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¿EN QUÉ CONSISTE AMAR A DIOS Y AL PRÓJIMO?
Comentario al evangelio del domingo 26 octubre 2014, Mateo 22,34-40.
Domingo 30º ordinario
Carlos Pérez Barrera, Pbro.
 
     Convendría, si acaso ya nos estamos haciendo estudiosos de la palabra de Jesucristo, que comparáramos los tres evangelios que nos narran este pasaje, e incluso que incluyéramos a san Juan. Es la memoria y la vivencia que conservaba cada comunidad de las enseñanzas de su Maestro Jesucristo. Mateo 22 es el que hemos proclamado hoy. Aquí son los fariseos los que se ponen de acuerdo para tentar a Jesús. Y es Jesucristo el que responde con los dos mandamientos tomados de Deuteronomio 6,5 y de Levítico 19,18. En Marcos 12 es un escriba el que se acerca con la pregunta. Al igual que en Mateo, es Jesús el que responde. Se trata de un escriba bien intencionado porque incluso repite afirmativamente la respuesta de Jesús. En cambio, en Lucas 10 se trata de un legista o maestro de la ley, y pregunta por la vida eterna, no por el mandamiento más importante. Jesucristo lo obliga a que responda él mismo. Y la consecuencia concreta de estos mandamientos es la parábola del samaritano compasivo. En el evangelio de Juan 13 y 15 tenemos el mandamiento nuevo del amor: "ámense los unos a los otros". Se trata del amor al interior de la comunidad de discípulos.

Amar a Dios y al prójimo son los dos mandamientos más importantes ya no tanto de la ley de Dios recibida por Moisés sino el núcleo más importante de nuestra fe cristiana, de nuestro seguimiento de Jesucristo.

Pero no es lo mismo decir que hay que amar a Dios sino cómo. ¿En qué consiste amar a Dios? El asunto está en que cada quien puede poner en práctica el amor a Dios como le dé le gana. Habrá quienes entiendan que amar a Dios es meramente un acto mental: yo creo que Dios es el creador de todas las cosas, que vive en el cielo, y yo lo quiero mucho en el fondo de mi corazón, aunque no tenga manera de brindarle mis atenciones, porque no necesita nada de mí. Si acaso lo que le puedo ofrecer son mis devociones y oraciones. Este amor, la verdad, es meramente sentimental, porque se queda en el mero sentimiento, pero no es tan real. Por eso debemos contemplar el amor a Dios en la persona de Jesucristo. ¿Cómo amaba Jesús a su Padre Dios? Demostraba su amor obedeciendo en todo su voluntad, hasta la muerte y una muerte de cruz. Así debe el cristiano amar a Dios, estando atento a su Palabra, estudiándola, escuchándola con atención y con obediencia. Y eso es lo que nos pide desde la antigüedad: "Guarda puntualmente los mandamientos de Yahveh tu Dios, los estatutos y preceptos que te ha prescrito, harás lo que es justo y bueno a los ojos de Yahveh para que seas feliz”  (Deuteronomio 6,17). Y Jesucristo eso es lo que nos enseña: "Si guardan mis mandamientos, permanecerán en mi amor, como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor” (Juan 15,10). Dios nos ha regalado esa Palabra por el amor que nos tiene. Él no se goza mandando y mandando cosas sobre sus subalternos nomás por el gozo de estar mandando. No. Él nos regala sus mandamientos por el bien de nosotros, porque en ellos, en su Palabra está la vida, la salud, la salvación, la felicidad. En correspondencia, el cristiano se pone en el camino de Dios escuchando su Palabra contenida en la Biblia, de manera especial en los santos evangelios. Y Jesucristo nos dice con qué intensidad: "con todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente”. Así es que debemos poner la voluntad de Dios muy por encima de nuestras ocurrencias, intereses o antojos.

Quizá el amor al prójimo está bien concretizado en el "como a ti mismo”. Al prójimo no nos pide Jesús que lo amemos de manera absoluta, porque el amor absoluto se lo debemos sólo a Dios, y nuestro prójimo no es Dios, es solamente una criatura como nosotros. Pero para que no nos quedemos tampoco en un amor meramente sentimental, Jesucristo, con el conocimiento tan sabio que tiene del ser humano, agrega que nuestro amor debe ser como cada quien se ama a sí mismo. Y esto, hay que reconocerlo, está difícil, porque habría que hacer por el prójimo todo lo que uno hace por sí mismo: alimentarme, asearme, vestirme, curarme, atenderme, descansarme, divertirme, consentirme. ¿Quién hace todo eso por su prójimo? Pues Jesucristo sí lo hace, incluso más que por sí mismo.

En estos dos mandamientos, dice nuestro Maestro, se encierra toda la ley de Dios y los profetas. Sin embargo, en nuestra Iglesia católica nos hemos atrapado en una súper estructura en la que le damos prioridad a muchas otras cosas, y dejamos el amor a Dios y al prójimo como cosas secundarias. Esto se deja ver en el aprecio y prioridad que le damos a nuestras celebraciones en la vida parroquial y diocesana. El servicio de la caridad, donde se tiene, es muy reducido, la pastoral de migrantes (¿en cuántas parroquias hay centros de acogida?), la pastoral obrera (¿quién se dedica a eso?), la pastoral de la salud (no sólo el sacramento de la unción, sino la atención integral de nuestros enfermos). Nos encantan los eventos mediáticos, masivos, el relumbrón, pero dejamos la misericordia a un lado. Para Jesús la pastoral era eso, salir al encuentro de manera efectiva, de los enfermos, los pobres, los pecadores, los excluidos. De él debemos tomar el camino.
       

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