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JESUCRISTO VIENE A PREDICAR A LOS DEMÁS PUEBLOS
Comentario al evangelio del domingo 8 febrero 2015, Marcos 1,29-39.
5º domingo ordinario
Carlos Pérez Barrera, Pbro.
 
     El domingo pasado contemplamos a Jesús enseñando en la sinagoga de Cafarnaúm, el pueblo donde habitaban sus primeros discípulos. Ahora lo vemos que sale de la sinagoga y se va a la casa de Simón y Andrés. Fijémonos cómo en aquel tiempo Jesucristo llamó para ser su discípulo y posteriormente la cabeza del grupo de sus apóstoles, a un hombre maduro que era o había sido casado. No se dice nada de su mujer o de sus hijos pero se menciona a su suegra. Comprometer más a hombres y mujeres casados es lo que le falta a la Iglesia de hoy.

     A donde quiera que llegue, vamos a ver a Jesucristo transformando a las personas. La suegra de Simón estaba en cama con fiebre, todo está en que Jesús la tomara de la mano para que ella se levantara y se pusiera a servirles. No es que Jesús la haya hecho sirvienta, eso sonaría muy mal hoy día, al contrario, le dio la facultad de servir, porque servir es la vocación de todo cristiano, hasta el mismo Hijo de Dios se hizo servidor de toda la humanidad. Servir no es una cosa denigrante, es una alta dignidad. Él les dirá más delante a sus discípulos: "el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir” (Marcos 10,45).

     Una vez que se termina el sábado con la puesta del sol, todo el pueblo se agolpa a la puerta de la casa de Simón. Esta gente había quedado impactada en la sinagoga por la expulsión del espíritu impuro y ahora le presentan a Jesús a sus enfermos y poseídos del demonio. Jesús curó a muchos y expulsó muchos demonios. Imagínense el futuro que le esperaba a una persona que en su primera presentación en público tuviera tal éxito. Jesucristo, por eso, tenía que recogerse en la oración para asimilar ese momento desde los planes del Padre, para discernir con profundidad su mesianismo. Eso mismo sucede ahora, lo vemos en El Tizonazo, en Chalma, en Plateros, etc. Las multitudes se congregan para obtener algún milagro, la salud, la salida de algún problema. Pero, con todo el respeto que se merecen las necesidades de las gentes, y que deben ser atendidas, Jesús viene a algo más que ser el remedio inmediato o inmediatista ante tantas necesidades, Jesús viene a ofrecer el Reino de Dios, y los milagros son sólo un signo palpable de que ha llegado a esas pobres gentes.

     Así es que en la madrugada sale de casa, sin que lo noten, y se va a un lugar solitario a orar. No nos dice el evangelista qué tantas cosas rezó Jesucristo en esa madrugada. Debieron haber sido varias horas hasta que sus discípulos lo encontraron. El evangelista no nos dice qué tanto rezó porque seguramente no hubo rezos sino oración. No podemos imaginarnos a Jesús sino en silencio, en una oración contemplativa, sintiendo la presencia de Dios Padre, repasando su santa voluntad, abriendo sus oídos y su corazón a su Palabra. La oración de Jesús era una oración de discernimiento. En nuestras oraciones por lo general nosotros somos los que hablamos, lo que impide que nos pongamos a escuchar a Dios o que abramos todos nuestros sentidos a él.

     Por ello, cuando los discípulos le reclaman que todos lo andan buscando, con toda claridad Jesús les responde que hay que ir a los demás pueblos, a predicar (el Reino) porque a eso ha venido. Los sacerdotes debemos dejarnos iluminar por este pasaje de la vida de Jesucristo, nuestro Maestro, porque tranquila y simplonamente podemos responder: "es que la gente quiere que los case (el día y a la hora y en el templo que ellos quieren, muchas veces por motivos de vanagloria), es que la gente me pide esto y lo otro y no me dan tiempo para más cosas, es que los enfermos o sus parientes (lejos de pedirme que los evangelice) de última hora solicitan la visita del sacerdote”. Y con eso nunca evangelizamos, siempre andamos respondiendo a los reclamos inmediatos y particulares de la gente.

     Pero este pasaje no se refiere sólo a los sacerdotes sino a todos los cristianos. Todos debemos tener muy claro para qué nos ha llamado Jesús. Su causa es el Reino de Dios para esta humanidad.

 

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