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ENTREGAR A UN HIJO
Comentario al evangelio del domingo 1 marzo 2015, Marcos 9,2-10.
2º domingo de cuaresma
Carlos Pérez Barrera, Pbro.
 
     Si a uno le pide alguien una moneda, es relativamente fácil que uno se desprenda de unos cuantos pesos, si es que uno tiene confianza en que la persona que lo pide en verdad es un necesitado y no lo quiere para un vicio. Pero si un pobre nos pide un billete, pues ya no es tan fácil que uno lo dé. Si se trata de un pariente cercano y muy querido a la mejor uno se anime a sacarlo de un apuro con una ayuda más grande. Pero si pensamos en una dádiva de mayor valor, como el auto o la casa, pues ahí sí que uno no está dispuesto a entregar todo lo que tiene.
 
     Ahora consideremos que una persona, o una comunidad, o un pueblo ¡nos pidiera a un hijo! Eso sí que no, un hijo no se regala, definitivamente.
 
     Pues esto que lo que escuchamos en las lecturas de la Palabra de Dios. En la primera lectura, tomada del libro del Génesis, es Dios el que le pide un hijo a nuestro padre Abraham, a su único hijo, al que tanto quería, al que había tenido en su ancianidad y que de plano ya no tenía esperanzas de tener otro; y un hijo suyo es el que iba a garantizar el cumplimiento de las promesas de Dios de bendecir a todos los pueblos. Abraham, el verdadero creyente, no se resistió a esta petición de Dios. Tomó a su hijo, cargó todo lo necesario para el sacrificio y se encaminó hacia el monte que Dios le indicaba. 'Es Dios el que me lo pide, pues a él no le puedo negar nada'. Digamos entre paréntesis que Abraham es un modelo de creyente que nos motiva a todos los católicos a revisar la profundidad y la obediencia de nuestra fe. No digamos a la ligera que somos creyentes, porque es posible que lo seamos sólo de palabra. La verdadera fe se cala en aquello que uno está dispuesto a dar por Dios, en la obediencia a todo lo que él nos pide. El verdadero creyente se entrega completo, sin medidas, a la obra de Dios.
 
     Pero Dios no solamente pide, en realidad es él el que está dispuesto a dar, con toda gratuidad. En el evangelio contemplamos a nuestro Señor Jesucristo, el Hijo de Dios, que se va encaminando hacia Jerusalén. Ahí le espera la parte más álgida de su vida mortal, ahí le espera la pasión y la crucifixión. En el camino, en un monte, tiene lugar esta revelación que no sólo es para estos tres discípulos, Pedro, Santiago y Juan, sino también para todos nosotros, especialmente en este tiempo de cuaresma, en que también nos encaminamos detrás de Jesús hacia su pasión, muerte y resurrección. En este monte se presenta el Padre eterno para decirnos: "Éste es mi Hijo amado; escúchenlo”. El Padre se siente orgulloso y complacido con su Hijo al que él entrega a este mundo para su salvación. Nuestro padre Abraham entregó a su hijo Isaac quien finalmente no murió, fue salvado por la voz de un ángel. En cambio el Hijo amado del Padre, ése sí sería entregado hasta el final, hasta la muerte.
 
     Si Abraham es una fuerte motivación para nosotros, para que nosotros nos sintamos movidos a entregarle a Dios  y a esta humanidad no solamente nuestras cosas sino sobre todo nuestras personas, con mucha mayor fuerza Dios es nuestro mayor aliciente para que tratemos de ser tan gratuitos como él. Además de que nos colma de bendiciones a cada momento, ahora sabemos que su mayor regalo es su Hijo Jesucristo. Él no solamente se entregó hace dos mil años para la salvación de esta pobre humanidad sino que se sigue entregando día tras día a nosotros, para llenarnos de su gratuidad, de su gracia; nos sigue enseñando con su Palabra que encontramos en los santos evangelios y que discernimos al calor de la oración iluminados con su Santo Espíritu. Él sigue evangelizando a los pobres, como en aquel tiempo, sigue levantando a los enfermos, purificando a los que esta sociedad considera contaminados. El Padre continúa entregándonos a su Hijo con toda gratuidad.

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