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LA ENSEÑANZA AUTORIZADA DE JESUCRISTO
Comentario al evangelio del domingo 1 febrero 2015, Marcos 1,21-28.
4º domingo ordinario
Carlos Pérez Barrera, Pbro.
 
     San Marcos nos presenta a Jesucristo como un Maestro, enseñando al pueblo más sencillo. Por ello nos dice repetidamente a lo largo de su evangelio que Jesús "se ponía a enseñar”. ¿Qué les enseñaba? No lo dice el evangelista. Lo que le interesa es contarnos la reacción de la gente ante tal enseñanza: quedaba sorprendida, porque se trataba de una enseñanza autorizada (no autoritarista que es cosa contraria), y no como sus escribas. Los escribas eran personas que sabían leer el hebreo bíblico. El pueblo hablaba el arameo, la lengua vulgar de todos los pueblos de alrededor. Pero además de saber leerle la Biblia al pueblo, la comentaban. Esto lo hacían los sábados en las sinagogas. La sinagoga era el lugar de escucha de la Palabra, de oración y de encuentro de la comunidad creyente.
 
     Lo que le faltaba a la enseñanza de los escribas lo podemos saber por otras páginas de los evangelios, les faltaba coherencia, les faltaban obras, les faltaba eficacia en cuanto a la vida y las personas. En 12,38-40 nos dirá san Marcos: "Guárdense de los escribas, que gustan pasear con amplio ropaje, ser saludados en las plazas, ocupar los primeros asientos en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes; y que devoran la hacienda de las viudas so capa de largas oraciones. Esos tendrán una sentencia más rigurosa”.
 
     En cambio, la enseñanza de Jesús, además de la coherencia entre su palabra y su manera de vivir, era una enseñanza eficaz, una enseñanza liberadora. Así lo vemos en el evangelio, cuando expulsa al espíritu impuro, la gente exclama: "¿Qué nueva doctrina es ésta? Este hombre tiene autoridad para mandar hasta a los espíritus inmundos y lo obedecen”.
 
     ¿Por qué se da esta expulsión en una sinagoga si es el lugar santo donde se escucha la Palabra de Dios? Es el primer milagro obrado por Jesús según el evangelio de san Marcos. Es como la introducción a todos sus milagros. Es como dar el tono de toda la obra de Jesús. Jesucristo viene a purificar a este pueblo que era considerado impuro por parte de sus dirigentes religiosos. Si eran pobres, si estaban llenos de enfermos, si tenían tantos problemas, vistos desde la religiosidad judía, es que Dios no estaba con ellos, porque eran pecadores, porque estaban contaminados. Y por el lado contrario, posiblemente también el evangelista lo que quiere darnos a entender es que la enseñanza de la Palabra que comentaban los escribas estaba contaminada, o quizá la misma ley de Moisés era la contaminada. El caso es que ésta será la labor de Jesucristo, purificar a este pobre pueblo galileo. Podemos ver por ejemplo el milagro obrado en el leproso. Jesús le decía "quiero, queda limpio”. Al paralítico, Jesucristo no lo recibió, como sería de esperar, con una palabra que lo levantara de su camilla, sino con el perdón de sus pecados. Es que así lo consideraban los judíos: está paralítico por causa de sus pecados. Jesucristo viene a buscar a los pecadores, con quienes come y convive, como lo vemos en la casa de Leví el publicano. Más adelante vemos a Jesús purificando y declarando que la mujer que tenía 12 años con flujo de sangre era una mujer pura y limpia; lo mismo que la hija de Jairo, que a sus doce años comenzaría a tener su períodos. Jesucristo les hará ver que las mujeres no son impuras, como las consideraban los magistrados judíos. Esta labor purificadora y liberadora es la enseñanza y la obra que distinguirá a este nuevo Maestro del pueblo.
 
     Jesucristo no viene a destruir sino a sanar, a dar vida. A esta pobre humanidad la vemos así, poseída del espíritu de la inmundicia, no física, sino moral, espiritual, una inmundicia que deshumaniza a las personas. Muchos nos preguntamos con frecuencia, con confusión, ante el misterio de las malas intenciones de los hombres: ¿qué es lo que conduce a una persona a hacer sufrir a otra, a veces tan terriblemente como sucedió en los campos nazis de exterminio, en el crimen organizado, la delincuencia o en el ambiente de la corrupción del gobierno y de la empresa, o hasta en los conflictos familiares o vecinales? ¿Qué es lo que nos empuja a hacerles daño a los otros? No nos quedemos en el sentido mágico de hace siglos. Mucho tiene que ver nuestra genética, eso lo hemos sabido por la ciencia, tenemos un instinto natural que nos hace reaccionar violentamente, como a los demás seres vivos, que la requieren para sobrevivir, para alimentarse, defenderse, reproducirse. En una o en otra manera, de todas maneras la labor de Jesucristo es liberar a las personas de ese espíritu que los contamina, o de esa fuerza que los impulsa a hacer lo contrario (ver Rom 7,15).
 
     Digamos igualmente que ésta es la labor de nosotros la Iglesia. No debemos perder el tiempo en otras cosas muy religiosas cuando hay tanta urgencia y gravedad por hacer que este mundo se libere del espíritu que lo posee, y que se abra al Espíritu de Jesucristo, porque estamos seguros con Jesús que el ser humano es capaz de volverse positivo, de volverse un ser plenamente espiritual, calcado en su modelo de hombre-mujer que es el Hijo de Dios hecho carne.

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