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LA ENCARNACIÓN DEL HIJO DE DIOS NO ES UN MOMENTO SINO TODA SU VIDA
Comentario al evangelio del domingo 21 diciembre 2014, Lucas 1,26-38.
4º adviento
 
Carlos Pérez Barrera, Pbro.
 
     Escuchamos en la primera lectura que Dios interviene para poner en su justo lugar las pretensiones del rey David frente a sus propósitos divinos. David quiere construirle una casa a Dios, quizá tratando de emular a los imperios vecinos que construían templos fastuosos para sus dioses. Dios le expresa su negativa y le recuerda que siempre ha vivido y caminado en medio de su pueblo (v. 7). El pueblo peregrino ha sido su mejor casa. Y al revés, Dios es el que le va a construir una "casa” a David, en el sentido de familia. David no entendió los alcances de esta profecía, nosotros ahora captamos que esta familia, este hijo o descendencia del v. 14 es Jesucristo, en él depositaría su reinado eterno.
     De igual forma es la Palabra de Dios la que viene a recordarnos el sentido de la Navidad. Frente al consumo de comidas y bebidas, y regalos meramente materiales, nuestra sociedad ya está empujando hacia otros valores, más positivos, más humanistas: la alegría no tan superficial que se busca motivar en hospitales y colonias populares, el compartir, el amor a los pobres y demás marginados, el deseo de paz en estos tiempos de tanta violencia, el anhelo expresado en esos sentimientos por construir un mundo mejor para todos.
     Todo esto es muy positivo, sin embargo, nuestra Navidad cristiana va más allá. Para nosotros los creyentes la Navidad es la llegada del Hijo de Dios en nuestra carne, hace dos mil años. En el evangelio de hoy hemos escuchado el anuncio de la Encarnación del Verbo en el seno de María. Esa fue la Navidad auténtica, sin adornos, sin anuncios en los medios. El anuncio del ángel a una muchacha humilde, de una aldea desconocida de la región de Galilea, Nazaret, la que ni siquiera había sido mencionada en todo el Antiguo Testamento, resulta un anuncio demasiado discreto para acontecimiento tan grande. Dios así lo quiso.
     La Encarnación del Hijo de Dios no es un momento, sino toda una vida, desde su concepción hasta su muerte y resurrección; son esos treinta y tantos años de vida mortal y terrena que vivió encarnadamente Jesucristo en nuestro mundo, como le decía Dios al rey David en el versículo 7 que no se lee hoy en la primera lectura: "En todo el tiempo que he caminado entre todos los israelitas". Si en la antigüedad Dios había estado presenten por medio de un arca protegida por una tienda de campaña, ahora, en los tiempos nuevos, el mismísimo Hijo de Dios en persona vino a caminar en medio del pueblo, a vivir una vida extraordinariamente humana, como sólo Dios podía vivirla.
     Cuando hablamos del grandísimo acontecimiento de la Encarnación y del Nacimiento de Jesús, pensamos en todos esos años vividos en Galilea que culminaron en la cruz y la resurrección, pasando por todos sus milagros, sus enseñanzas, sus parábolas, sus contactos personales, sus conflictos. Todo ese conjunto de vida encarnada es lo que celebramos en Navidad, la mejor noticia que tenemos que ofrecer al mundo, especialmente el mundo de nuestros días.
     El ángel le anuncia a María que va a concebir a este hijo sin el concurso del varón, por obra del Espíritu Santo. Durante mucho tiempo en nuestra Iglesia se ha querido leer este anuncio como un desprecio a la sexualidad humana, como si Dios dijera, no quiero que mi Hijo llegue al mundo por un acto tan sucio como es la relación sexual entre un hombre y una mujer. Pero en el relato de san Lucas esto está completamente ausente. La virginidad de María no es el centro de la revelación, sino la decisión de Dios de prescindir del hombre. La cuestión no es de sexualidad, sino de poder. Dios quiere realizar la salvación del hombre escogiendo la parte más débil de la humanidad, la mujer, como otras veces en la historia de la salvación había recurrido a mujeres estériles. Ahora escoge a una muchacha virgen para hacer ver que su fuerza y su poder es de él, para que el hombre, o sea el macho, el predominante en aquella y en todas las sociedades, se dé cuenta que Dios puede hacer las cosas porque la Obra es de él. La Salvación de esta humanidad, y esto cómo tardamos en comprenderlo, no es cosa de nosotros, lo vemos cada día, y a través de siglos y siglos: no sabemos, no queremos, no podemos recomponer el mundo con nuestras solas fuerzas. La salvación y la transformación de este mundo en un paraíso será cosa sólo de Dios.
     Preparémonos pues adecuadamente en estos días que faltan para la noche del 24 para llegar a celebrar una Navidad como la de hace 2 mil años, la del establo de Belén: el Dios todopoderoso que se despojó de todo para redimir a esta humanidad de la altanería que nos precipita en la condenación que estamos viviendo actualmente. Cada año invitamos a nuestra gente a dejar de lado la Navidad comercial y poner toda su atención en la Navidad de Jesucristo, la que celebramos como comunidad pobre y creyente, reunida en asamblea litúrgica, al pie del pesebre, en la escucha atenta de la Palabra y ante la presencia eucarística del Verbo.
    

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