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¿QUÉ HACEMOS CON NUESTRO TALENTO?
Comentario al evangelio del domingo 16 noviembre 2014, Mateo 25,14-30.
33º ordinario
 
Carlos Pérez Barrera, Pbro.
 
     La secuencia que venimos haciendo del evangelio según san Mateo en los domingos del tiempo ordinario finaliza con este capítulo 25 que contiene tres pasajes: la parábola de las diez muchachas que nos tocaba proclamar el domingo pasado pero no leímos porque se nos atravesó otra fiesta; la parábola de los talentos que proclamamos hoy, y el domingo que viene, en la fiesta de Cristo rey, la buena noticia de la concesión del reino para los que viven la misericordia.

     Jesucristo nos está hablando del reino de los cielos, es decir, del proyecto o de la obra del Padre para esta humanidad. Nos ofrece una comparación del mundo de las finanzas (diríamos hoy) para referirse a los dones materiales y espirituales, a las cualidades y aptitudes que nos ha dado el Creador para que trabajemos en esa obra tan grandiosa que es su Reino. Desde luego que Jesucristo no está pensando en que hagamos dinero con esos bienes, conocemos bien a qué se está refiriendo.

     El leccionario utiliza la palabra "millones” para hacer más fácil de entender este pasaje, sin necesidad de explicaciones. La Biblia de Jerusalén sí utiliza la palabra "talento", y la Biblia Latinoamericana, "talentos de oro”. La palabra talento originalmente se refería a una moneda de cambio del mundo grecorromano. A partir del evangelio, es decir, de la enseñanza de Jesucristo, es como la palabra "talento” ha venido a ser sinónimo de don, de gracia, de cualidad personal: tienes talento para la música, para la pintura, etc. Muchas palabras y frases de Jesús se han universalizado y han pasado a ser parte de nuestro lenguaje común y de nuestra mentalidad, aun del mundo no creyente.

     Todos gozamos de muchos talentos, a pesar de que algunos piensan que no. Sería bueno cada que uno de los católicos hiciera un recuento de todos los dones y gracias que Dios le ha concedido: vida, salud, familia, inteligencia, educación, estudios, trabajo, vivienda… dinero, comodidades, auto, tele y demás aparatos. Pero sobre todo: evangelio, conocimiento de Jesucristo, Palabra de Dios, sacramentos, vida espiritual, fraternidad, vida de Iglesia, aptitudes y cualidades para algún ministerio o apostolado, etc.

     Una vez que hayamos hecho ese recuento, entonces convendría que cada quien se hiciera estas preguntas: ¿qué he hecho y qué estoy haciendo con todos esos talentos de Dios? ¿Qué cuentas le presento ahora, y qué cuentas le voy a presentar al final de mi vida en este mundo? ¿Con cuál de los siervos de la parábola me identifico, con el que rindió frutos o con el que escondió su talento?

     Muchos católicos piensan que buenas cuentas son el no cometer pecados graves: no mato, no robo, no cometo adulterio, pero viven su vida encerrados en sí mismos, viven su vida para sí y para su estrecho círculo familiar. ¡Imagínense que Jesucristo hubiera vivido su vida de esa manera! Él vivió su vida enteramente para los demás, se la pasó haciendo el bien, como dice san Pedro en el libro de los Hechos (10,38), evangelizó a los pobres, abrió los ojos a los ciegos (del alma y del cuerpo), vino a proclamar la liberación de los oprimidos (vean Lucas 4,18-19). En una palabra, vino a servir al reino de Dios, la convocatoria para todos los seres humanos, un don de Dios pero también una tarea de nosotros.

     No guardemos nuestros talentos en un cajón o en lo secreto de nuestro corazón. Hagamos rendir nuestros talentos en el servicio a nuestros hermanos, a nuestro mundo que tanto necesita de la buena noticia del amor, de la justicia y de la paz de Dios.

     Hagamos labor para que todos nuestros católicos tomen conciencia de que tienen que ser miembros activos: en la Iglesia y en la sociedad.

 



 

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