo quiere que nos abramos a la fe, a la conciencia de la gratuidad de Dios y a que entremos en sus planes y proyectos, que seamos nosotros también parte de su gratuidad, que inventemos una sociedad y una economía en sintonía con la mentalidad de Dios.

     ¿Qué hizo Jesucristo?

-       Tomó los cinco panes y los dos pescados.- No lo dice san Mateo pero yo quiero imaginarme a Jesucristo tomando los cinco panes y los dos pescados con mucho respeto, con mucha fe, de la buena, no con el sentido mágico que nosotros arrastramos, con mucho cariño, porque el pan es un don de Dios.

-       levantando los ojos al cielo.- Con todo lo que eso conlleva. Levanta los ojos al cielo el humilde, el pobre, el que se sabe necesitado frente a Dios. El soberbio no levanta sus ojos al cielo.

-       Pronunció la bendición.- Juan utiliza la palabra "eucaristesas” que significa "dadas las gracias”, mientras que Mateo, Marcos y Lucas utilizan la palabra griega "eulóguesen” que significa "bendecir”. Se trata no de bendecir la comida sino a Dios. ("Según la costumbre judía, el que preside una comida toma el pan y dice: "Bendito seas tú, Señor, Dios nuestro, rey del universo, que produces el pan de la tierra.”. ¿Acostumbran ustedes bendecir a Dios cuando se sientan a la mesa y en otros momentos? ¿Se lo enseñan a sus hijos? Háganlo de manera muy sencilla, no se trata de recitar oraciones bellamente redactadas para que los demás digan ¡qué bonito bendice los alimentos! No. Simplemente digan: "bendito seas Señor por este bocado que dispones para nosotros, porque lo dispones todos los días”. Y cuando se pongan una prenda de vestir, aunque esté vieja: bendito seas, Señor. Y cuando se pongan unas chanclas: bendito seas, Señor. Esta costumbre educa, además, nuestro corazón.

-       Partiendo los panes.- Siempre recalcamos que en ningún momento el evangelista, o Jesús mismo, mencionan la palabra "multiplicar”. Nuestras Biblias ponen el titulito "primera multiplicación de los panes”, pero ese titulito no es palabra de Dios, no lo escribió san Mateo, ni los escritores sagrados el resto de los titulitos que sirven más bien para localizar más fácilmente un pasaje. Esta palabra indica una mentalidad distinta que no es la de Jesús. El Maestro nos ha dejado la misión de darle de comer a esta humanidad. ¿Qué se nos ocurre para hacerlo? Hacernos de mucho dinero para repartir alimentos en las colonias. O sacarnos la lotería. O hacernos amigos de los ricos o de los políticos para que nos suelten recursos para los más pobres. Esta es nuestra mentalidad metalizada e inmediatista. Jesucristo quiere que le enseñemos a la gente su solución, que es salvación. Partir el pan es el camino de Jesús. Si aprendiéramos a partir el pan los seres humanos. No habría hambre.

-       Se los dio a los discípulos y los discípulos a la gente. En los discípulos vemos a la Iglesia, nos vemos a nosotros mismos. No tenemos recursos para repartir entre los pobres, pero compartimos lo poco que tenemos para enseñarle al mundo lo que aprendemos de Jesús. Aquí es donde los clérigos deberíamos de parecernos a los apóstoles: servidores de los pobres. No los que se sientan como altas dignidades para que los pobres les sirvan. ¡Qué diéramos por ver a los obispos y a los cardenales sirviéndoles el pan a los pobres!

     Estas son las acciones que Jesucristo le propone a  este mundo, y son muy efectivas, sin magias, y desde luego que sin cálculos economicistas: tomar los bienes de este mundo y partirlos para que todos coman. Nuestro papel de Iglesia es servir a esta acción, siendo nosotros mismos gratuidad de Dios para los demás.

 


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