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ÉSTE ES MI HIJO, EN ÉL ME COMPLAZCO
Comentario al evangelio del domingo 11 enero 2015, Marcos 1,7-11.
El bautismo del Señor
 
Carlos Pérez Barrera, Pbro.
 
     Para cerrar este tiempo litúrgico de la navidad, celebramos la fiesta del bautismo del Señor, así concluimos la primera etapa de su vida, la llamada vida oculta. Contemplamos pues a Jesucristo manifestando y siendo manifestado por el Espíritu Santo.
 
     Jesucristo era Hijo de Dios desde la eternidad. Su bautismo no fue para que lo hicieran hijo de Dios, más bien fue un manifestarse como Hijo de las complacencias del Padre. El Hijo de Dios ya vivía en la eterna comunión con el Espíritu Santo. No fue al Jordán para recibir algo que no tenía, sino para manifestar que ya lo tenía, y en plenitud. Jesucristo fue a hacer su presentación pública. Y quienes lo presentan es primeramente Juan, un profeta testigo que da testimonio de él; pero es el Espíritu Santo el que hace su presentación, o mejor dicho, su unción solemne, su consagración.
 
     Jesucristo no se fue al templo de Jerusalén para iniciar ahí su labor apostólica. Para un buen judío esto sería lo más indicado, y ser ungido ahí por un funcionario legítimo del templo. No fue así. Jesús se dirigió al Jordán para colocarse en medio de los pecadores que acudían con Juan a bautizarse. Jesucristo aparece ahí como uno más de ellos. Para eso tenía al Espíritu Santo, para ir con los pecadores.
 
     En su bautismo Jesucristo explicita, es decir, no la recibe en ese momento, sino que la hace explícita, palpable para todos nosotros, su misión al venir a este mundo. Se trata, repitiendo lo anterior, de manifestar al pueblo judío que él había sido ungido solemnemente, consagrado para cumplir la misión que le encomendaba el Padre eterno.
 
     El profeta Isaías, en la primera lectura (hay varias opciones de primeras lecturas para este día), nos dice: "En él he puesto mi espíritu para que haga brillar la justicia sobre las naciones… para que abras los ojos de los ciegos, saques a los cautivos de la prisión y de la mazmorra a los que habitan en tinieblas”. Pongamos atención a las palabras. Jesucristo no vino ungido por el Espíritu para dedicarse al culto, a los oficios religiosos. Su labor tiene que ver con la justicia, con la libertad de los seres humanos. Y en verdad que el evangelista nos hablará a lo largo de su evangelio de esta labor de Jesucristo en medio de los pobres, los oprimidos, los que habitan en tinieblas.
 
     El bautismo de Jesucristo necesariamente nos remite a reflexionar en el bautismo que nosotros hemos recibido. No dejemos de hacer notar la ligereza con que la inmensa mayoría de nuestros católicos se toma este sacramento, que ya no es el de Juan sino el de Jesús. Nuestros católicos bautizan y se quedan satisfechos con la mera ceremonia: con eso ya cumplieron con la Iglesia, con Dios y consigo mismos. El niño ya es cristiano y podrán formarlo en los esquemas del mundo, o dejar que sea el mundo el que le dé forma al niño a según el mismo mundo. Entonces, nos preguntamos en la Iglesia: ¿para qué querían el bautismo si lo iban a asimilar al mundo? Mejor que el mundo se los hubiera bautizado o iniciado a su manera y en sus cosas.
    
     Mucho trabajo tenemos que realizar en nuestra Iglesia y en nuestro mundo. En el bautismo vivimos, como un momento solemne, que Dios quiere hacernos sus hijos en los que él se complace, sus enviados a realizar su santa voluntad de salvar a este mundo de pecadores, su voluntad de darle vida a este mundo de muerte. No queremos por el bautismo hacer más grande la bola de católicos, lo que Dios quiere es que cada uno se convierta en un enviado suyo, un enviado de su salvación, un enviado de su gracia, y en esto Jesucristo es nuestro modelo, nuestra fuerza, nuestra vida.

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