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LA FIESTA DEL REINO
Comentario al evangelio del domingo 12 octubre 2014, 28º ordinario
Mateo 22,1-14.
Carlos Pérez Barrera, Pbro.
 
     El evangelista san Mateo nos platica en su capítulo 21 que Jesucristo había llegado a la ciudad de Jerusalén. ¿Cómo llegó? Lo celebramos el domingo de ramos. Inmediatamente se fue al templo. Pero no me van a creer si se lo digo de esta manera: en vez de ir a persignarse, a rezar, a meditar, se fue a echar pleito. Es cierto, expulsó a los vendedores con un poco de violencia. No eran los vendedores ambulantes (disculpen que lo repita cada vez que se ofrece) sino los vendedores de las cosas que se necesitaban para el culto: bueyes, ovejas, palomas, cambistas. Eran parte del aparato que comandaban los sumos sacerdotes y ancianos del sanedrín. El pleito iba dirigido contra ellos. Estas gentes captaron muy bien que la provocación iba dirigida contra ellos y por eso se le acercaron para cuestionarle acción tan atrevida. Le habían preguntado que con qué autoridad hacía eso. Jesucristo no responde a su pregunta porque tampoco ellos respondieron a la suya, pero sí les dirige tres parábolas muy fuertes: la parábola de los dos hijos que proclamamos el domingo antepasado, la parábola de los viñadores homicidas que proclamamos el domingo pasado, y la parábola del banquete de bodas desairado que hemos proclamado hoy.
 
     Jesucristo nos dice que "el Reino de los cielos es semejante a un rey que preparó un banquete de bodas para su hijo”, pero hubo algunos que se negaron a entrar en la fiesta de Dios. ¿Quiénes? En aquellos tiempos fueron los sumos sacerdotes y los ancianos, los que trastocaron la fiesta de Dios en una estructura legalista, rígida, atemorizadora, cuadriculada, excluyente. Y Jesucristo vino a convocar a los enfermos a la fiesta de la salud y de la inclusión, a los pobres a la fiesta de la bendición de Dios, a los extranjeros, a los pequeños a la fiesta de la vida en plenitud.
 
     A los niños habría que decirles que el Reino de los cielos es semejante a una piñata o una fiesta infantil (y hay quienes se oponen al uso de los títeres para explicar el evangelio). El Reino de los cielos definitivamente no es semejante a un velorio, o a una lucha por el poder, o a una campaña comercial, ni siquiera nos dice Jesús que el reino de los cielos se parece a un rezo o celebración donde todo mundo se aburre, por muy religiosa que parezca. En la Iglesia tenemos muchos momentos así. ¿Por qué seremos tan serios y formales? Nuestra liturgia tendría que ser diferente: al menos una convivencia popular, un encuentro de amigos y hermanos; no como una borrachera o una pachanga que termina en pleito, pero sí como una fiesta de bodas, donde hay música, alegría, fraternidad.
 
     Jesucristo no miente para atraernos artificialmente con engaños. No podemos imaginarnos el Reino de los cielos de otra manera sino como una verdadera fiesta. Por eso, debemos reflexionar quiénes son ahora esos invitados que se niegan a entrar en la fiesta de las bodas del Hijo de Dios.
 
     ¿No seremos nosotros los clérigos tan desabridos como incoloros? ¿No habrá muchos de esos invitados desairadores en los altos mandos de la Iglesia y por eso nuestra Iglesia no acaba de ser un lugar donde reine la alegría?
 
     Algo o mucho tenemos que hacer para que nuestros encuentros eclesiales sean otra cosa. Y dicen algunos que los niños no deben subir al presbiterio para darle la paz al sacerdote porque se hace mucho ruido o alboroto. ¿Entonces en qué están pensando: que estamos en un funeral? A mí sería lo que más me costaría trabajo, retirar a los niños en el momento del saludo de la paz. Es un momento tan breve y es, lamentablemente, el único momento en que los niños se sienten en su casa.
 
     En el sínodo sobre la familia que se está celebrando en estos días en Roma, parece que hay algunos que desean cancelar la fiesta de Dios. El Papa, en la misa de apertura ha dicho: "El sueño de Dios siempre se enfrenta con la hipocresía de algunos servidores suyos. Podemos «frustrar» el sueño de Dios si no nos dejamos guiar por el Espíritu Santo. El Espíritu nos da esa sabiduría que va más allá de la ciencia, para trabajar generosamente con verdadera libertad y humilde creatividad…”.
 
     Hay que decir que no sólo la liturgia, sino la vida cristiana toda, la vida de iglesia, la vida humana debe ser una fiesta, anticipación de la definitiva fiesta del Reino a la que somos invitados.

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